Lauri García Dueñas

 “La poesía va a seguir siendo la loca de la fiesta”

Por Hugo Dimter

Lauri haciendo perro muerto

Le pregunto a Héctor Hernández Montecinos, organizador del encuentro poético Poquita Fe, sobre la posibilidad de entrevistar a alguno de los invitados.

-Conversa con Lauri García Dueñas- me manifiesta convencido.

Lauri es salvadoreña. Es periodista, es poeta y fue becada por la fundación Heinrich Böll para sacar su maestría en Comunicación y Cultura en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) de la que se tituló en 2008. Es una chica como pocas. Inteligente y convencida de que existe un camino para salir de todo este embrollo, ya sea en El Salvador, Chile o peor aún en México. Pero Lauri es mucho más que todas las cualidades antes mencionadas.

Empezando porque Lauri es tan natural e ingenua cual volcán en erupción o la última sonrisa de un condenado. Una ingenuidad que se agradece y se echa de menos en nuestra sociedad. Porque Lauri es nuestra y cercana; no la ilusión o un sueño a medianoche.

– ¿Te sirvo más cerveza?

– Sí- responde Lauri y mira mi plato donde yace un corte de lengua con puré.

– Eso era la lengua de una vaca… pero está bien disimulada- manifiesta Lauri con

ironía y cierto resquemor.

– Es exquisita. Mira, ¿quieres probarla?- le pregunto.

– No sé.

– Un pedacito nomás- insisto.

– ¿Y cómo es?

– El típico sabor de la carne.

– ¿A ver?

-Es blanda- señalo.

– Se ve muy fuerte- sentencia Lauri.

-¿Fuerte? Noooo.

– Uyyy. Comerse una lengua de una vaca. Pensar que antes recorrió el campo comiendo

pasto…- manifiesta Lauri pensativa.

-¿No es que te quieras echar a llorar?

-No.

-No.

– Desacralicemos.

– Ahh. Desacralicemos, pero no tanto- sentencia la muchacha.

Lauri ha llegado a Chile 61 años después de Roque Dalton, su colega y compatriota.

Dalton en 1953 estudió Derecho en la Universidad de Chile. Dalton, el casi jesuita,

el que durante una entrevista que realizaba a Diego Rivera éste lo calificó de

imbécil por no haber leído marxismo, el que se enamoró, el que volvió a El Salvador

y advirtió la realidad de su patria. El que se emborrachaba en esa calle Bandera en

Santiago. El que escribió este poema:

Yo estudiaba en el extranjero en 1953

 

Era la época en que yo juraba

que la Coca Cola uruguaya era mejor que la Coca Cola chilena y que la nacionalidad

era una cólera llameante

como cuando una tipa de la calle Bandera

no me quiso vender otra cerveza porque dijo que estaba ya demasiado borracho

y que la prueba era que yo hablaba harto raro

haciéndome el extranjero

cuando evidentemente era más chileno que los porotos.

Invito a Lauri a recorrer calle Bandera 61 años después que Roque visitara los tugurios del Chicago Chico en pos de la última cerveza. Y para allá vamos. Al corazón de Santiago de Chile.

“Dos de mis mejores amigos en México son chilenos. Y nunca quieren volver a Chile. Son algo así como Bolaño… dicen que algún  día”, me confidencia Lauri.

Las garzónas de El Vesuvio -así se llama la fuente de soda donde almorzamos- llevan unas boinas estilo azafata color burdeo que a Lauri le han fascinado. “Qué curioso lugar estilo los años 50”, dice Lauri.

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A quemarropa. Sangre y esperanza

– Bueno, Lauri, hay una contradicción en Latinoamérica: la belleza de su gente donde, sin duda, están incluidos los poetas y todo estos pueblos maravillosos, en contraparte con los niveles de violencia que se viven en esas naciones. ¿Has tratado de pensar acerca de eso y a qué se debe? ¿Has encontrado una respuesta a ese dilema? A esa dicotomía- le pregunto a Lauri.

– Claro, una dicotomía tan grande. Fíjate que en mi investigación para la maestría que estudié en México -que se llama “La percepción social de la violencia y la elaboración de la nota roja en la prensa escrita salvadoreña”-, El Salvador es unos de los países que tiene más asesinatos por densidad de territorio y por densidad poblacional, teniendo más o menos los mismos habitantes de Santiago, un poco más de cinco millones. Pero allá es todo un país y El Salvador es muy pequeño. Había hasta 20 asesinatos al día, siendo el asesinato como el fracaso de la especie. O sea el culmen de nosotros.

