¿Quién era Alejandro Pinochet?

 

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Por Hugo Dimter

 

A lo lejos la bahía de Valparaíso se divisa imponente con ese manto de espuma. Los porteños, habitantes del lugar, creen con devoción que Dios la ubicó en el lugar preciso.

Desde la cima del Cordillera -uno de los tantos cerros que rodean el puerto- Alejandro, un niño como cualquier otro, observa el romper de las olas soñando con algo incomprensible.

Es extraño: las colinas, y poblados cercanos, parecen haber sido abandonados. No hay nadie; solo él.

¿Cuáles eran los sueños de Alejandro Alberto Pinochet Arenas cuando tenía diez años? ¿Cuál es la respuesta que encontraba en ese horizonte distante?

¿Otra ciudad? ¿Otro país? ¿Un mundo mejor?

 

Pivote

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Con el número 7 Alejandro Pinochet

 

Pivote es una de las 5 posiciones de un equipo de baloncesto. Son los jugadores más altos actuando cerca del aro, tanto en ataque como en defensa. Su principal rol es el de rebotear en ambas canastas, además de intimidar -en lo posible- a los rivales.

 

Cuando Alejandro Pinochet, aún siendo un niño, escuchó la palabra “pivote” le llamó la atención. Le explicaron de qué trataba. Se imaginó un pivote. Un tipo alto y gallardo que acaparaba la mirada de todas las niñas en las derruidas butacas del Fortín Prat, el viejo estadio del basquetbol porteño. Un pívot. Un celoso custodio. Hummmmm, pensó un tanto avergonzado ante su escasa destreza y evidente ausencia de motricidad fina.

Sin embargo era, a pesar de aquellos defectos, una buena idea.

 

Alejandro era hijo de Froilán Pinochet Pinochet, un sastre comunista ampliamente conocido en el puerto por sus luchas sociales. Llegado al mundo en 1964 la madre de Alejandro había muerto cuando él aún era niño. Sin embargo Froilán Pinochet volvió a encontrar el amor: después del fallecimiento de su esposa y para Alejandro el rol materno fue bien restituido por su madrastra, quien lo amaba como un hijo nacido de sus entrañas.

“Mi niño”, lo llamaba con un tono que evidenciaba el gran amor que sentía por ese pequeñuelo esmirriado.

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La infancia de Alejandro transcurrió en los cerros de Valparaíso, urbe distante 135 kilómetros de Santiago, y descubierta en 1536 por Juan de Saavedra, explorador español proveniente del Perú, quien desembarcó en la bahía de Quintil, bautizándola como Valparaíso en honor a su ciudad natal. A Saavedra le fue mal: en la bahía y sus alrededores no había oro ni plata. Sólo un bello paraje donde los buques quedaban a resguardo bajo la remota mirada de los indios changos.

 

Muchísimo después, cuatro siglos después, a mitad de los años 70, y con pocos más de diez años, Alejandro Pinochet, junto a sus amigos y su hermano, cansados de andar por los cerros vecinos, terminaba sus andanzas cerca de casa jugando a la escondida, o pateando un balón de fútbol hasta llegada la noche o algún reproche de sus genitores. Ese romance tendría corta vida: debido a su precoz corpulencia y elevada estatura sus flirteos con el fútbol se evaporaron rápidamente. Era lo que comúnmente se denomina un “tronco”, tan ágil como un robot. De forma instantánea asumió sus escasas aptitudes futbolísticas. No iba a ser Chamaco Valdés, Caszelly, ni Elías Figueroa. Sin embargo para Alejo fue reconfortante que estos frustrados ánimos futbolísticos se evaporaran al mismo tiempo que se le daba a conocer un deporte de gran aceptación en la bahía, y en el cual sí tenía probabilidades de éxito: el basquetbol.

Sportiva Italiana y Unión Española eran los clubes que albergaban más títulos e hinchas. Alejandro, o Alejo, como lo llamaban todos, comenzó a practicarlo, soñando en convertirse en el mejor pivot entre los precoces niños de Valparaíso. Pese a no ser muy alto consideró que el secreto radicaba en saltar más. Debía elevarse por sobre todos los jugadores y atrapar el balón cual trofeo más valioso. Esa era su principal recompensa. Y comenzó a entrenar con ahínco tocando las señaléticas de las callejuelas, y las ramas de todos los árboles que se cruzaban por su camino.

 

Septiembre es un mes ideal para elevar volantines, como se les denomina a las cometas de papel que surcan los cielos del puerto entregando un espectáculo multicolor. Alejandro era uno de los niños que se divertía en ello. Corrían nuevos vientos y un ingenuo Alejo se hacía participe, sin presentir que algo cambiaría en su vida para siempre.

Para un niño no hay días grises. Aún en la tormenta o en el descalabro los  pequeños siempre tienen un minuto para sonreír. Eso sucedía con Alejo. No eran buenos tiempos para nadie pero este infante de carácter reservado siempre guardada algún gesto de alegría y cariño, sobre todo hacia su padre. Ambos eran muy unidos. Don Froilán advertía con orgullo que Alejandro -no por ser su hijo ni mucho menos- era un muchachito admirable.

Pasó el tiempo con inaudita rapidez y en 1980 Sportiva Italiana obtuvo su primer título en la Dimayor -campeonato de basquetbol creado un año antes-. Sportiva bajo la batuta de José Luis de la Maza y con un plantel conformado por Antonucci, Bahamondez, Fornoni, José Gonzalez, Heres, Hernandez, Rubén Martoni, Oscar Nápoles, Flavio Razetti, Ricardo Valdes, José Luis Pipa Verdejo y Roual Villela estaba para cosas grandes.

Valparaíso siguió con interés el curso del campeonato y Alejandro -ya más crecido, y pese a jugar en otro club, Unión Española- se entusiasmó cual vibrante hincha que ve a su equipo camino al campeonato. Cada semana Alejo practicaba baloncesto con entusiasmo pero también con esfuerzo debido a un diagnóstico que evidenció un asma crónica. Aunque con intervalos acudía al Fortín Prat, en la avenida Pedro Montt, a apoyar en los partidos importantes: con Malta Morenita de Osorno, Universidad Católica de Santiago, o Petrox, Alejandro sintió que esta enfermedad pondría un límite a sus aspiraciones deportivas. Nuevamente algo impedía cumplir sus sueños.

