Juan Cristóbal Peña

 

Destellos en la biblioteca

Por Hugo Dimter. Dibujos de Alonso Salazar (Loncho).

 

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La imagen da cuenta de un anciano que lee en su escritorio. Hay una biblioteca y repisas donde yacen ejemplares que van adquiriendo vida mediante sombras imperfectas. El ruido del viento y la lluvia se advierten en la localidad de Los Boldos. El anciano, entrado en canas, es el dictador chileno Augusto Pinochet. Cae la lacerante noche y el militar -a media luz- sigue leyendo concentrado.

 

 

Juan Cristóbal Peña no es un hombre agresivo. Sin embargo algunas de sus investigaciones periodísticas han versado sobre gente ligada a la violencia; quienes la han sufrido o la han ejercido.

Delgado, con una sonrisa a flor de labios. Parte de ese carisma le facilitó investigar y sumergirse en la soterrada historia del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, la vida de la cantante Cecilia, o reconstruir los últimos días del compositor Víctor Jara. Ahora le toca el turno a Augusto Pinochet Ugarte.

Un periodista como Peña no se queda en chicas y es por ello que se empeñó en dilucidar la secreta vida literaria del militar chileno. Es más: se adentró en la biblioteca personal de Pinochet -55 mil volúmenes- en la localidad de Los Boldos, avaluada en tres millones de dólares; y la perteneciente a la Academia de Guerra.

Peña está acostumbrado a tareas titánicas: Por su reportaje (Viaje al fondo de la biblioteca de Pinochet) ganó en el 2008 el Premio Nuevo Periodismo Iberoamericano, siendo galardonado por el propio Gabriel García Márquez.

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Los inicios

 

Juan Cristóbal Peña es joven. Más joven de lo que uno piensa. Nació en 1969, por tanto las matemáticas certifican que tiene 45 años. Pero las apariencias engañan: con suerte demuestra 40.

Estudió en la Universidad Diego Portales, lo que lo hace pertenecer a una camada de periodista que dio sus primeros pasos con el retorno de la democracia.

Laboralmente poco a poco fue abriéndose paso. Con esfuerzo. Desde abajo. Comenzó con una práctica profesional en la radio Nuevo Mundo tras una invitación del periodista Mario Gómez López. JC Peña, o el Toti –como le decían-  estaba en primer año de universidad y esta aventura laboral, tan repentina, le parecía un sueño. Los fines de semana de aquel 1989 estuvo reporteando juntó a Isabel Tolosa bajo la atenta mirada de Gómez López, quien siempre le inculcó que en la calle encontraría una enseñanza tanto o más valiosa que la académica. Posteriormente, durante los años 90 y 91, trabaja en el diario La Nación alternando entre el suplemento La Iguana -una suerte de competencia de la Zona de Contacto de El Mercurio- y la sección de Espectáculos. El sello Warner Music lo recluta durante la última época de esplendor del CD y Peña se asombra de los grandes gastos y la parafernalia de la multinacional disquera. Su siguiente periplo se da en la sección de espectáculos de El Mercurio y La Tercera escribiendo sobre jazz.

Luego del lanzamiento de Los Fusileros, en septiembre del 2007, se integró -un mes más tarde- a la redacción de Ciper Chile donde destaca con nitidez. También ha colaborado entre el 2002 y el 2004 en Rolling Stone Chile, donde publicó un reportaje sobre Víctor Jara en vista a que se cumplían 30 años de la muerte del cantante. “Yo tenía la ilusión de poder encontrar a los conscriptos que habían estado presente en el Estadio Chile y que habían sido testigos de lo que había ocurrido con la muerte de Víctor Jara. Era una fantasía mía: poder estar con los conscriptos que después fueron encontrados y que ayudaron a comenzar a resolver el caso. Pero en el camino fui dando con algunos testigos del Estadio Chile, y en paralelo recogiendo testimonios de la familia del folclorista. Así fui armando una crónica de cómo habían sido las circunstancias de su muerte”.

El esfuerzo de Peña fue recompensado con el Premio de la Unión Europea por su reportaje sobre Víctor Jara. El periodista considera que va por la senda correcta y decide escribir su primer libro. Su incursión en la narrativa comienza en el 2002 con Cecilia, la vida en llamas, sobre la cantante de la Nueva Ola, libro que no estuvo exento de querellas y desmentidos. Después de cinco años Peña se lanza a algo más complejo literariamente: el atentado a Pinochet. El ejemplar Los fusileros, donde narra la historia de los integrantes del tiranicidio en 1986, se transformó en súper ventas. Desde el año 2007 lleva cinco ediciones, tres en lo que es original y dos de bolsillo. “Eso por un lado es bueno a estas alturas; ya que el libro ha sido súper pirateado. Es también el espíritu del libro: una suerte de recuperación literaria de esa historia”, señala Peña, quien desde hace un año se desempeña como jefe de la carrera de periodismo en la capitalina Universidad Alberto Hurtado.

La secreta vida literaria de Pinochet, en comparación al de Los Fusileros, es un texto más amplio, más de ensayo”, manifiesta Peña, comparando ambas obras. Se ve entusiasmado, feliz con esta etapa donde la crítica lo ha elogiado. Para algunos elegir temas como el del Frente o el de Pinochet es meterse en las patas de los caballos. Peña no se inmuta pues sabe que el periodista siempre debe estar metido en las patas de los caballos. En Los Flamencos, Los Boldos, o la Academia de Guerra. Qué duda cabe. Es el riesgo de quien cabalga sin montura eligiendo siempre los pingos más salvajes.

