Luis Fernando Cueto


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Por Hugo Dimter. Fotos de Marisa Niño.

No es un misterio que Latinoamérica asombra por su belleza, por el candor de sus pueblos; pero también por la violencia y la crueldad diseminada por siglos en esta esquina del mundo.
La luz y la oscuridad. La luz de la vida y la oscuridad de la violencia. El destino y la ambición se han conjugado en desmedro de Este continente. Aún así no podemos desconocer nuestros errores. Se ha observado con indiferencia el saqueo de nuestra alma, de nuestra tierra.
Paradójicamente cada atisbo de buena intención ha sido castigado con el garrote. Con el exilio. Con una descarga de metralla en medio de la noche. Sin embargo el increíble milagro se da a diario: siempre ha salido el sol. Nuestros pueblos renacen desde las cenizas. Desde Pueblo Nuevo hasta Ushuaia.

En primera línea

En el poblado ya no queda nadie. Los que no han muerto se han ido. Se han marchado lo más lejos posible. Tal vez cuando todo termine
vuelvan. Cuando se vaya la noche y salga el sol.

Él estuvo ahí, en primera línea. El escritor Luis Fernando Cueto (1964) vivió todo el periodo de la guerra interna del Perú desde dentro. Como un joven originario de Chimbote que ingresa a la policía para costear sus estudios de leyes, que finalizó recibiéndose en 1987. Ello derivó en que su campo empírico fuera un plus que le ha permitido -en sus novelas -plasmar con crudeza esa dura realidad. Y desde la división más radical y enfermiza -que nació en Ayacucho pero se esparció como un reguero de pólvora alcanzando Lima y llegando hasta la selva- Luis Fernando Cueto, como millones de peruanos, renació de las cenizas. Desde una guerra entre hermanos y pagando, eso sí, un altísimo costo.

Días de fuego (2009) fue su tercera novela, mas primer relato sobre la violencia en tierras incaicas. Con Cueto los chalecos antibalas no sirven de nada. Sus relatos golpean. Y golpean fuerte.

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Luego fue publicado Ese camino existe, novela repleta de seres con una total falta de respeto por la vida. Aún así el mensaje es esperanzador: ese camino existe. Desde la oscuridad más horrorosa se observa una luz, antorcha trasladada por personas pertenecientes a cualquiera de nuestros pueblos. Latinoamérica se debate entre esa dicotomía conformada por el extraño idilio entre el horror y la belleza. Y Cueto la retrata con maestría.

Sendero Luminoso se transformó en un halcón allá por los 70 en Ayacucho, el lugar donde descansan los muertos, o el rincón de los muertos, su significado en quechua.
Doce en Ayacucho y 51 en todo Perú. Esos eran los militantes de Sendero en un comienzo cuando Abimael Guzmán recorre el poblado, la universidad de San Cristóbal de Huamanga -donde imparte clases-, y el campo donde está una masa anhelante. Lo que sigue, a partir de mayo de 1980, es un espiral de violencia, con una profecía autocumplida: todo Perú se va teñir de rojo con la sangre del pueblo. La prueba está a la vista: 31.331 personas pierden la vida. Perú se desangra y nadie le presta ayuda.
A un pueblo le ha sido arrebatado todo. En la sierra, a una orilla del camino yace inerte el cuerpo de un país. Milagrosamente respira. Está vivo. El milagro vuelve a darse. Sudamérica vive. El futuro se vislumbra difuso en el horizonte. Nebuloso; pero existente.


Luis Fernando Cueto ha publicado los libros de poesía Labra Palabra (Río Santa Editores, 1999) y Raro Oficio (2001). En agosto del 2005 publica la novela Lancha varada, y en diciembre del 2006 Llora corazón.