Dos años después Alejandro miraba los encuentros con sincera nostalgia pues ahora -que ya no era un niño- muchas cosas habían cambiado: el básquet había pasado casi al olvido. Ahora estaba abocado a distintas e importantes tareas, como bregar, dentro de sus posibilidades, contra la dictadura de aquel que, a mucha deshonra, llevaba su mismo apellido: Augusto Pinochet. Lentamente su lucha se había trasladado de los preadolescentes gimnasios, en los cuales trataba de encestar para su equipo, hasta la calle y a los cerros celosamente custodiados por carabineros y marinos donde ahora Alejo deambulaba con inusual rebeldía.

 

Un bombero de servicentro

 

Embutido en su overol azul Alejandro Pinochet Arenas daba la impresión de ser un joven, como cualquier otro, tratando de doblarle la mano al destino. Los autos se estacionaban a cargar combustible y Alejo los atendía con la cordialidad propia de quien prácticamente había cumplido la mayoría de edad y abordaba su primer trabajo rebosante de juventud.

Era comienzos del 83 y la situación del país estaba marcada por el desempleo y la precariedad. Valparaíso, puerto principal y joya del Pacífico, resaltaba por su encanto, pero a la vez por la pobreza que se advertía en los cerros. En uno de ellos, el Santo Domingo, vivía Alejandro.

Pese a los malos tiempos, post crisis del 82, los porteños no se caracterizaban por echarse a morir. Y mucho menos Alejandro quien decidió ayudar a su padre, don Froilán Pinochet Pinochet, y su madrastra empleándose en una bencinera -ya extinta- del sector de Caleta Portales. Apenas habían trabajos esporádicos y éste servía para pagar algunas cuentas, y a la vez esconder la pasión que brotaba como una llamarada desde su interior. Alejo, como le decían en la intimidad de su hogar en La Puntilla, camino a Cintura, en Playa Ancha, deseaba acabar con la dictadura militar. Pero no podía él solo. Fue así, ya en el liceo, inminente su ingreso a las Juventudes Comunistas. A la renombrada y perseguida Jota.

 

Por sus notables condiciones personales Alejandro destacó en la Jota de Valparaíso. Ya en ese entonces se advertían sus cualidades: Entrega total, superación, inteligencia y concreción de las tareas fueron algunos de los rasgos de su personalidad. Pero había una que salía a relucir. Alejo era serio, un muchacho de pocas palabras, que mantenía distancia de las personas que recién conocía. Una distancia respetuosa, formal; pero distancia al fin. Pese a su juventud ya evidenciaba ese rasgo, molesto para algunos, pero que sería una fortaleza que con el paso del tiempo, y en vista a lo peligroso de sus actividades, se incrementaría.

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Esa seriedad se manifestaba ahora en ese servicentro. A Alejandro le gustaba la mecánica, las tuercas, los fierros. Pero ese trabajo, indirectamente relacionado con su pasión, debía realizarse sin olvidar sus actividades políticas, que él consideraba prioritarias. Alejandro decidió redoblar su tiempo y esfuerzo en factor de ambas. Dormía poco pero aun así nunca descuidó su trabajo en el servicentro, que cumplía religiosamente cargando bencina, cambiando aceite e inflando neumáticos. Nadie adivinaba que detrás del mameluco se escondía uno de los futuros héroes del Frente Patriótico Manuel Rodríguez.

 

El profesor de matemáticas

 

Como una bola de nieve. Alejandro fue adquiriendo un rol cada vez más protagónico en las Juventudes Comunistas. Veloz había pasado el tiempo y ya había cumplido los 22 años, lo que significó que estaba maduro para adquirir nuevas y trascendentes responsabilidades. Era un hecho que la Jota le había quedado chica.

 

Pedro era uno de los encargados del Frente Patriótico Manuel Rodríguez en el área de Valparaíso. El año 1984 Alejandro Pinochet lo conoció en una actividad anti dictadura de la Jota. El muchacho no perdió el tiempo y le solicitó formalmente ingresar al Frente Patriótico Manuel Rodríguez. Por su parte Pedro hizo lo que acostumbraba: debían encontrarse nuevamente -luego de un par de días-, pero esta vez Alejandro debería dar las razones porqué deseaba integrarse. Razones concretas, con argumentos sólidos. Pedro ya le había explicado que el Frente era un órgano militar con una estructura vertical de mando. Las órdenes se obedecían. No se discutían; salvo a posterior si el caso ameritaba un análisis. Pedro le señaló que de ser detenido iba a sufrir la tortura o podía pasar a engrosar la lista de los desaparecidos. Las posibilidades de morir eran enormes y por ello Alejandro debía pensarlo muy bien.

Tres días después Pedro se reunió con Alejandro quien no titubeó: la respuesta fue afirmativa. Dijo que sí. Que había que darle un futuro a las nuevas generaciones y para ello se debía luchar, entregando la vida si fuese necesario.

– ¿Estás seguro?- le preguntó Pedro.

– Estoy muy seguro- fue la respuesta que convencido dio Alejo.

– ¿Pensaste en alguna chapa?- preguntó Pedro.

– Sí. Hernán.

– ¿Hernán?

– Sí.

– Bueno, Hernán. Ahora estás en el Frente.

No había más que hablar.