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La entrevista

Cinco años para dilucidar secretos

 

– Pinochet detestaba la poesía, y no le daba importancia a la narrativa. ¿Debemos suponer que no existieron libros de esas características en sus bibliotecas?

– Libros de narrativa prácticamente nada, solamente lo que hay en la biblioteca Presidente Augusto Pinochet en la Academia de Guerra, en un apartado donde existe una sala que reproduce el despacho que tenía Pinochet en La Moneda. En ese lugar hay un conjunto de estanterías donde yacen los únicos libros que yo detecté de ficción, que son básicamente colecciones casi sin ojear, nuevas, del premio Pulitzer, Nobel y Cervantes. Pero nada más que eso y de modo muy decorativo también.

Lo que hay son textos de historia de Chile, Ciencias Sociales, Geografía, y Marxismo. Sobre todo cosas de pensamiento social de izquierda- manifiesta agregando un dato-: Pero fíjate que de historia de Chile esa es la colección más valiosa de un privado que se pueda encontrar, en cuanto a que son obras patrimoniales: primeras ediciones del tiempo de la Colonia, primeras ediciones de la República, proyectos de constituciones, y mapas. Todas las primeras ediciones completas de Toribio Medina y de Barros Arana- señala Peña.

 

– ¿Está perdiéndose esa biblioteca en ese lugar?

– No fíjate. Es visitada porque es la biblioteca del Ejército, que reúne lo que era el fondo original, lo que se llama Biblioteca Central del Ejército, que es histórica, luego de la biblioteca del Instituto Politécnico más la donación realizada por Pinochet, que es muchísima. Entonces tiene ese nombre: Biblioteca Presidente Augusto Pinochet Ugarte, que es lo más provocativo, grosero y sorprendente a esta altura.

 

– Ya lo creo… Analizando este libro, La secreta vida literaria de Pinochet, después de sistematizar y de investigar como fue el caso suyo, ¿podemos concluir que Pinochet fue un escritor fracasado? Porque hay plagio de varias obras.

– Creo que se propone ser un escritor cuando llega al poder. Hay un proyecto de escritor que se ve sorprendido con el poder y con todos los recursos para construir una figura de escritor. Hasta antes del 73 Pinochet publica libros y escribe. En palabras de Bolaño, es un escribidor. Y claro, tiene unas pretensiones que se circunfieren al ámbito académico, a lo castrense, a lo militar. Hasta entonces, es un escritor militar. Con sus limitaciones y con sus tropiezos y torpezas. Está la pretensión de ser un intelectual, de tener un nombre, de tener una figuración en las letras. Y en ese proceso arrastra todos los vicios tan comunes a los militares de esa época: son poco rigurosos con las citas, las referencias y las fuentes; pero el hombre también arrastra vicios personales. Tiene una ambición obsesiva, y esa ambición lo traiciona y lo lleva plagiarle un texto al propio profesor que le confió la cátedra de geopolítica, y después Pinochet comete el descaro –o la torpeza- de llevar el original para que el mismo profesor al que le ha plagiado se lo corrija. Entonces hay una pretensión ahí. Pero a contar del 73 Pinochet se propone, dentro de un marco del endiosamiento del poder, ser reconocido como un escritor y ahí publica libros de memorias, libros políticos y también reedita toda su obra pre 73. Y no sólo eso: se hace de una corte editorial formada por escritores, editores, amanuenses y adulares profesionales que giran en torno a él y animan la pretensión del Pinochet escritor.

 

– ¿Y quién lo asesora directamente? Porque lo asesoran en los discursos, los bandos, y en los respectivos libros que escribe.

– Mira, Pinochet se consideraba siempre en peligro. Pinochet es un tipo esencialmente desconfiado, era receloso: un hombre en permanente estado de guerra. Entonces nunca tiene a una persona en la cual confía. Siempre tiene a más de un asesor literario, va compartimentando la información, del mismo modo en que administra las decisiones políticas. En términos intelectuales, de producción literaria, opera con una lógica de guerra.

– ¿El Director de la Biblioteca Nacional lo asesora? Sin olvidar a Puga y Enrique Campos Menéndez.

– Álvaro Puga representa el enorme poder que en un comienzo tienen los nacionalistas; y por otro lado está Campos Menéndez, que tiene más larga vida, porque es un tipo que no pertenece a un grupo tan definido. Se debe más a sí mismo que a un grupo y que a una ideología. Campos Menéndez tiene un altísimo concepto de sí mismo y, en rigor, es una persona bastante importante que el otro en cuanto a ser el asesor literario intelectual de Pinochet. El otro, Puga, es por sí mismo un personaje literario.

 

– ¿Y el escritor Carlos Iturra?

– Iturra irrumpe después, desde mediados de los 80, corrigiendo discursos y luego en el diario La Nación. Ahí logra un puesto importante y después ya más directamente con la Presidencia, concretamente en el trabajo que hace con la corrección de Memorias de un soldado, libro de memorias publicado a comienzos de los 90.