Nos podemos llenar la boca y hablar de clases sociales y transformación social, pero cuando llega el asesinato estamos de acuerdo que es un día donde después no hay nada más. Es el fin de la vida por otros. Entonces estuve tres años  investigando sobre la violencia en El Salvador. Hice un análisis socio histórico,  igual escribí un texto como de 350 páginas. Yo tenía una hipótesis de que la gente en El Salvador se había insensibilizado. Esa era mi hipótesis que al final se transformó en otra cosa. Yo decía: aquí hay un muerto, la gente lo tapa, y se va  a su trabajo. Entonces a mí me pareció que había una naturalización de la violencia. Hay un libro que acabo de leer que se llama Los ejércitos, de Evelio Rosero, que habla de esa dicotomía: de la belleza de la gente y de lo horrible. Es un libro de lo mejor que he leído este año. Este Evelio Rosero es colombiano, y la conclusión a la que yo llegué, por lo menos en el caso de El Salvador, es que la vorágine de violencia empezó en el año 32 cuando un dictador mandó asesinar a 40 mil indígenas y eso lo dice Roque Dalton “nacimos medio muertos desde el 32”. Un país con ese calibre en la genealogía no es de extrañar en la polución que luego nos tornamos, no para justificarlos, sino para entender todo el proceso histórico y también la guerra civil.

Pero una de las conclusiones no tan desalentadora de la investigación de mi maestría era que la gente no había normalizado la violencia o la veía superficialmente, como yo pensaba; sino que la gente sí generaba discurso y la violencia no había llegado a tal punto que fuera masticada como natural.

Las personas estaban alertas, preocupadas e indignadas ante la violencia. No hay -a pesar que El Salvador es uno de los países más violentos de Latinoamérica- algún punto en que eso parezca natural. Después de 3 años de investigación eso es alentador: de que la gente no crea que la violencia es lo natural y que pueda generar discurso y crítica de lo que está haciendo, esa fue la conclusión.

Una violencia que nació en el aspecto político y que ha pasado a un aspecto diferente: la delincuencia. Mira, en El Salvador, la violencia  también empieza con la pobreza. Yo hice esa tesis porque en 2006 estaba trabajando en la Agencia EFE y tenía que escribir sobre violencia. En el 2006 la noticia era la siguiente: unos pandilleros tenían unas novias, las novias se fueron con unos chamacos de otra pandilla, los pandilleros les cortaban las cabezas a las chicas  y se las iban a aventar a los de la pandilla contraria porque se metían con sus novias. Ese es otro climax. O sea si tu novia te engaña, vas, te peleas, le das de puños al otro; no le cortas la cabeza. Pero ¿cómo se puede llegar a eso en un país? Una circunstancia. No lo estoy justificando, obviamente. Yo no voy a justificar nada de eso, si solo ves la noticia como un hecho coyuntural puede ser sensacionalista. Pero ¿qué está pasando? Como dice el padre Solalinde, que es mexicano y que ayuda mucho a los migrantes  centroamericanos, él decía: ¿De qué está huyendo la gente? ¿Qué está pasando en los países centroamericanos, llámese Honduras, Guatemala o El Salvador para que una gran parte de la población haya llegado a ese nivel? ¿Qué le pasa a una sociedad para que  la solución de un conflicto sea cortar una cabeza? O sea, qué paso en esa sociedad, hubo 12 años de guerra, hubo tortura, hubo armamento, hubo la matanza del 32, hubo una ley de amnistía que no castigó a los culpables, hubo una migración hacia Estados Unidos, hubo persecución política, hubo gente que se fue a trabajar a Estados Unidos dejando a sus hijos solos, los crió la abuela , la abuela no pudo encauzarlos. Hay pobreza. La gente dice que en Cuba hay pobreza, pero la gente tiene casa, tiene educación, hay salud; hay cosas que no comparto del gobierno cubano, pero la pobreza en ese lugar no es una pobreza cruel al estómago. A mí me tocó hacer encuestas cuando estaba en la Universidad Centroamericana y estamos hablando de pisos de tierra, niños descalzos llenos de parásitos, o sea un caldo de cultivo para llevar seres humano al punto más límite.