 

Semana a semana Alejandro o Hernán fue instruyéndose sobre sus nuevas tareas y cómo desarrollarlas. Debido a las innumerables acciones, en las cuales Alejandro estaba involucrado, los encuentros con Pedro se incrementaron. De mutuo acuerdo decidieron reunirse, algunas veces, en la casa del recién incorporado. Para no despertar sospechas fue a Alejandro a quien se le ocurrió una idea: Dirían que Pedro, en vista a ser un tanto mayor, sería su profesor de matemáticas. La ocurrencia no era del todo descabellada. Pedro tenía conocimiento de aritmética, geometría, y potencias, así que, entre medio de cuadernos y libros de ejercicios a medio terminar, aprovechaban de delinear las futuras acciones del Frente Patriótico Manuel Rodríguez en el puerto. Todo bajo la distraída mirada de los padres de Alejo, quienes estaban felices por las enseñanzas que aprendía su hijo.

 

 

Tres y no cinco

 

Después de realizar varias acciones de carácter intermedio Alejandro Pinochet pidió una tarea de mayor envergadura. Pedro decidió otorgarle una oportunidad para que el muchacho demostrara su valer y a la vez sacar conclusiones sobre su actuar. Una acción algo más compleja que las usualmente denominadas de templanza. Después de juntarse en un punto le explicó lo que se le encomendaría. La tarea era de cierta dificultad para alguien sin la experiencia necesaria mas pensó que siempre había una primera vez, además que Pedro le tenía fe al joven rodriguista. Con mucha confianza le señaló que desde ese momento Alejandro decidiría cada ámbito de la acción. La tarea consistía en efectuar una recuperación económica: un asalto. Alejo debía escoger a los participantes, el modus operandi, y algo muy importante: el número de personas. El objetivo determinaba la cantidad de gente, la calidad y los medios o armamento, ya fueran pistolas, fusiles o granadas.

Según Pedro la cantidad de combatientes debía ser mínima. Mientras menos mejor para una tarea de dificultad intermedia. Se puso una fecha para la acción. Debía ser un lunes. Llegó el día estipulado y ocurrió algo que Pedro no esperaba y que lo sorprendió. La tarea no fue realizada.

Después de un par de días Pedro se reunió con Alejandro y le pidió explicaciones.

– ¿Por qué abortaste?

– No vi las condiciones necesarias.

– ¿Cuándo la vas a hacer?

– En tres días más. Me gustaría que usted participara- señaló Alejandro, agregando sus descargos ante la tarea abortada.

Pedro escuchó los motivos dados por Alejandro con cierto fastidio pero encontró que eran válidos.

– Hay que hacer un pre chequeo-insistió Pedro, para quien esa no era su única tarea. El nuevo día programado debía estar en otro lado.

– Ya, pero yo no puedo- señaló Pedro.

– Pucha, es que yo lo contemplé a usted.

– Este objetivo mínimo son tres y máximo cinco. Pero no es por eso, yo no puedo estar- finalizó Pedro.

Alejandro deseaba cinco personas para realizar la tarea. Pedro consideraba excesiva esa cantidad. La acción quedó aplazada por un par de días.

Sin embargo volvió a ocurrir un hecho sorprendente. Nuevamente la acción fue abortada por Alejandro a última hora.

Pedro no vio con buenos ojos esa determinación. Se preocupó de la salud mental de Alejo. Algo andaba mal. Cuál era la razón porqué fue aplazada?

Alejandro debía dar una muy buena respuesta a esta pregunta. Volvieron a juntarse y Alejo dudó sobre el número de participantes en la tarea  recalcando que debían ser cinco o más.

Ese era el motivo de desistir en la realización. Pedro al escuchar el descargo le señaló, un tanto cansado, que se olvidara de esa recuperación.

– Pero cómo se le ocurre. La tarea debe hacerse- contestó Alejandro.

– No- señaló Pedro-. La acción no se va a realizar. Olvídate de ello. Recuerdas que cuándo entraste al Frente te dije que las órdenes se acataban. La tarea no va. Es una orden. Olvídate.

– Yo quiero hacerla- insistió Alejandro.

– No, olvídate. Encontrémonos mañana a las tres de la tarde. Yo te voy a entregar otra tarea- le respondió Pedro cortante.

Alejandro no quiso discutir.

 

Había algo que nadie sabía: Unos días antes Pedro se había reunido con Andrés, o El Hermanito, como lo apodaban, que era el segundo jefe nacional del Trabajo Militar de Masas, quien le encomendó una tarea de suma importancia. Pedro debía crear una unidad especial.

– De las unidades pesca un grupo y haz otra unidad. La más segura. Que te hagan caso en todo.

– Es que me hacen caso en todo- respondió Pedro.

– Bueno, pero estos deben ser más obedientes. No tienen que titubear. Si no no sirven. Escoge los mejores. Ese grupo debe funcionar con medios propios al margen de la estructura del Frente. El logístico no debe saber nada. Esto es sólo entre José Miguel y tú. Deben operar con recursos propios. Te repito: El logístico no debe saber nada.

 

Pedro asintió. Fue así como empezaron a hacer tareas con esa unidad tan seleccionada. Una unidad de elite.

 

Dos días más tarde de la conversación con Alejandro, donde éste le había informado de la segunda suspensión de la tarea de recuperación, Pedro se comunicó con otros dos compañeros a quienes conocía desde hacía mucho tiempo. Los citó a un determinado punto para explicarles lo que harían al día siguiente muy temprano. A uno de ellos le encomendaría que se quedara en la entrada del lugar. Su misión consistía en impedir la entrada y salida de cualquier persona. Nadie entraba, nadie salía. Al otro le dijo:

– Tú me debes acompañar. Yo doy las órdenes y tú me das protección por la espalda- señaló Pedro, explicando  el modus operandi.

Al día siguiente se encontraron a las nueve de la mañana. Los combatientes, subordinados de Pedro, tenían experiencia: sabían leer los gestos. Nunca titubeaban. Entraron decididos y la operación salió a la perfección.

Al día siguiente Pedro se juntó con Alejo.

-¿Qué pasa compadre?- pregunto Pedro al ver que Alejandro venía con El Enano, otro compañero logístico que él conocía. Alejandro, torpe e ingenuamente, se había dado cuenta de las andanzas de Pedro y había contado que estaba haciendo cosas por su cuenta. Y eso era muy malo.