Entonces son diferentes personajes. También está Fernando Emmerich, que en un momento llega  a ser muy importante. Una persona transversal que no se debía a grupos políticos, ni a partidos, pero que sí es uno de los personajes en que confía Pinochet. Sin embargo, como dije, Pinochet nunca le va a confiar nada a un civil, siquiera uno de sus textos. O sea, para ello hay un círculo de militares que son principalmente historiadores militares. Y gente que ha trabajado en la Academia, gente que ha trabajado en los textos militares, en la historia de Chile. Secretarios, ayudantes, oficiales del ejército. Ellos son quienes prepararan los materiales de Pinochet, quienes le ayudan, investigan, recopilan y corrigen en primera instancia. Luego, en una segunda etapa, participan los civiles quienes, digamos, peinan los textos de Pinochet. En todo este proceso siempre Pinochet tiene la idea –o la ilusión- de que es él quien escribe. El autor.

 

– ¿A su juicio, Pinochet escribía bien? ¿… Regular?

– Yo creo que, para la media en Chile, no escribía mal. Para la media en Chile tampoco leía mucho. O sea, no es que haya leído poco, lo que pasa que en Chile se escribe muy mal y se lee muy poco. Entonces, en ese sentido, estaba sobre la media.

Quien lee sobre la media se destaca. Es una persona que escribía con empeño, a tropiezos. Que en la Escuela Militar, por ejemplo, obtuvo un 5 en  redacción. Siempre estuvo en la medianía.

 

– Sin embargo Pinochet no era un hombre brillante. No era el general Carlos Prats ni el general René Schneider.

– No, para nada. Prats y Schneider fueron alumnos brillantes, los mejores de su promoción. Pero de todas formas, con sus imperfecciones, con sus vicios y las dificultades que tiene, Pinochet, en el mundo académico, va avanzando y va empeñándose en esta carrera académica que se traduce en publicaciones, en libros y ascensos académicos. Eso es innegable y bien sorprendente, porque uno puede cuestionar que sean libros de consulta general, y que son referencia a otros libros que no están citados, en su gran parte. Pero hay un empeño de todas formas. Hay una obra que Pinochet va construyendo, y que lo distingue entre otros militares de su época.

 

– En esta investigación sobre La secreta vida literaria de Pinochet, ¿existió alguna persona que te haya deslumbrado?

– Todos los personajes con los que uno se propone trabajar provocan algo, uno se encariña con ellos o los detesta, lo importante es sentir algo por ellos. En este último libro había un montón de personajes que me rondaban, pero hice una opción estilística y literaria de no abundar en algunos de ellos, de no escarbar en lo enciclopédico para dar relieve a otros. Entonces, los que aparecen aquí son los que más me provocan. Por ejemplo, el profesor de Pinochet, Gregorio Rodríguez Tascón, a quien Pinochet le debía una carrera académica y a quien Pinochet terminó traicionando porque le plagió su texto de geopolítica, es un personaje fascinante. Una militar formada en el anarquismo de los años 20 en Chile, con mucha cercanía con los grupos de izquierda, con militantes comunistas destacados, y que termina en una oficina en La Moneda el año 73 como Director de Límites y Fronteras del gobierno de Allende. Fue el profesor que en el fondo rige intelectualmente a Pinochet, a quien Pinochet le debe una carrera académica y una obra literaria.

 

-¿Qué papel cumple el sacerdote Ignacio Valente? Porque hay una cuota de mito sobre su rol durante la dictadura.

– Yo recogí algunos testimonios de Valente, entre ellos, como cuenta Roberto Bolaño en Nocturno de Chile, el discurso o charla en el Diego Portales a un grupo de militares o funcionarios de la dictadura. No me aparecieron más pistas que me invitaran a ahondar en el personaje y justamente eso tiene que ver con desechar a algunos por sobre otros. Creo que Valente tenía por ahí una agenda propia más allá de Pinochet y, a diferencia de otros, no necesitaba tanto a este.

 

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Mariana Callejas escritora 

 

– Ahora, pasando a otro tema, para un trabajo de Ciper Chile entrevistó a Mariana Callejas. ¿Qué imagen se formó de ella después de esa entrevista? Logró formarse una opinión? Tal vez comprenderla.

– Sí, creo que sí. Mariana Callejas me llamó mucho la atención porque tiene una alta estima de sí misma. Una figura que tiene mucha pretensión en cuanto al resultado de su escritura. A ella lo que más le ha dolido, y lo que más le puede penar, es que los crímenes en los cuales participó le hayan pasado la cuenta en su carrera literaria. Mariana Callejas era guapa de joven, una mujer atractiva atractiva, y ella se las arreglaba para sacarle partido a su imagen. Era una persona hábil, inteligente; lo sigue siendo. Una mujer vanidosa, física e intelectualmente, que se ha aferrado a la juventud a costa de cirugías estéticas.

 

– ¿Arrepentida?

– Políticamente, nada.

 

– ¿Y de los crímenes?

– Lo único de lo que ella se lamenta es de no haber progresado en literatura, que su carrera literaria haya sido truncada por su participación en la DINA.

 

– ¿En aquella entrevista se notó franca o usted se dio cuenta de que trataba de encubrir sus actos?