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Esos pájaros horrorosos llamados pelícanos merodean por los alrededores del puerto de Chimbote, en el noroeste del Perú, distante 431 kilómetros de Lima.
Luis Fernando Cueto nos muestra la ciudad -capital de la pesca y el acero- con admirable gentileza. Si existe esa estúpida concepción de una rivalidad chileno-peruana Cueto se encarga de destrozarla.


– ¿Qué porcentaje de ficción y realidad hay en en tu libro Ese camino existe?
– En realidad, no podría fijar el porcentaje; eso tiene que ver con la novela, con la manera como yo hago mis novelas. Ellas tienen sus raíces en la realidad, pero vuelan con las alas de la imaginación. Considero que el novelista es un intermediario, un médium entre la realidad real y la realidad ficticia. Él, con su imaginación, con su don poético, transforma la realidad real y entrega a los lectores un producto nuevo, algo que trata de ser entrañable y perdurable en el tiempo. Si no fuera así, si el novelista no imprimiera su imaginación en sus obras, no sería un creador, y escribiría cualquier otra cosa, crónicas o libros de historia, pero no novelas.

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– Tanto en los senderistas como en los militares hay una ausencia total de los sentimientos humanos, de humanidad, ¿era la realidad del conflicto de aquellos años? ¿O el mundo, aún en sus peores instantes no puede dejar de amar?
– La guerra deshumaniza, es el fracaso de la convivencia humana. En una guerra, lo primero que muere es la verdad. Los hombres luchan sin saber por qué, sin saber si ganan o pierden y sin estar seguros si tienen un respaldo ético. Después se pierde la voluntad. En los cuarteles, en los frentes de combate, se ven muchedumbres aturdidas, seres extraviados, sujetos que no tienen iniciativa, que solamente responden a órdenes superiores y a estímulos primitivos, que se dejan llevar por el miedo o la furia, y en poco tiempo solo queda de ellos un manojo de autómatas. Creo que en ninguna otra ocasión, como en una guerra, se puede ver, desnuda, en su total dimensión, el drama de la condición humana. Y sí, aunque parezca contradictorio, en ese proceso de deshumanización, a veces es posible que aparezcan actos sublimes, experiencias desconcertantes, como la capacidad de amar, de amar a pesar nuestro. He visto, en plena guerra, después de un enfrentamiento, contar chistes, extrañar a los hijos, enamorarse, al mismo tiempo que se estaba velando a un compañero muerto. Y es que la condición humana es así, desconcertante, ambivalente; un mismo hombre es capaz de producir, casi al mismo tiempo, la mayor crueldad y el acto más sublime.

– ¿Ese camino existe? ¿Y cuál es el camino a seguir? ¿Un camino para qué? ¿A dónde conduce?
– Sí existe. Una nación necesita creer en el futuro, proyectarse de aquí a diez, a veinte años. Y una nación como el Perú, diezmada por la guerra, con las heridas aún frescas, necesita curarse, superar sus traumas, sus resentimientos. El clásico concepto de nacionalidad del derecho romano, basado en el ius soli y el ius sanguine, prácticamente ya ha desaparecido, y ahora vemos comunidades humanas, naciones, de lo más variopintas, donde lo única que las cohesiona es su proyección hacia el futuro, su voluntad de caminar unidos a través del tiempo. En ese contexto, una nación no puede hundirse en el pesimismo, en el desánimo, necesita creer en el futuro como condición para su supervivencia. Y en mis libros, no hago otra cosa que decirles a los jóvenes de mi pasión que, a pesar de todas las adversidades, detrás de la larga noche de destrucción y barbarie que hemos sufrido, todavía hay un camino para ellos, todavía es posible caminar unidos hacia el futuro, creer en un mundo mejor. Pero, lógicamente, después de haber salido de una guerra, la cosa no es tan simple, tan literaria, y se necesita, para ello, alcanzar la reconciliación, aprender a convivir en un estado de paz y de respeto al semejante, y, sobre todo, repensar el país y, juntos, conjurar las causas que no llevaron al conflicto.

