Wendy Guerra

 

Las desventuras de Wendy

Le vie en noir

Por Hugo Dimter. Fotos de Miguel Lecaros.

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Wendy está cansada yendo de acá para allá en la tan mentada FILSA, la Feria del Libro de Santiago.

“Todo en Chile marcha a media máquina”, crítica la escritora cubana ante la supuesta, e insoportable, lentitud nacional. Para más remate la autora de Negra y Posar desnuda en La Habana pide vino blanco y en el restaurante de la Estación Mapocho sólo hay tinto. Wendy está enojada. Y se lo dice a su morena amiga cubana de metro ochenta que la acompaña y que mira con extrañeza.

– ¿Quieren una bebida o una mineral?

– No. No queremos nada- responde Wendy con fastidio mientras el ocaso se derrama sobre un Santiago que no es La Habana, ciudad antigua pero donde la gente está despierta y vuela.

Las cosas no marchan bien. Tal vez sería mejor abortar esta entrevista mal llamada aventura cubana-francesa, pero eso sería muy grosero. Lanzo la primera pregunta de una entrevista que más se asemeja a un interrogatorio policial donde Wendy responde con frases cortas y siempre a la defensiva.

Esto definitivamente no huele bien. Wendy es como un chocolate envenenado: se ve muy rico pero puede matarte.

La gente se queda mirándola al caminar por los pasillos alfombrados. Las luces la persiguen. Wendy con su falda negra y su blusa ajustada es lo más parecido a una muñequita francesa. Una elegante muñequita con corazón de diamante. En ninguna parte del planeta hay alguien semejante a Wendy y, como es lógico, en una feria como la Filsa Wendy sería la reina. Nadie mejor que ella para representar el valor de una instancia literaria como ésta. Para Wendy el sol, la luna y la Tierra giran sobre ella. Como los pajaritos que vuelan sobre la Estación Mapocho y que ella ve a través del ventanal.

Aleluya. El mundo de Wendy es genial. Viaja, escribe y se divierte. Pero sin duda hay algo más. Algo ausente. Algo que ella busca pero no encuentra. Mucho menos acá en Chile.

 

Según Wendy La Habana se cae a pedazos, pero eso sería algo normal en Cuba. Todo se perdería en la isla: el horizonte, el amor, las ganas, la noción de estar vivo.

Lejano está París donde el amor como significante es algo concreto.

La Tercera Guerra Mundial ha comenzado en Siria y la Franja de Gaza. De pronto aparece el ebola, se acerca y Wendy parece querer una nave que la saque del planeta; mejor aún, de la galaxia.

Como Wendy no hay. Que suposición más acertada. Tal vez la única que se parecía a Wendy era Anais Nin. Anais iba a Cuba tras la huella de Hugo Guiler. ¿Wendy detrás de quién va?

 

Wendy Guerra - FILSA 2014

 

– Wendy, oye, dime una cosa: ¿Con la publicación de Posar desnuda en La Habana te consideras una heredera de Anais Nin?

– Bueno, uno siempre se identifica estilísticamente o utópicamente-señala-. Creo que sí, de algún modo. Yo escribía diarios desde niña, la figura del padre era muy importante para mi. Ella rozó La Habana de una manera en la que yo rozo Paris. Tuvimos personas muy fuertes a lo largo de nuestras vidas, y que eran escritores. Yo creo que sí, que hay muchas cosas que uno va heredando de alguna manera de la vida, de algunos escritores que han abordado anteriormente a uno la literatura. Yo no le tengo miedo a esas cosas.

 

– Ahora tienes un libro escrito a dos manos.

– Con mucho respeto.

 

– ¿Te tuviste que adaptar un poco al estilo de Anais?

– Bueno, pasé leyendo tanto tiempo a Anais, que fue muy fácil estilísticamente trabajar. Pero primero tuve que estar 12 años trabajando en este libro.

 

– Muchísimo tiempo. ¿No te cansaste?

– Bueno, en un momento era muy fuerte; pero lo hice con mucho gusto porque era algo que me gustaba.

 

– ¿Qué es lo que sientes cada vez que llegas a Cuba? ¿Hay sensaciones encontradas?

– Mira, estoy en casa, pero en casa hay muchos problemas.

 

-¿Cómo cuáles?

– Como todo lo que tú sabes y tú quieres que diga. Pues no. Yo no vengo a hablar de eso. Vengo a hablar de literatura. Ya estoy harta. En Chile es muy difícil hablar de literatura. Vamos a hablar de literatura. Los problemas de Cuba están en el telón de fondo de mis personajes. Todos los problemas de mis personajes caben en los problemas de Cuba.

 

– ¿Te ha costado mucho hablar de literatura acá en Chile?

– En Chile hay como una especie de adicción al tema política cubano. No hay forma de hablar amablemente de literatura 15 minutos. Es imposible para los chilenos conversar sobre estilo, lenguaje. Y sí, luego el telón de fondo de los personajes claro que es político. Claramente  político. En Cuba los sabemos todo: 50 años en el poder, no se puede votar, no se puede cambiar el gobierno, no hay libertad de expresión, todo. Tú sabes, pero creo que para esa entrevista política es mejor hablar con un político más que con un de literato.

 

– ¿Es difícil ser escritora en Cuba?

– Publicar en Cuba es difícil, pero ser escritor no porque detrás hay muchas historias.

 

– ¿Es muy difícil publicar?

– Publicar es difícil cuando tienes una posición álgida con tus personajes y sus realidades.

 

– ¿Tú te declaras crítica del régimen de Fidel Castro?