– Como la mayoría de los personajes que participaron de la DINA, y que tiene responsabilidad en los crímenes, es una persona absolutamente negadora de los hechos. Negadora hasta el absurdo. Primero dice una cosa y después dice otra. Capaz, como lo hizo en este caso, de poner en duda la existencia de crímenes masivos, de las muertes y desapariciones. Entonces, en ese sentido, no es para nada confiable. De todas maneras se va trasluciendo una verdad entre todo ese tejido de mentiras.

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Periodismo versus Literatura

 

Juan Cristóbal está exultante en su rol de director de la Escuela de Periodismo en la Universidad Alberto Hurtado. “Me gusta mucho este trabajo. Es desafiante y distinto a lo que venía haciendo, aunque desde acá puedo investigar y escribir”, señala, y agrega su propia historia que lo vincula al Periodismo: “Yo creo que estudié periodismo animado por esta idea de que el periodismo es un bachillerato, un bachiller de humanidades que lo abarca todo. Y por el impulso de que en el periodismo se puede desarrollar una inquietud por la narrativa”.

 

– ¿Siempre le gustó escribir?

– Sí, y también me gustaba mucho la Historia. Me gusta. Al decidir qué estudiar, estaba entre Historia y Periodismo. El Periodismo me parecía un camino más seguro y más concreto. Pero de alguna forma, igual profesionalmente, lo orientaba hacia un campo de la historia reciente.

 

“Es complicado generalizar. Creo que el periodismo pasó por una etapa de decadencia y de crisis. Y ahora, después de la irrupción de los movimientos sociales en Chile y el mundo, ha resurgido como una opción valerosa, heroica. Un oficio exigido por el momento histórico que se está viviendo, en cuanto a que se ha abierto una oportunidad y una posibilidad para que el periodismo haga frente al poder político y económico. Que vuelva a hacer su trabajo, sin ir más lejos. Entonces, en ese sentido, el periodismo resurge como una opción de poder bastante interesante más allá de los soportes, más allá de los medios, incluso. Los medios tradicionales han sido desafiados y desbordados por múltiples expresiones de comunicación, esencialmente digitales”.

 

– ¿Existe el periodismo independiente? ¿Existe esa figura?

– A veces se ejerce con independencias. A veces incluso con decencia. Pero muchas veces la independencia se da cuando uno es capaz de generar proyectos propios, lo que implica nadar contra la corriente y sacrificarse hasta lo absurdo. El hecho de hacer libros, por ejemplo, es una porfía casi adolescente: hay que batírselas con recursos propios y renunciar a privilegios. Es como un ejercicio apostólico. En ese sentido, uno puede decir que sí existe.

 

-¿Habitualmente por qué medios se informa? ¿Escucha radio?

– Por la mañana escucho radio Bío Bío, me gusta el formato de información y opinión fundada que tiene. Leo los diarios chilenos y me nutro bastante de lo que uno va encontrando colgado de redes sociales.

 

 

– ¿Con la publicación de todos estos libros suyos no se ha alejado un poco del periodismo para caer en el terreno de la literatura?

– Sí, en el sentido del formato. Sobre todo con el primer libro donde siempre tuve claro que quería ser mi propio empleador para hacerlo como a mí me diera la gana, para que nadie me dijera “eso no se hace así”, “esto no se puede hacer así”. En el caso de Los Fusileros tenía la idea de dignificar lo que había sido la lucha armada, y eso hubiera sido imposible hacerlo en un medio tradicional. Hubiese sido imposible si hubiera sido un libro por encargo también. Además me interesaba tomar distancia del formato periodístico. De las muletillas y fórmulas del periodismo más tradicional y flojo, ese afán por explicar todo desde el comienzo. Quería utilizar un formato y estilo literario que se alejara del periodismo. Donde pudiera pasar por alto la lectura al pie de página, las citas tradicionales con comillas y donde pudiera probar un estilo narrativo para contar una historia, donde pudiera tomar riesgos.

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Los Fusileros

 

En el caso de Los Fusileros ¿cómo se originó todo? ¿En qué momento decide escribirlo? ¿Empezó con un dato? ¿Con una entrevista?

– Como los otros proyectos nació bien distinto a como terminó siendo. Partió de la ocurrencia que podía escribir un reportaje sobre quienes habían participado en el atentado a Pinochet y que estaban viviendo en ese momento fuera de Chile, particularmente en Europa. Se me ocurrió estando justamente en Bruselas por un premio que me gané sobre el reportaje a Víctor Jara, el premio Lorenzo Natali. Me invitaron a recibir ese premio y luego, posteriormente, me invitaron a ser parte del jurado. Y ahí me entero que estaban algunos de los autores del atentado viviendo en Bélgica.

Se me ocurre a propósito de que se cumplían 20 años, por esta manía periodística de buscar un pretexto para publicar cualquier cosa. Un reportaje que concebía de modo bastante tradicional. O sea contando como vivían hoy los autores del atentado y como recordaban el hecho. Y en ese sentido creo que me hubiera perdido lo mejor de la historia, que era poner en función una crónica que recreara el atentado a la luz de los recuerdos de ellos 20 años después, trayendo siempre la historia al presente.