– Hay una preocupación- señaló Alejandro-. Pienso que está haciendo cosas que no corresponden y más encima se acobardó en la recuperación- largó Alejandro sin más ni más.

Pedro se puso morado pero mantuvo la calma.

Confiado movió su mano derecha debajo de la mesa y de improviso la levantó mostrándole un diario. En portada salía la información del asalto. Pedro tenía razón: Con tres se podía hacer. Ahora fue Alejandro quién se puso morado de vergüenza. Pedro había realizado la recuperación con un mínimo de combatientes para enseñarle a tener confianza. En la misma mesa Pedro le explicó al Enano, el logístico, que en algunas operaciones estaba actuando por orden de Rodrigo y la Dirección del Frente en una tarea exclusiva. Alejo quedó en vergüenza descolocado y resentido. Pedro y el logístico le ordenaron a Alejandro que se retirara.

 

Hermanito era el enlace de Pedro con la Dirección del Frente. El logístico le preguntó a Pedro si Alejandro era de confianza. La respuesta fue afirmativa. Alejandro y Pedro se volvieron a reunir con el Hermanito.

– Disculpa pero esas platas no eran para mí- volvió a insistir Pedro-. Eran tareas importantes que me dio José Miguel, y eso debía ser compartímentado. ¿Tu jefe sabe dónde están los barretines?- le preguntó El Hermanito a Alejandro-. Yo que soy tu jefe, y él que es tu jefe no sabemos. Esa fue una tarea del mando. No es nada del otro mundo- intervino Pedro.

Alejo guardó silencio. Sabía que Pedro tenía la razón. La reunión terminó y Alejo se retiró del lugar sin saber sí sería amonestado. Había cometido un error infantil. Pero no había sido con mala intención.

– Sácalo al tiro del Frente. No puede ser. Se debe mantener compartimentado hasta el final- sentenció El Hermanito.

Pedro se opuso con un sólido argumento: Sabía que Alejo era un buen combatiente. Un poco desconfiado y agudo, pero buen combatiente. Además le tenía estima.

 

Al mes se produjo el quiebre con el Partido Comunista. El año decisivo arrojó dos grandes traspiés: el atentado a Pinochet y el descubrimiento de las armas en Carrizal Viejo. Para nadie era un misterio que se avecinaba una tormenta y ello provocaría pérdidas y divisiones. En Valparaíso Pedro no veía con buenos ojos los últimos sucesos. De hecho tuvo que irse del puerto. Julián Peña Maltés lo reemplazó.

Pedro confesaría tiempo después: “Me encomendaron una tarea y ya no vi más a Alejandro. Tiempo más tarde yo estaba en la cárcel y me avisaron de la desaparición de cinco combatientes. Me dieron los nombres. Ahí supe de Alejandro y de Fuenzalida también”.

 

Casa Quemada

 

A mediados del 86 se presentó un problema de seguridad en una casa del Frente en el sector del Cerro Concepción. Un militante del partido cayó detenido y bajo tortura filtró la ubicación de esa casa. Pedro de inmediato se puso en acción. Al enterarse llamó con rapidez a una compañera del Frente en el puerto puesto que se iba a realizar un importante encuentro en esa casa.

– Necesito que me acompañes- le dijo-. Vamos a ir a hasta la esquina de la casa “quemada” como si fuéramos novios y a medida que los compañeros aparezcan les avisamos que pasen de largo- finalizó.

Abrazados y simulando besarse arribaron al lugar apoyándose en un árbol distante. Poco a poco fueron ubicando a la gente del Frente y les hicieron señas.  Al verlos los combatientes reaccionaron al instante y pasaron de largo un tanto alarmados. Sin embargo todos desconocían un hecho. Diez minutos antes había arribado Alejandro. En las afueras de la casa vio un auto negro y al divisar la reja del ante jardín está permanecía un tanto abierta, instancia que nunca acontecía. A Alejandro le pareció raro, más aún cuando en el segundo piso se abrió una ventana y apareció un tipo de bigotes diciendo estúpidamente: “Espera, abrimos al tiro”. Fue un instante. Alejo pareció recibir un rayo. En un segundo comprendió todo. De inmediato desde el auto estacionado emergió un tipo enorme  y Alejandro alcanzó a arrancar. ¡Bangg! ¡Un disparo! El silbido de la muerte a escasos centímetros de su cuerpo. La respiración agitada. El asma haciéndose presente en la huida desesperada e incierta. Un jadeo. Vuelven a disparar pero fallan y él logra escabullirse por las angostas callejuelas. Con un aliento entrecortado y los ojos nublados por el intenso sudor se va a la casa de una familia amiga en el cerro Toro. Es su primera aproximación a la muerte. Y vendrían muchas más.

 

Mientras tanto Pedro y la mujer que lo acompañaba se retiran con rapidez de la casa “quemada”. Pedro cree saber dónde ha huido Alejo. Se dirigen hacia allá. Ahí en el cerro Toro Alejandro cuenta su fallida aprehensión: “Casi me pillan los huevones”, señala con el corazón a punto de estallar. Pedro -a pesar de la escasa diferencia de edad- lo abraza como si fuera su padre.

-A ti te andaban buscando- le susurra Pedro convencido.

 

Algo huele mal en Valparaíso. Muchos frentistas se sienten seguidos y redoblan las medidas de seguridad. Las cosas de un momento a otro se vuelven muy peligrosas. La CNI, Central Nacional de Informaciones, respira en la nuca de varios combatientes. Pedro, al otro día, estaba preparado para un encuentro en la Plaza O’Higgins. El vínculo era a las dos de la tarde pero algo, un presentimiento, lo hace mantener una excesiva cautela fuera de toda lógica.  Para ese vínculo Pedro se dirige en un bus de la locomoción colectiva. La micro cruza lentamente y Pedro divisa al compañero pero pasa de largo al advertir que algo no encaja. Un detalle en el típico ambiente del lugar se le presenta extraño. Pedro no sabe qué es pero decide no arriesgarse.