– Muchas partes de Ese camino existe son recreaciones de la realidad, algunos personajes se basan en protagonistas de aquellos años. El argumento luego toma un camino particular y sorpresivo, ¿hay un respeto por los hechos históricos? ¿La novela no podía alejarse de ese cauce?
– En realidad, una novela es lo que es el novelista. Toda la experiencia que el autor ha adquirido a lo largo de su vida, todos los libros que leídos, todas las historias que ha escuchado y que ha visto, se van destilando en las páginas mientras escribe. Pero toda su escritura tiene un leiv motiv, una orientación básica, que está condicionada por su ideología, por ese conjunto de ideas que le ayudan a interpretar el mundo en que vive. En mi caso, no escojo mis historias, no las pre-ordeno, sino que ellas se van construyendo solas en mi mente, se van formando a partir de un gran número de pequeñas historias, y se organizan por su cuenta, casi sin mi intervención, y, una vez que han alcanzado un cuerpo narrativo, me conminan a sentarme a la máquina y a escribir. Es un proceso casi patológico, ajeno a mi voluntad, y constantemente estoy siendo compulsado a escribir; escribo como una forma de librarme de mis demonios, como una manera de que ellos se tranquilicen en mi mente y me dejen en paz. Así hago mis libros, debe ser tortuosos leerlos y enterarse de lo que soy.
En cuanto a la novela Ese camino existe, sí, ella empieza con dos hechos que fueron ciertos. En Ayacucho, en la zona del conflicto, específicamente en Huanta, el estadio municipal fue convertido en un campo de concentración y exterminio por la Marina de Guerra. Asimismo, por ese tiempo, una columna subversiva hizo una “retirada”, un despoblamiento total de una comunidad asentada en la ceja de selva. A partir de ahí empieza a tejerse la historia, se va hilvanando con una serie de historias personales, pero, en definitiva, se basa en la persecución que hace una patrulla de infantes de marina a las huestes de Sendero Luminoso, en su afán por rescatar a la población secuestrada. Sin embargo, cuando se encuentran, ambos bandos se han quedado diezmados y deshumanizados, completamente derrotados por el horror de la guerra.

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– Fuiste policía. Conoces el mundo militar, que muchas veces supera la realidad mostrando personas y sucesos casi irreales, ¿Bulldozer, Shogún, Cubo, son el fiel reflejo de la vida militar de aquellos años?
– Yo llegué a Lima cuando aún no había cumplido los dieciocho años, y mi conocimiento de mi país era parcial, limitado. Cuando ingresé a la escuela de la Policía de Investigaciones, todo cambió; descubrí que el Perú, en realidad, no era una sola nación, sino una multiplicidad de naciones, pues en él convivían, casi a la mala, como podían, indios, negros, blancos, chinos, cholos, aborígenes selváticos, quechuas, aymaras, mochicas, en fin, todas las razas del mundo. Luego, al poco tiempo, descubrí algo que fue realmente estremecedor: los policías y los militares no se diferenciaban mucho de los subversivos a los que combatían, en realidad, tenían más similitudes que diferencias, a saber, vivían en los mismos barrios miserables, estudiaban en las mismas universidades públicas y pertenecían al mismo estrato social, a la capa socio-económica más pobre del Perú. Esto me llevó al convencimiento de que la guerra la libraban, en uno u otro bando, los jóvenes más desarrapados de mi país, los olvidados, el pueblo llano. De ahí mi convicción de que, por su raigambre, la guerra que se produjo en el Perú fue eminentemente popular.
En relación a los personajes de Ese camino existe, la mayoría tiene sobrenombres de animales, de cosas, y esto ha sido adoptado a propósito para hacer ver el proceso de deshumanización al que estaban siendo sometidos. Bulldozer y Shogún, los oficiales a cargo del estadio de Huanta y de la patrulla de infantes de marina, respectivamente, son seres que han perdido todo sentido de la realidad y de las reglas morales, y responden a las circunstancias que se le presentan de manera instintivamente, irracionalmente, como bestias salvajes. Cubo, por su parte, es una persona que trata de resistirse a ese proceso de deshumanización, que quiere, de alguna forma, conservar un puñado de valores, pero, poco a poco, va cayendo en la degradación y la locura, va siendo víctima de sus propios traumas y de la gran tragedia de la guerra. Finalmente, en un último arranque de lucidez, es quien da libertad a Américo, al chico que estaba siendo llevado a una fosa común, y es quien da inicio a la nueva vida de este muchacho, al camino de libertad que le espera a la vuelta de las montañas.
Toda esa historia no es más que una alegoría, una simbología de lo que representaba para un joven de esa época conocer su país. Para los jóvenes de mi generación, independientemente de la posición que tomaban, conocer el Perú fue un proceso dramático, terrible, que muchas veces terminaba por costarle la vida.