Me encontré con casos como el de Rodrigo, la chapa de uno de los fusileros, que en ese tiempo, cuando lo conocí, vendía tumbas para un cementerio; o el mismo Sacha que era guardia de seguridad en un mall santiaguino, el mall Alto Las Condes. Entonces eso me parecía muy valioso: ver en lo que se había convertido la vida de la gente que había tenido ese papel tan estelar, tan protagónico; me interesaba aprovechar esa visión distanciada en el tiempo que renuncia a la urgencia de contar hechos que ocurren en dictadura, ya no había necesidad un tono de denuncia por la cercanía de los hechos. Como son hechos que se cuentan con distancia, a veinte años de ocurridos, eso permite hacer un relato menos sacro y menos militante. Donde uno puede contar la épica, la tragedia y el horror del mismo hecho, como fue el movimiento armado contra Pinochet. Movimiento que tuvo capítulos oscuros, ingratos, tristes, y unos pocos momentos felices.

 

– ¿Cómo cuáles?

… E incluso horrorosos también como por ejemplo lo que fue…

 

– … ¿La muerte de Bigote?

– La ejecución de él, la desaparición. Yo creo que más que la muerte es la desaparición.

 

– … La hermana buscándolo…

– Claro, esos capítulos más ingratos solo pueden ser contados tiempo después. En este caso 20 años después.

 

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– ¿No le dio temor la interpretación que iban a formarse los ex frentistas del libro? ¿Cómo iban a reaccionar ellos ante esta publicación?

– Sabía que era un tema sensible y doloroso. Y que no era fácil entrar al círculo de la gente que había participado más activamente en la lucha armada, y particularmente que haya formado parte del atentado. Estoy consciente de que existía, y existe, una suerte de desconfianza hacia el periodismo. Me parece que es injusto igual; pero lo comprendo por cómo había sido tratado el tema de la lucha armada históricamente en los medios tradicionales chilenos. Entonces ahí había un punto súper delicado de entrada para lograr ciertas confianzas. Muchos de los testimonios que se conocían hasta entonces habían sido dados a medios que eran afines a la izquierda: militantes, o medios propagandísticos de la izquierda. Entonces era consciente que ese era un factor donde iba en desventaja. Primero por no ser militante y en segundo lugar el ser periodista. Luego a mí no me interesaba recoger opiniones políticas. Porque era bastante predecible lo que puede opinar una persona que estuvo en ese lugar. No me interesaba escuchar ni lo que pensaba del régimen ni qué pensaba lo que ocurrió antes del fin del régimen, que es lo que uno podría encontrar habitualmente en los testimonios de los medios más propagandísticos de izquierda que habían entrevistado a estas personas. Me interesaban sus historias de vida, incluso previo a su historia militante. Me interesaba mucho, no sólo cómo habían sido los hechos anteriores y posteriores al atentado, sino que todas las anécdotas intermedias. Porque creo que las anécdotas hablaban tanto, o más, de lo que hablan los hechos políticos propiamente tal. ¿A qué voy? Que claro que era importante reconstruir el detalle, cómo había sido la operación y cómo había sido ejecutada, y lo que había ocurrido después; pero también lo que había ocurrido entremedio y procurar un relato menos ideologizado. Entonces eso, finalmente se logra tras varias horas, o días, de conversación. Van apareciendo hechos más reales donde se advierte que los guerrilleros trabajaban a pulso, trabajaban con mucho ingenio y con todos los defectos y las destrezas de cualquier chileno. O sea, a fin de cuentas eran artesanos de la guerrilla. Entonces a mí me interesaba eso: hablar sobre la maestría de la guerrilla chilena.

Y la maestría siempre tiene una fisura, un parche. Pero es parte también de su valor, de su gracia. Porque si no difícilmente hubieran logrado lo que se logró, como es atentar contra Pinochet, entre otras acciones. O sea en lo artesanal también había un valor. Lo que yo quería era, en el fondo, ir al detalle, ir a las acciones más cotidianas, a la vida más cotidiana en el contexto de lucha armada, y dar cuenta de que estos valientes guerrilleros que estaban dispuestos a dar la vida -que es como se los conoció en esos años y posteriormente- había seres humanos dispuestos a dar la vida por acabar con la del tirano y cuyas intimidades era interesante conocer. Muchachos dispuestos a dar la vida pero también dispuestos a aprovechar que tenían un carné falso que decía que eran mayores de edad para ir a meterse a un cine porno y ver una película triple X para mayores de 21, que era lo que hacían los muchachos de esa edad en esa época. En el fondo eran jóvenes bastante comunes y corrientes detrás de esa apariencia épica con que los había pintado por un lado la izquierda; y por otro lado el imaginario de derecha que los había pintado como unos terroristas. O sea había un intermedio que es mucho más valioso en el que me interesaba entrar, y, volviendo a la pregunta, si es que había algo que me atemorizaba podía ser eso: no lograr eso, no captar esos detalles.

Bueno, aparte de interesarme en la visión más cotidiana, más mundana y humana de estos personajes por un lado épicos y por otro lado crueles. Desalmados, de acuerdo como se mire. Me interesaba también dignificar a los personajes porque habían sido bastante maltratados por la historia, entonces, en ese sentido era necesario responder y estar a la altura de la confianza que me habían dado al confiarme sus historias, ser fiel a su relato y al espíritu de lo que me habían dicho. Sobre todo considerando que muchos de esos relatos fueron objeto de conversaciones donde yo, en varios casos, no hice registro de audio.  Ni siquiera escrito, y donde ellos me confiaban cosas bastante íntimas, bastantes sensibles, dolorosas. Era necesario responder a esa confianza haciendo un trabajo que interpretara correctamente lo que había escuchado. Particularmente en el caso de los protagonistas del atentado y más en el caso de Sacha, que era el personaje protagónico y más sensible de toda la historia.