 

Unos días más tarde a Pedro le comunican que salga de Valparaíso. La CNI lo conocía, sabían su chapa y su fisonomía. Pedro ya se había dado cuenta de su seguimiento al realizar unos llamados telefónicos a su pareja. No pasaron más de tres minutos y el lugar -muy concurrido- de un momento a otro se había de atiborrado de CNI. Un señor de edad realizó una llamada posterior desde el mismo teléfono público luego de que Pedro entrara a una cercana fuente de soda. A los pocos instantes el caballero, mientras aún hablaba, fue reducido violentamente por agentes de seguridad. Pedro, bastante preocupado, observó los hechos por el espejo de un pilar mientras comía un completo. Manteniendo la calma terminó de engullir simulando estar leyendo un periódico, para luego pedir la cuenta. Con tranquilidad salió del lugar subiendo presto a una micro.

A los tres días realizó una nueva llamada desde un cerro cercano a la universidad de Playa Ancha. Sabía que no podía hablar más de dos minutos. Rápidamente entregó un mensaje encubierto que confirmaba el seguimiento que sufría. Veloz colgó subiendo un par de calles desde donde advirtió la llegada de varios agentes. No había duda. Estaban tras de él y lo aconsejable era hacerse humo.

Pero había tres complicados más. Entre ellos estaba Alejandro.

Pedro sabiendo el peligro que corrían los pasa a visitar y les entrega un poco de dinero para viajar a Santiago. Además les brinda cobertura para asegurar protección ante cualquier inconveniente. Pasará un tiempo bastante prolongado hasta que se vuelva a encontrar con algunos de ellos. Pedro se dirige al sur de Chile. Cuando retorna asume como jefe de un destacamento especial en Santiago. Al ver una nómina se da cuenta que aparece el nombre de Alejandro. Andrés El Hermanito se lo entrega para realizar nuevas operaciones. Mientras tanto en Valparaíso poco a poco se vuelve a retomar un camino de cierta normalidad y se hacen nuevas operaciones.

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Alejandro en la capital: amor y distancia

 

El Flaco Hidalgo se hizo amigo de Alejo cuando éste llegó a Santiago desde el puerto. Con el paso de los meses la amistad entre ambos se acrecentó. Eran inseparables pese a estar en diferentes estructuras dentro del Frente.

Tiempo después el Flaco Hidalgo me contaría parte de la historia de Alejo en un boliche de mala muerte entre vasos de vino y empanadas a medio terminar. Según el Flaco lo que Alejandro no sabía era que -al marcharse de Valparaíso y recalar en Santiago- iba a encontrar algo de lo cual estaba absolutamente despreocupado: el amor.

Pero no vayamos tan rápido.

Al llegar a la capital la situación se tornó confusa para el muchacho. No conocía la ciudad y el modo frenético de la urbe le era detestable. Alejo fue visto por sus pares como un joven serio, sobre todo cuando no conocía a la gente. Él mantenía una actitud muy tranquila, mas no entraba en ningún tipo de confianza. Cordial pero con una cierta lejanía. Tenía que conocer mucho a la gente para entrar en confianza, para contar tallas, para bromear.

“Durante aquellos primeros meses Alejo recala muy seguido en la casa de mis padres. Ya era como parte de la familia y entonces ahí conoce a mi prima que se viene a estudiar, en esos tiempos, a Santiago desde el norte, desde Tocopilla. Entonces, tiempo después, posterior a todo un romance queda embarazada”, señala el Flaco.

“Viviana, luego de confirmar el embarazo, se va al norte porque se dan mejores condiciones. O sea, podía quedarse con nosotros pero imagínate: mi madre, mi padre trabajaban clandestinos, mis hermanos trabajaban clandestinos, todos con la CNI en la nuca. Entonces era entre dos cosas: un riesgo y un problema”, cuenta El Flaco.

 

“A Alejandro nosotros, la familia, podría decir que lo adoptamos. El que lo recibe fue mi cuñado. Con él fuimos los primeros que empezamos el Trabajo Militar en el Partido. Entonces, cuando se reparte la gente Alejandro se queda con nosotros y después lo adoptamos. Ya no era una cuestión de mantenerlo clandestino sino que Alejandro conocía mi casa, la casa de otros familiares. Era un riesgo grande en ese momento. Yo tenía enormes responsabilidades: era el jefe de toda la zona norte, el jefe de Los Vilos hasta Arica, pero así son las cosas no más”, finaliza el Flaco orgulloso y emocionado.

 

Alejandro, o Hernán, tuvo actividades de cierta normalidad -dentro de la lucha contra la dictadura- donde los combatientes, en su mayoría jóvenes, se dieron el tiempo y establecieron un día para jugar baby fútbol. Ahí se integraron con mucha gente que no tenía relación con el Frente, a quienes conocían pero no necesariamente estaban en la lucha directa contra la dictadura.

Jugaban en el paradero 28, entre Panamericana y Gran Avenida. Eran unas canchas desoladas que arrendaban un día a la semana. Sonrientes y bien equipados partían a hacer fintas, paredes, goles y eliminar presiones. A la suerte se armaban dos o tres equipos incluyendo gente de una población cercana de la calle Brasil entre Trinidad, Ramírez, y Goycoloea.

Alejandro, para sorpresa de muchos, era uno de los más entusiastas, lo que no quería decir que estuviera haciendo chacota con todo el mundo. Tenía un humor especial. Sus bromas no eran serias pero tenía un humor con más profundidad, sí se puede denominar así.

 

Durante los partidos de baby fútbol ocurría un hecho que demostraba el valer de Alejandro y lo emparenta, guardando las proporciones, a lo que le ocurría al Che y su asma caminando en la selva. Dos hombres que se sobreponen a lo que les está pasando y saben que allá está su camino y que tienen que llegar. “Alejandro tenía esa característica”, rememora El Flaco. “Te lo doy con el mismo ejemplo: él jugaba a la pelota aunque era asmático, y jugaba 5 ó 10 minutos y puff-puff-puff. Le daba un ataque. Salía y agarraba el Salbutamol, el medicamento que tenía, se pegaba unas inhaladas, y esperaba 5 minutos más. Uno dilucidaba que no estaba bien y como que Alejandro pensaba ‘No, tengo que seguir igual’ y uno sabe lo que eso significa: tú tenías que sobreponerte de alguna manera a lo que está ocurriendo, que te está faltando oxígeno, que te está molestando el pecho, y él se metía a jugar de nuevo”, rememora El Flaco emocionado con los ojos llorosos.