– ¿Dónde queda Dios en toda esta historia? ¿No hay lugar para Dios en la violencia durante los 80 en el Perú?
– Cada escritor tiene un manojo de ideas que llama ideología, y de acuerdo a ella decanta el curso de las historias que escribe. En mi caso, no creo en un Dios interventor que decide la vida y destino de los hombres de acuerdo a su estado de ánimo, como sucedía con los dioses griegos de La Iliada, ni en un Dios juzgador que va a condenar o repartir premios de acuerdo a nuestro comportamiento en la tierra. Creo en un Dios creador, sin más pruebas para ello que la evidencia de lo creado. Y esa es toda su participación en el desarrollo de los seres vivos y el cosmos. A partir de allí, es totalmente indiferente con la suerte que corra su creación. Por tanto, Dios no estuvo presente en la guerra interna del Perú, ni lo está ni lo estará en ninguna otra guerra. Esa entidad que llamamos Dios, no es humana, en consecuencia, no tiene por qué interesarle los clamores de las víctimas de una guerra. Henry Bohl se cuestionó esto hace mucho años en su libro Dónde estabas Adán, con motivo de la Segunda Guerra Mundial, y llegó a la conclusión que los únicos responsables de toda confrontación somos nosotros mismos, los seres humanos. No podemos endilgarle ninguna responsabilidad a Dios por lo que nos pasa. El creador ya hizo lo suyo dotándonos de inteligencia y discernimiento, y, si a pesar de esas herramientas no somos capaces de vivir en paz, es porque, en contrapartida, también nos dotó de la estupidez, y parece que esta última cualidad es mucho fuerte que cualquier otra.

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– El rol de la mujer llama la atención. Todas demuestran fuerza descomunal. ¿Podríamos ahondar un poco más en este asunto?
– Considero a la mujer el elemento fuerte y grandioso de la creación; a su lado, el hombre es casi un minusválido. Ella es la responsable de preservar la especie, de administrar el hogar y quien se queda con la prole cuando le hombre se desentiende de sus obligaciones paternas. Creo que, con el tiempo, tiene que tomar la posición que le corresponde y asumir su rol de orientadora del destino de la humanidad. Creo que ha estado injustamente postergada a lo largo de nuestra historia y que, para esto, las religiones judaicas –la judía, cristiana y musulmana- han jugado un papel nefasto por su entraña eminentemente machista.  Pasé mi niñez en la casa de mi abuela materna, una mujer quechuahablante que se quedó viuda muy joven, pero con siete huérfanos a quienes criar. Y ella, con su tesón y su carácter indomable, los sacó a todos adelante, les dio educación y los hizo hombres y mujeres de bien. Muchas veces, cuando niño, la vi luchar contra el mundo, la vi enfrentarse a las adversidades sin más armas que sus manos y su coraje. Y creo que si hay un verdadero héroe en cualquier historia, en toda la historia de la humanidad, esa es una mujer.