-Ahora después de todo ese trabajo de investigación, ¿consideró que eran desalmados?

– Me dio la impresión que eran gente común y corriente con vidas bastante comunes, pero que habían vivido un capítulo extraordinario. Que en algún momento sus vidas habían tomado un camino -en algunos casos fortuito, ni siquiera planificado- que los llevaron a protagonizar sucesos extraordinarios y excepcionales.

 

– En relación al libro Los fusileros, ¿qué le llamó la atención de ese grupo? ¿Y de todas esas personas que investigó cuál le atrajo particularmente?

– En mi caso fue una aproximación de alguien ajeno a ese movimiento. Creo que es sumamente valioso contar una historia desde afuera. Sin cargar con esa historia, sin ser parte de ella. Y llegar a sorprenderse con todas las técnicas y prácticas conspirativas y no darlas por hecho. A partir de esa sensación de sentirse extranjero en una historia, hay un encantamiento y una sensación de empatía con la derrota, con el dolor y con la dignidad que permanecía en la gente que participó en la lucha armada. Creo que fue esa aproximación la que me permitió descubrir una hebra para articular un relato como el de Los Fusileros. Un relato donde se puede contar toda la historia del movimiento armado de resistencia a Pinochet a través de este grupo; más concretamente de un personaje que es Sacha. Yo me encariñé mucho con ese personaje y con esa persona. Sobre todo porque fue una gran recompensa después de buscar y de recoger testimonios y de encontrar una forma de contar esa historia- finaliza Peña.

 

Mauricio Hernández Norambuena, el Comandante Ramiro, no tuvo la misma impresión. En una entrevista dada a Chilevisión catalogó el libro Los Fusileros como un texto chismoso, argumentando que era poco confiable debido a que Sacha, uno de los personajes, era un soplón que bajo torturas había delatado a sus camaradas.

 

– ¿Vio la entrevista a Mauricio Hernández Norambuena  que apareció en Chilevisión?- le pregunto a Juan Cristóbal.

-Sí- me responde un tanto sorprendido.

 

– ¿Cree que la opinión de Ramiro sobre Los Fusileros es poco objetiva siendo influenciada por su animadversión y rechazo a Sacha?

– Bueno, en ese sentido no está equivocado: Sacha delató. El tema es que yo creo que el papel de Ramiro igual es complejo en esa historia. Él queda en un lugar más o menos incómodo dentro de lo que fuera su papel en el Frente Patriótico.

 

-¿Incómodo en qué sentido?

-Incómodo en el sentido que Ramiro es un personaje que en el Frente provoca esta dualidad de amor y odio. Es un personaje que mereció mucho respeto, mucha admiración; pero también un personaje deplorado por alguna gente. Él provoca eso en quienes lo conocieron y trabajaron con él: amor y odio.

 

-¿Por qué?

– Porque yo creo que Ramiro era un profesional en lo que hacía y en ese sentido se distanciaba de los otros. Era un tipo frío, en el mejor sentido, para el papel que jugaba. Él estaba liderando una guerrilla, la terminó liderando, un grupo fundamental de esa guerrilla, y para llegar ahí tuvo que haber hecho las cosas muy bien. ¿A qué me refiero? Que Ramiro por algo nunca cayó detenido, sino hasta muy tarde. Eso te demuestra un profesionalismo de su parte. Da cuenta de que el tipo se tomaba así las cosas y que mientras los otros iban cayendo porque no cumplían las normas de disciplina, porque volvían a la casa de su mamá, porque volvían a la casa de sus amigos, porque dejaban huellas, porque cometían errores, porque eran delatados, en último caso; él no. Ramiro era, en ese sentido, un tipo que siempre fue coherente con lo que había que hacer. Yo me encontré con varios testimonios donde gente contaba de qué manera Ramiro los castigaba o los reprendía por los errores que ellos habían cometido y que en algunos casos provocaban muertes o detenciones. Bueno, Ramiro en ese sentido era un tipo muy rígido y muy estricto y eso es un valor.  Pero a la vez también era un tipo muy frio y en algún caso cruel, que hacía lo que había que hacer en un contexto de guerra y eso provocó y arrastró muertes, arrastró pérdidas humanas.  En ese sentido creo que Ramiro era una persona que tiene un papel complejo y es un personaje que tiene dos lecturas. Lo que diga él, no sé.

 

-¿Era un líder que provocaba sensaciones encontradas entonces?

-Obviamente. En el libro queda en un lugar que uno termina admirándolo como detestándolo de igual forma. Entonces probablemente pudo significar que nadie haya quedado conforme con ese libro. En el caso que Ramiro lo haya leído, lo cual desconozco. Entonces lo que diga realmente para mí es valioso, que tenga referencia de ese libro. Por cierto que con Sacha pueden haber lecturas distintas respecto del papel que cumplió y a la interpretación que yo le doy en la historia. Pero el libro, por cierto, si bien empezó con Sacha en un rol protagónico, no se limita solamente a Sacha.

 

-¿Pero qué opina de la crítica que sea un libro de chismes? Porque todo está argumentado en el libro.