 

En algunas contadas ocasiones, luego de pichanguear, se iban a tomar una cerveza.  Alejo era una persona con muchas ganas de vivir, pero no lo expresaba de manera efusiva. Ahí, con ese grupo de cercanos, donde existía más confianza, las conversaciones versaban alrededor de la lucha contra la dictadura, probablemente la muerte de algún compañero, la persecución de alguien, de la prisión, de las acciones que se iban a realizar o sobre la derrota de Pinochet, a pesar de que todos estaban en distintas estructuras. Alejandro en el último tiempo estaba en la Fuerza Central, el aparato más especializado que tenía el Frente, que -según lo que se sabía- se componía de mandos zonales; había un mando zonal de la Región Metropolitana y un mando zonal Norte, Norte Chico, Centro Sur que era Rancagua-Talca. Después venía otra zona muy estratégica que era la de Concepción, en la octava región. El Frente poseía diversos aparatos logísticos, y todo lo que significaban los aseguramientos multilaterales: inteligencia, exploración, logística, armamento, instrucción. Pero además tenía un equipo especializado: la Fuerza Central, que dependía directamente de la Dirección Nacional, y que hacía las acciones más complejas.

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Una mudanza muy singular

 

La Fuerza Central era un grupo de elite por el nivel de preparación, audacia, valentía, y coraje de las personas que estaban allí. Se los integraba por esas características, y por ese nivel de preparación. Era un núcleo altamente especializado, instruido, con una plena disposición combativa que Alejo o Hernán tenía. Pero él poseía otra característica importante: todos catalogaban a Alejo como muy inteligente.

Más aún en situaciones complejas.

Resolvía bien, pero además de eso era de una audacia impresionante. Alejo hizo varias acciones que después todos le recomendaron no volver a realizar. “Pucha, huevón, cómo se te ocurre hacer eso, no la hagas más”, fueron algunas de los consejos y recriminaciones que se ganó. Pero era innegable que resolvía con inusual inteligencia.

El Flaco Hidalgo una tarde le señaló que debían hacer una acción de recuperación en la oficina de un prestamista usurero. Pero cuando se encontraron en el trabajo del prestamista no estaban las llaves de dos cajas de fondo. En un primer instante parecía una operación abortada. ¿Qué es lo que hace en un caso así? Alejo mostró toda su capacidad de acción y resolvió. Con total sangre fría tomó el teléfono llamando a una empresa de mudanzas. Con rapidez, pese al esfuerzo que significaba moverlas, las situó en la entrada de la oficina y bajó las cajas con la gente de la mudanza para después irse muy de terno y corbata en el camión junto al chofer quien no intuyó nada anormal. A corta distancia era seguido por algunos combatientes. Más allá paró el camión y encañonó al conductor y los peonetas. Resolvió de una manera donde lo más probable era que cualquier otro combatiente, teniendo la audacia, el ojo y la valentía, hubiera dicho “No, vámonos, es imposible”. Alejandro no se permitió fallar. Utilizó su astucia, su rebeldía, su coraje, además de férrea disciplina porque había que cumplir una misión y quería cumplirla a cualquier costo. La lección aprendida tras su frustrada recuperación con Pedro lo había templado fuertemente. Ahora Alejandro demostraba cuales eran  sus reales características que, a costa de reveses y mucho esfuerzo, ahora poseía.

 

Un nuevo integrante

 

Viviana, la novia de Alejandro, debido a su embarazo, vuelve a su casa paterna en Tocopilla y él empieza a escribirle preocupado por la situación y con enormes ganas de viajar para visitarla. Sin embargo ello conllevaba peligros inminentes. Pero una cosa era innegable: Alejandro estaba formando una nueva familia con todas las de la ley.

Muchos consideraban que Viviana no se debía quedar en Santiago porque no iba a tener los cuidados necesarios y el riesgo era mayor.

“Cuando caí preso agarraron a mi mujer, se la llevaron y la torturaron por allá arriba”, rememora El Flaco Hidalgo. Y continúa: “La CNI no podía tener casas para torturar así que la llevaron a cualquier lugar y a mi hija la fueron a tirar a un hogar de menores. Mi hija tenía 7 años. Entonces esos son los riesgos por los que uno pasaba al tener la familia cerca”.

Meses después el parto se dio sin contratiempos y Alejandro recibió un telegrama con la noticia. Por aquellos días Pedro estaba junto a él y Alejandro en un instante de aquel memorable día le pidió un favor muy especial.

– Sabe compañero, quisiera poder hablar con usted y contarle una cosa. ¿Puedo invitarlo una cerveza?- le preguntó Alejandro con respeto.

Pedro lo quedó mirando sorprendido pues comprendió que debía ser algo de importancia. Tranquilamente fueron a una schoperia. Sentados y con dos cervezas individuales en la mesa Alejandro le largó sin más ni más:

– Hoy me avisaron que soy papá. Acaba de nacer mi hijo. Estoy más contentó que la cresta.

Se abrazaron con cariño. Alejandro, falto de total motricidad fina, palmoteó con excesiva fuerza la espalda de Pedro, a quién todavía le duele el abrazo.

– Que bien. Me alegro mucho. Felicitaciones. Es una noticia maravillosa- le respondió Pedro al mismo tiempo que hicieron un brindis por el recién nacido. Alejandro estaba exultante. No cabía de felicidad. Conversaron un buen rato, se rieron, y reafirmaron la idea de que las nuevas generaciones no podían sufrir las penurias y atrocidades de la dictadura.

 

No aparecen

 

– Oye, sabes que no ha llegado el Alejandro. Es raro, tenía que juntarme con él. No llegó.