– Tanto senderistas como los militares son reflejo de la pérdida total del respeto a la vida. Las bajas, en un lado como en el otro, son sólo números. Una guerra entre hermanos, donde la ausencia de valores parece ser la peor derrota, ¿cuál es la enseñanza que dejó esta guerra?
– No hay una guerra más cruenta que la que se desata entre hermanos, que las fratricidas. Las guerras civiles son las más crueles y encarnizadas que hay, y esto porque, en ellas, las sociedades sacan a flote sus grandes traumas nacionales, sus grandes quiebres e injusticias. Y son casi irreconciliables porque siempre, aunque no quieran, los hombres van a convivir en el mismo espacio y van a estar mirándose a la cara con odio. Además, como ya dije, en una guerra, lo primero que muere es la verdad, luego se aniquila la voluntad de los que se encuentran en la zona de conflicto y, por último, se acaba con los valores. Por eso, es casi ingenuo esperar piedad de parte de uno de los bandos en conflicto. Es inútil pedirle a una parte que reaccione de modo racional o proporcional contra la otra. Ejemplos de ello tenemos de sobre; basta mirar, nomás, a lo que sucede en la Franja de Gaza. En cuanto a lo que podemos sacar en claro de toda guerra, a lo que se puede llamar una enseñanza, es que en una guerra nadie gana, ni aún los que se consideran victoriosos, porque perdemos todos, pierde la humanidad en su conjunto.  En ese sentido, una guerra exterior significa el fracaso del orden instituido para preservar la paz mundial, y una interna lo es del pacto social para forjar un Estado. En ese sentido, urge revisar nuestras organizaciones, recomponer, por ejemplo, a la ONU, dotarla de un mecanismo eficaz para detener proyectos genocidas como el que está desarrollando Israel en Palestina. De lo contrario, las guerras seguirán ganando víctimas, y los hombres siempre acabaremos perdiendo.

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– En la novela la figura del paria es trascendental. Tanto como seres excluidos, como inferiores. En uno y otro lado –militares y senderistas- huyen de la pobreza. Buscan subir en la casta de clases para dejar de ser nadie. El fin justifica los medios ya que la pobreza es sinónimo de muerte. ¿Fue el conflicto armado en el Perú condicionado en gran medida por lo económico? ¿O se conjugaron muchas variantes?
– En el Perú, los parias son una clase social no declarada. Están ahí, en la parte más baja de la pirámide social, siempre han estado, pero todos nos esforzamos por creer que son invisibles. Son casi siempre jóvenes y niños y, de entre ellos, los más pobres. Traté de darles una presencia y una voz, de hacerlos visibles, en mi novela Días de fuego, y no sé si lo he conseguido. Pero esos jóvenes pobres y desarrapados, a despecho de su invisibilidad, son los que siempre han tomado parte, como carne de cañón, en toda aventura bélica que se ha llevado a cabo en mi país. Desde la revolución de Túpac Amaru, hasta el conflicto de los años 80 del siglo pasado, ellos, la masa, los parias, siempre se han batido en los campos de batalla. Su lucha, el escabroso camino que recorren para salir de la pobreza, es tan cruel y despiadada que muchas veces terminan perdiendo la vida en el intento. ¿Qué ha originado esto? ¿Por qué hemos terminado viviendo en una sociedad de castas? Creo que el aspecto económico es solo una variante, pero la gran causa de todo esto es  una situación inveterada de injusticia histórica. Nunca, desde que nos instituimos como Estado, como República, hemos hecho un plan de gobierno orientado al rescate de esa gran masa humana que son los jóvenes pobres del Perú, los parias. Nunca les hemos dado una educación de calidad, ni les hemos dado las oportunidades necesarias para que salgan de esa situación ominosa en que se encuentran por tanto tiempo. Necesitamos revertir eso, cambiar ese estado de cosas, si es que, de verdad, queremos marchar hacia el futuro como una nación digna.

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