-Sí, claro. La verdad es que  me da un poco igual. No espero que Ramiro hubiera tenido una opinión distinta. Sí me importaba que la gente con la cual hablé, a la que entrevisté, y que me confiaron su historia, quedara satisfecha, o por lo menos hubiera encontrado que el libro estaba a la altura. Entonces, en ese sentido, mi interés estaba centrado a lo que se dijera del libro. Estaba confiado a la gente con la cual yo hablé y a la cual terminé queriendo. Yo a Ramiro también lo quiero, digamos. Yo le tengo afecto y, de cierta forma, admiración por ser un tipo hábil, inteligente, profesional. En cierto modo también yo coincido con muchas de las acciones que él lideró, acciones anteriores a los 90, por cierto. Encuentro que hay un trasfondo muy válido y justificado en las acciones. Pero la afectividad que yo tengo con la historia no está confiada a lo que pueda decir Ramiro.

 

-Ahora el libro perfecto no existe ¿pero qué no perdonaría que le critiquen de Los Fusileros?

-De una crítica puedo perdonar cualquier cosa. Puedo encontrar que una crítica es injusta, por ejemplo, lo que acabamos de comentar respecto a la opinión que esbozó Ramiro. Más que injusta me parece absurda.

 

-Nadie podría decir que es un libro de ficción.

-Claro, el libro está documentado. Tiene testimonios. En ese caso la crítica más bien podría ir a las fuentes a quienes yo entrevisté y con quienes hablé, y los documentos que yo consulto. En ese sentido si son chismes –cosa que no comparto en absoluto- son chismes que provienen de la gente con la cual él trabajó. Creo que, más que sentir que tiene razón, yo soy crítico con algunos aspectos del libro que pudiese haberlos trabajado de otra forma. Por ejemplo con más tiempo. Pude haberme tomado más tiempo para hacer el libro. Me tomé dos años, pero podría haberme tomado cuatro y el libro hubiese resultado mejor.

 

-¿Cuáles episodios y aspectos podría haber trabajado mejor?  ¿Los de Tamara (Cecilia Magni) y José Miguel (Raúl Pellegrin) por ejemplo?

-Por ejemplo. Probablemente haberme tomado más tiempo para la escritura, haberla trabajado. Podría haber quedado mejor, haber pulido aún más el estilo. Luego, claro, hay historias accesorias o subsidiarias, en las cuales yo entro y dan para un libro aparte: Operación Albania, la Muerte de Tamara y José Miguel, el escape de la Cárcel de Alta Seguridad, en fin. Tal vez hay como dos o tres historias que aparecen ahí y se pueda haber trabajado mejor. Pero también hay en ese comentario un afán perfeccionista, donde viene al caso una opinión que daba Oscar Wilde,  quien decía que en la mañana había puesto una coma y por la tarde la había quitado. Tiene que ver con esa manía o autocrítica de haber suprimido alguna palabra y haberla reemplazada por otra. Tal vez me hubiera pasado años en eso: poniendo y quitando palabras.

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El maletín de José Miguel

 

 

-Ahora ¿con la muerte de Tamara y José Miguel emerge otro Frente? ¿Considera que es así? En el sentido de que después de la muerte de ellos se estructura un Frente con otra ética.

-Sí. Con otra épica y otra ética también. Sin duda eso marcó una tragedia y marca como el fin de la inocencia del Frente. En adelante yo también creo que todo se desarma. El contexto se desarma y el hecho de que ya haya instalado una democracia, o una pantalla de democracia, cambia por completo el escenario. Entonces no solamente la muerte de estos líderes, gente intachable o ejemplar, es lo que remueve al Frente sino que también el cambio de escenario, el cambio político. En ese sentido fue otro Frente, circunscrito a  un proceso político que se vivió a partir de los 90 que fue bastante oscuro. Oscuro en el sentido de que hubo una negociación para la impunidad.

 

– Sumado a la creación de La Oficina.

– Claro, sin duda. Pero lo que hay en esa transa política que queda al descubierto mucho después es algo que se expresó en la resistencia armada que surgió tanto en el Frente como en el Lautaro. O sea fue un proceso, una negociación bastante cuestionable.

 

-De la cual Raúl Pellegrin inmediatamente se da cuenta.

– De la cual era inevitable que también surgiera algo como lo que surgió. O sea, estoy pensando, por ejemplo, en la justicia popular, por llamarla así, en términos épicos.  Eso responde a que no había un ánimo de juzgar a los violadores de los derechos humanos. Cuando se ejecuta a gente como el Wally, por ejemplo. Gente que se había ganado un pasaje al paraíso con el cambio de gobierno porque él tenía asegurada la impunidad, partiendo por quién estaba con la tutela del ejército que era Pinochet. Y montones de otras instituciones que estaban tuteladas por la dictadura y por la derecha. Uno tiene en la memoria los capítulos más feos y más impresentables de la transición, como fueron la muerte de Jaime Guzmán y el secuestro de Agustín Edwards hijo. Pero olvida, porque no están a la vista, las negociaciones hechas a espaldas de la ciudadanía y a la medida de  los intereses de los grupos económicos que sostuvieron a la dictadura y de quienes habían formado parte de esa dictadura, militares y políticos. Entonces, por tanto, es un capitulo que se suele vapulear en torno a lo que fue el Frente tras la muerte de Tamara y José Miguel, pero también respondió a lo que era la solución política que se transó en ese momento.