Esa fue la frase que escuchó El Flaco de un compañero y que alertó de su desaparición. Era el 7 de septiembre de 1987.

No llegó al otro día, ni al otro. Algo extraño estaba pasando, pensaron en aquel momento.

“Por esos mismos días detienen a mi padre. Yo creía  que me iban a detener a mí pero detienen a mi padre un poco antes. Entonces algo está pasando, algo extraño. No está llegando. Algo acontece: lo detuvieron. Lo primero que se me vino a la mente fue: ‘Chuta, ¿habrá andado con el Salbutamol?’. Pero no pienso en la desaparición y le pregunté al compañero por el medicamento para el asma. ‘Pucha, no sé’, me responde. Yo pensando en una huevada tan pequeña dentro de lo que sucedió al final: que Alejandro no aparece nunca más. Nunca más”, sentencia El Flaco. La versión del caso señala que ese día 10 de septiembre es detenido alrededor de las 09:15 horas, por agentes de la Central Nacional de Informaciones, CNI, en la intersección de las calles Catedral con San Martín en Santiago. A partir de ese momento se encuentra en calidad de detenido desaparecido. El reporte judicial informa: “En la fecha y hora indicada, en circunstancias que el afectado transitaba por calle San Martín de Sur a Norte, atravesando la calle Catedral, en la acera nor-oriente de dicha intersección, desde un vehículo utilitario de color celeste, marca Suzuki, que aparentemente se encontraba detenido por la luz roja del semáforo, bajaron tres sujetos de civil, uno de los cuales le gritó por la espalda, “…alto, manos arriba”, al darse vuelta el afectado, dos de los sujetos se le avalanzan para reducirlo. El afectado intentó defenderse, pero rápidamente uno de los sujetos le colocó un arma cerca del rostro, mientras el segundo agente desde otra posición le apuntó con el arma tomada con ambas manos; el tercer sujeto, un poco más lejos, cerca del vehículo, vigiló la acción. Una vez reducido, Alejandro Pinochet fue introducido violentamente en el furgón utilitario, donde iba un cuarto individuo que actuaba de chofer. El vehículo, transgrediendo la luz roja del semáforo, se dirigió por Catedral hacia el poniente, hasta la calle Manuel Rodríguez, virando hacia la derecha en dirección norte”. Desde allí sería enviado al Cuartel Borgoño, asesinado en dicho lugar y trasladado -junto a otros cuatro compañeros- hasta el regimiento Peldehue, ensacados sus cuerpos y arrojados desde un helicóptero al mar.

El Flaco Hidalgo narra que: “Como a los 7 u 8 días nosotros consideramos que estaba complicada la cosa porque me llegan noticias que José Julián Peña Maltés no estaba. Me llega muy rápido esa información de una mujer que era maquilladora, la que transformaba a los perseguidos. Entonces cuando agarran preso a mi padre deciden hacerme un nuevo look arreglándome, cambiarme, porque se supone que me andaban buscando. Me quieren fondear una semana pero yo no acepto. Accedo para que me crezca bigote. Entonces yo me entero rápidamente porque esta persona llega atrasada y me dice hay un problema porque el compañero no aparece. ¿Qué compañero? le pregunto. Ella titubea un poco  y me dice: ´…le decían Alejandro´. Pasa el tiempo y no se sabe nada. 3, 4, 5 días. Empieza el recurso de amparo, se desconoce absolutamente la detención porque se desconocían normalmente cuando tomaban preso a alguien. Pero rápidamente a los 2, 3 días decían: No, efectivamente fue detenido, o lo vamos a investigar;  pero en este caso empiezan a pasar los días, a pasar los días y nada.

 

El comienzo del fin

 

A posteriori -con los sucesos ya desencadenados- el Flaco Hidalgo supuso que la detención de Alejo y su dolorosa desaparición no tenía que ver con un seguimiento hecho por la CNI desde Valparaíso y que haya dado sus frutos acá en Santiago, sino que tenía que ver con las personas con quienes ellos trabajaron. Con la estructura que utilizaban, y ahí había un elemento muy peligroso. Una y otra vez el nombre de un individuo se repitió insistentemente: Victoriano su chapa; “Bigote” su apodo, combatiente oriundo de la Quinta región, participante en el ataque a Los Queñes y después sindicado como responsable de la muerte de Rodrigo y Tamara.

“Cuando estaba en la Fuerza Central no estoy seguro que el Bigote haya sido jefe pero sí tenía relación con Alejandro y con Rodrigo, con Raúl Pellegrin. Ese fue un error de Rodrigo.  Quién iba a imaginar? Por ahí va el tema.  Pero era un hecho que Alejandro siempre tuvo mucha desconfianza de Victoriano.

“No, ese tipo era extraño”, me narra El Flaco. “Las formas que tenía de trabajo, la actitud con los compañeros, era una actitud déspota. A Alejandro eso no le gustaba. Distinto era el caso de Julio Muñoz Otarola, de Gonzalo Fuenzalida, de Manuel Sepúlveda, quienes también trabajaron con el Victoriano. Incluso, al principio, cuando se divide el Frente Manuel queda en la Fuerza Central del otro lado y después producto de otra cosa que me sucede a mí él se pasa a trabajar con Alejandro; pero los vi junto a ese equipo, junto al Victoriano. Cuando lo agarran, a lo mejor el Victoriano, estoy haciendo una tesis, iba en un vehículo y le dijo a Alejandro: ‘Oye, súbete al vehículo’. Alejandro tiene que haber reaccionado de inmediato porque no le tenía confianza, entonces yo creo que el otro sí, o sea era factible con lo otro: como el caso de Julio Muñoz como yuntas, se conocieron allá, también trabajó para zona centro sur, los dos, el Victoriano y Julio Muñoz Otarola, era más factible que si Victoriano iba a un vehículo y dijera: Súbete, y se subiera.

Santiago en ese momento tenía cuatro millones y medio de habitantes. Alejo circulaba en la zona sur de Santiago pero viviendo en Ñuñoa, cerca del Estadio Nacional, y no es muy factible que lo identificaran. Claro que se pueden dar casualidades.