– No. Me declaro como una persona que está narrando una realidad que supera a sus propios gobernantes. Entonces les molesto. Cuando leen los personajes, nerviosos de sus problemas, les supera y lo prohíben.

 

– ¿Por eso viajas mucho? Para tomar aire de esos problemas.

– Yo viajo mucho porque cada vez -como tú ves en Facebook- voy a presentar un libro, estoy traducida  a 13 lenguas. Cuando termina de traducirse uno viene el otro. Solamente viajo por trabajo. No me puedo pagar esa cantidad de pasajes al año, no tengo dinero para pagar tantos pasajes, 20 pasajes a Europa, Estados Unidos. Imposible. Viajo para trabajar solamente.

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– ¿Y ahora en que estás? Tienes algún proyecto nuevo? Algún nuevo libro?

– Si, estoy tratando. Investigo a la artista cubana Ana Mendieta que murió en Estados Unidos. Una historia cubana donde estoy muy motivada con la investigación. Va a ser muy larga, casi 5 u 11 años.

 

– Casi los mismos que ocupaste para escribir lo de Anais Nin.

– Pienso que sí, más o menos. Estoy metida en esa piel. Y haciendo una pequeña novela de 100 paginas, muy muy corta, mientras voy investigando lo de Ana.

 

Cuando pase el estruendo y la batalla esté ganada o perdida Wendy se va a quedar quieta y abrirá los ojos. Pero aún falta mucho para eso. Cómo saber si ella será una de las heridas que queden a un costado del camino.

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– Relacionado con este libro, Posar desnuda en La Habana, ¿ te consideras una escritora feminista en cierto sentido?

– No, poquísimo. A mí no me gusta el feminismo, ni el comunismo, ni nada que termine en ismos. No me interesan los ismos… Soy mujer.

 

– Pero éste es un libro escrito con una visión femenina.

– Femenina, pero no feminista.

 

– ¿Podemos hablar de Chile?

– Por supuesto de lo poco que sé de Chile estoy encantada. Me gusta mucho Alejandro Zambra. Primero, soy adicta a su literatura, y luego me hizo su amiga. Primeramente lo leí y luego lo admiré. Es un ser humano que se parece mucho a  nadie. Él no quiere parecerse a nadie. Él encontró una especie de jardinería del lenguaje, recortó eso y se lo puso a cada personaje y está instalado ahí. Eso me parece muy confortable para un escritor: que él mismo traza sus limites, él mismo traza su eternidad. Eso me gusta mucho. Lo admiro profundamente- señala Wendy entusiasmada.

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Sabes, a mí me faltaría conocer a las poetas chilenas, las mujeres. Conocer un poco su obra, porque no las conozco. No estoy hablando de Gabriela Mistral, por supuesto. Estoy hablando de lo que está ocurriendo en la generación de Zambra. Me gustaría muchísimo conocerlas. Me falta eso.

 

-¿Conoces algo de poesía mapuche?

– Por ejemplo no la conozco. Y eso es terrible cuando uno llega a un país. Se nota mucho cuando no conoce. Voy a comprar un poco de literatura, sobre todo poesía chilena, a estar yo con los libros de los otros, porque he estado todo el tiempo en función de presentarme. Ahora voy a tratar de presentarle los libros de mis amigos a mí misma.

 

– Ahora, ¿qué opinas de esto de esta feria del Libro de Santiago?

– Tremenda feria, buenísima, me encanta.

 

– ¿No te parece como un mall más que una feria?

– Bueno será porque en mi país no puedo encontrar tantas ofertas y me encantaría. Todavía estoy enamorada de la capacidad de la gente, del individuo, aquí tienen para elegir todo. Me parece que los libros es parte del mundo comercial. El Corte Inglés es comercial, La casa del libro es comercial.

 

– Pero a ti no interesa vender más, te interesa escribir bien.

– Me interesa vender para que mis editores puedan seguirme contratando. Si no puedo vender mis libros no me contratan más, y no tengo editores. Me parece que hay que vender y hay que escribir y hay que tener un editor que te edite bien, conversar con el editor. Yo no tengo prejuicio.

 

– Pero tu fin último no es vender.

– Si tuviera ese fin yo no lo lograría, yo soy otro tipo de escritor.

 

-¿De qué  tipo?

– Intimista. Con una reducida manera de ver las cosas. No quiero hablar de lo que le pasa a los demás, sino de lo que me pasa a mí. Y eso no le importa a todo el mundo.

 

– Pero le importa a tus lectores.

– Claro y ahí estamos con eso.

 

– ¿Piensas mucho en ellos cuando escribes? ¿Piensas mucho en el lector?

– No. A veces he pensado cosas que me ha dicho algún lector de un libro anterior. Eso sí, alguna que otra critica me ha interesado, pero no es todos los días.

 

– ¿A la crítica literaria le tomas distancia o te importa?

– No he tenido malas críticas; pero ya las tendré.

 

– ¿Y estás preparada para eso?

– Sí. Yo vivo en un país que no me publica, me critican en una prensa oficial sin decir mi nombre. Me acusan de estar contra la patria y contra no sé qué, y vivo ahí. No me he ido. Yo siempre he pensado que eso no importa.

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– ¿Pero tú no escribes de política?

– Sí, yo escribo en la realidad de los personajes. La política cubana está en lo que comes, lo que vistes, todo eso.

 

– ¿Y sin embargo nunca has pensado en radicarte en otro país?

– No. Me interesa estar en Cuba.

 

– Me da la sensación que vivieras forzada en Cuba, tal vez con algunas molestias.

– Sí, pero es mi país. Son mis propias molestias de las que hablamos. No heredo las molestias de nadie.

 

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