 

– Volviendo a lo literario. ¿Para la elaboración de Los Fusileros fueron dos años laborando a full? ¿O trabajaba en el texto sólo los fines de semana?

-Sí, digamos que trabajé para vivir, pero destiné una parte importante de un premio de la Unión Europea, que gané por ese reportaje de  Víctor Jara, para financiar esta investigación. Postulé a un fondo del libro que no me gané y, bueno, lo hice igual. Fue sin subsidio y a tiempo completo trabajando bastantes fines de semana. Renunciando por un momento al trabajo remunerado, gastándome lo que tenía como ahorro y endeudándome también para hacerlo del modo que yo quería.

 

– ¿Y recuperó la plata?

– Con el tiempo sí (sonríe).

peña 05507

Jazz, el futuro y otros entuertos

 

La música siempre ha jugado un papel importante en la vida de Juan Cristóbal. El periodista recordó cuando el 22 de abril de 1959 Miles Davis escribió el Nuevo Testamento del jazz moderno: Kind of blue. Peña sabe que así comenzó la nueva era del jazz. Con Miles irrumpen escalas a partir de una determinada nota, escalas modales que se van al infinito. Uno de los entusiasmados con esta nueva música de los estudios Columbia, grabada en la calle 30, y considerada como una obra maestra, es Juan Cristóbal. El periodista recordó los legendarios integrantes: John Coltrane al saxo, Julián “Cannonball” Adderley al saxo alto, Bill Evans y Wynton Kelly al piano, Paul Chambers al contrabajo y a la batería Jimy Cobb. Dios! Que apóstoles del jazz modal!

 

– Juan Cristóbal eres un amante del Jazz? Es verdad eso?

– Sí, escribí durante un buen tiempo de jazz. En El Mercurio y después en La Tercera hacia fines de los 90 y comienzos del 2000. Una incursión como crítico de jazz, pero principalmente como comentarista de música popular, y sobre todo reportero. Desde ir a esperar a Luis Miguel al aeropuerto, que es como el noviciado y hacerle guardia en el hotel, hasta algo más elevado y más glamoroso como comentar conciertos de figuras que venían en ese momento. Figuras un poquito de más categoría.

Referente al jazz, fíjate que siempre me costaba un poco digerir lo que era sobre todo el jazz fusión.

El jazz fusión me pareció pretensioso en tanto se cortaba por esa pretensión el siglo. Eso ya era como mucho. Me parece hostigoso. Me gusta más lo que es el be bop, hasta el free jazz. Ese periodo desde los 40 a los 70.

Yo escribí un libro de la figura de la canción popular como es Cecilia, entonces eso también me parece muy estimulante: descubrir o perfilar al músico de la cultura popular.

 

-¿Y qué proyectos hay ahora? Si se puede saber.

– Estoy trabajando en un libro de antología del periodismo, pero como editor. Además en un libro de varios autores. Estoy perfilando un personaje y dándole vueltas a algunos proyectos, me gustaría continuar con un libro más autoral y en ese sentido hay varias cosas que me rondan.

 

-¿Quiere escribir un libro de ficción, una novela?

– Creo que esa definición de ficción a estas alturas es un poco antigua. Ese supuesto de que la literatura de ficción está en un nivel superior a la ficción creo que también es bastante impropia. Hace mucho rato que la ficción está en el mismo lugar de la ficción diría.

La otra vez escuchaba a Leila Guerrero hablando de este tema y ella comentaba que le llamaba mucho la atención que a los novelistas nunca les preguntaban cuando iban a escribir un tema real, cuando iban a hacer periodismo;  pero sí a los periodista les suelen preguntar cuándo van a escribir una novela como si ese fuese un salto superior.

En Chile me gustan mucho Roberto Farías, Rodrigo Fluxa, Luis Miranda Valderrama. Roka Valbuena, Juan Pablo Meneses. Creo que hay cronistas que son tremendamente talentosos, que están haciendo un trabajo persistente, pero tal vez silencioso por este supuesto de que el periodismo es algo inferior a la ficción.

– ¿Y de ficción?

– Hay mucha. Me gusta la novela negra. Y creo que hay mucha influencia de eso en Los Fusileros. Gran parte eran lectura de juventud, en una época universitaria, e inspiran un poco a ciertos personajes, ciertos estilos de Los fusileros.

 

De Roberto Bolaño me agrada mucho como ironiza sobre el mundo literario, por ejemplo en 2666. De hecho la parte que más me gusta es la de los críticos, cuando ironiza con estos académicos expertos en literatura que van encontrándose en congresos en el mundo. Me parece formidable la capacidad que tiene para destrozar a la solemnidad literaria.

 

 

 

 

 

 

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Una respuesta a “Juan Cristóbal Peña

  1. Reblogueó esto en Comunicaciones y Reseñas memoriay comentado:
    Juan Cristobal Peña, otro periodista que hace visible una Historia incómoda.
    …Sabía que era un tema sensible y doloroso. Y que no era fácil entrar al círculo de la gente que había participado más activamente en la lucha armada, y particularmente que haya formado parte del atentado. Estoy consciente de que existía, y existe, una suerte de desconfianza hacia el periodismo. Me parece que es injusto igual; pero lo comprendo por cómo había sido tratado el tema de la lucha armada históricamente en los medios tradicionales chilenos. “

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