 

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La carta

El 5 de marzo de 1987 Alejandro le escribe una carta a Viviana. En algunas partes de la extensa misiva dice lo siguiente: ”Hola. Espero que cuando leas estas letras te encuentres bien. Bueno, la carta que me has mandado recién la vine a recibir de noche. Pasó un buen rato hasta que pude quedar solo y ya se me agotaba la paciencia. Pude leerla como a las dos de la mañana, y con vela puesto que Manolito cortó la luz nuevamente desde la tercera  a la octava región. Quiero que comprendas que no te he escrito por estar muy ocupado en mis asuntos y también esperaba que fueras tú la primera que escribiera solo por como habíamos hablado por teléfono. Lo de la escritura tuya me preocupó mucho. Sobre lo que me pediste te voy a enviar todo. Te voy a enviar un frasco de vitaminas y un frasco de Epidural, pues esto es para cuando tengas el parto y no te duela tanto. Mira, cuando nuestro Hernancito haya nacido seguramente va a necesitar muchas cositas… Si me dices que vaya a verte pues tú misma sabes que no debes pedir imposibles; lo que sí me ha ido bien es con los muebles para la casa que es muy bonita y el arriendo bajo, para que estemos juntos, pues también yo te extraño y quisiera que estés conmigo. Ah, otra cosa: si alguna vez me pasara algo o tuviera que salir del país tendrás que recurrir a la ayuda de tu familia, pues pienso mil veces al día que mi vida interna y externa se basa en el trabajo de otros hombres vivos y muertos. Siento que debo esforzarme por dar en la misma medida que he recibido y sigo recibiendo. Me siento inclinado a la sobriedad, oprimido muchas veces por sacrificios y de la impresión de necesitar que otros deban sacrificar para que yo tenga lo que poseo. Creo que una vida externa modesta y sin pretensiones es buena para todos en cuerpo y alma. Y tú y mi hijo deberán comprender estas letras ya que más que nunca mi Patria me necesita y mi hijo y tú pues quiero que mi hijo no sufra injusticias y montones de otras cosas más. Yo me daré al combate sólo con el norte de que tú o mi hijo no me digan mal padre, pues creo que es mal padre quien deja que a su hijo lo humillen… Nunca también pretendo darte posiciones de riqueza o de bienes materiales, ni mucho menos espirituales aunque así parezca, y a mi Hernancito le dejaré la mayor de mis riquezas: mi escuela. Sólo te expreso con honestidad que siendo tu compañero y el padre de tu hijo, y queriéndolos a los dos,, me absorbe y me compromete cada vez más dar toda mi vida y mi amor por los dos en la pelea.

Bien, sólo me queda decirte que estaremos juntos muy pronto y que te extraño mucho.

Hasta pronto.

Hernán

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Por esas cosas de la vida la familia de Alejandro no se enteró inmediatamente del nacimiento del niño en Tocopilla. Años más tarde -con Alejandro ya desaparecido- Pedro hizo las gestiones para que el niño, en ese instante de dos años, visitara Valparaíso junto a su madre para conocer a sus abuelos. El encuentro de los tatas y tíos con el niño fue emotivo. Pedro no sabía cuál iba a ser la reacción de los padres de Alejandro, quienes al ver al muchachito lo abrazaron con lágrimas en los ojos. El niño era el fiel reflejo de su ausente padre. Don Froilán temblaba de nerviosismo. Era como si su hijo volviera a nacer en la figura de ese nieto que inesperadamente aparecía desde el norte. Don Froilán, con rapidez, llamó por teléfono a todos sus parientes para contarles que en su casa estaba el hijo de Alejandro. El hijo-de- Alejandro, recalcaba con orgullo. Viviana, la nuera, por su parte, era agasajada con infinidad de presentes y exquisiteces: torta, galletas, helados.  El niño, mimado por tías y primas, fue colmado de regalos, parabienes y loas: ‘Que lindo, que inteligente, que parecido a su padre’. Madre e hijo no pudieron salir de Valparaíso durante una semana visitando a la familia y recibiendo invitaciones de todos los antiguos amigos de Alejandro. Después de años de sufrimiento por su desaparición, para la familia de don Froilán, ahora se les presentaba una semana de dicha por la llegada del hijo de Alejandro. De la sangre de su sangre.

El final

Poco antes del tormentoso final Alejo tuvo un pequeño e inesperado respiro. Un par de minutos, poco más de veinte y entonces -recostado contra la pared- pudo relajarse siendo envuelto por un descanso que no se condecía con esa celda, ni con sus carceleros, ni con la situación en la que estaba expuesto. Sin desearlo se estiró en el suelo cerrando los ojos.

Fue entonces que mediante un sueño preciado se dirigió a su amado Valparaíso. Retrocedió en el tiempo, cerca de veinte años y se vio a sí mismo en un cerro. Una iluminada imagen de cuando era niño. El sol arriba y la brisa moviéndole los cabellos. Fue en ese segundo que Alejandro, Alejo, o Hernán, sonrió por última vez. Una sonrisa clara, limpia, ingenua. La última sonrisa de alguien consecuente que vivió fiel a sus ideales.

Luego Alejo saltó, en sueños, alto hacia el firmamento, como un pivote. Como sí supiera que los consecuentes pese a estar muertos y desaparecidos crecen y crecen. Llegando hasta lo más alto.

Hasta el final de los últimos tiempos.

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Una respuesta a “¿Quién era Alejandro Pinochet?

  1. Reblogueó esto en HIJXS . VOCESy comentado:
    Por sus notables condiciones personales Alejandro destacó en la Jota de Valparaíso. Ya en ese entonces se advertían sus cualidades: Entrega total, superación, inteligencia y concreción de las tareas fueron algunos de los rasgos de su personalidad. Pero había una que salía a relucir. Alejo era serio, un muchacho de pocas palabras, que mantenía distancia de las personas que recién conocía. Una distancia respetuosa, formal; pero distancia al fin.

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