También creo que el mal existe, porque hay gente que ha sido pobre, de familias con violencia, con padres alcohólicos, y no andan delinquiendo. Creo en la  deliberación y en la voluntad de los sujetos que puedan decidir si entregar su vida a la violencia o a la vida. Hubo un pandillero que se llamó “El directo”, tenía 19 años y una fosa en su casa llena de carne y de huesos. Entonces podemos decir que ese muchacho es un marginado pero también hay maldad.

Hay una serie de  poemas de Aurelio Meza, mexicano, que se llama Sombra, él habla del lado del acertijo y del perverso y es un poema  y es terrible, solo acordarme me da escalofríos. Nosotros con Yaxkin Melchy y Emmanuel Vizcaya en el 2011 hicimos un libro que se llamó “Mi país es un zombi” donde recogimos poemas de 55 autores de todo el mundo que reescribían sobre la violencia. Está fechado en el Ex país de México. La poesía no está ajena a la a esa situación.

Los artistas povera dicen que no hay una diferencia esencial entre el arte y la vida. A veces cometemos el error de categorizar ésta es la vida, ésta es la poesía,  éste es el arte. Me preguntaban unos muchachos en un colegio ¿hasta cuándo va a haber arte? Y les dije: “Mientras haya vida va a haber arte, porque el arte fue lo primero”.  Cuando alguien raspó una pared  y puso una mano en una piedra pues ahí ya había la mancha.

Emmanuel, Yaxkin y yo hicimos esa antología porque en las lecturas públicas que estábamos escuchando, empezamos a escuchar algo inobjetable  y tuvimos una percepción clara: la gente estaba  escribiendo o reescribiendo el proceso de muerte y violencia del país. La gente estaba rabiosa,  estaban pasando muchas cosas a nivel social. Habían erupciones.

Entonces eso se estaba traduciendo en discursos y lo que hicimos a raíz de un texto, de un verso ya escrito por Yaxkin. Una vez en el Metro íbamos con Emmanuel y yo le dije: “Ay, deberíamos hacer algo. Hay que hablar con Yaxkin. Hay que hacer una antología que se llame ‘Mi país es un zombi’ porque la gente está escribiendo de eso. Obedeció a una percepción, a una evidencia inobjetable.

Claro que se diferencia de la poesía política que partió de las dictaduras en Argentina, Uruguay, Chile, porque era poesía casi censurada.

Nosotros recibimos 105 textos y se escogieron 50 porque también escribir un poema social es difícil, puede tener sentimentalismos, ser panfletario. Cuando hablas sobre problemas sociales, tienes muchas trampas. Te pones a vociferar,  hay que seguir siendo estéticamente poético a pesar que estás tratando temas sociales, donde  a veces cabe más el tema de los panfletos que el de la poesía. Podes ir a gritar a la calle y darte contra los  antimotines pero mejor decides hacer un texto, pero estaría bien que ese texto también conserve la idea del poema.

-¿Puede confundirse una pluma con un arma?

– Mira, la generación de mis padres creía en las armas, en la lucha armada y en la revolución, y varias personas que yo conozco ahora hacen periodismo, escriben, hacen poesía. No es que vayamos a transformar el mundo, o a cambiar el mundo, o que vayamos a decidir lo que hace esa piedra o un árbol. Es más, creo que yo, como sujeto  y como niña que creció y nació en el primer año de la guerra civil, no quisiera ver armas. Me dan escalofríos y me alejo. Creo en otra vía que no sea la lucha armada  y otras formas. Hay una idea de Héctor Hernández, que  comulgo con ella, que la poesía te transforma a tí como sujeto. También lo dijo Juan Salzano. Lees un poema y ya no caminas igual, ya no te mueves igual. Yo creo en eso, que eso hacen los textos: que la gente tenga otra mirada, no creo que  te pueda llevar a la revolución a través de la poesía. Gente como Roque Dalton creía eso y lo mataron sus propios compañeros entonces por ejemplo Roque  no sé si  la gente lo sabe pero para mí Roque Dalton era y es anti poeta; no es guerrillero, este dedicar tu vida a la revolución y que te maten tus amigos es como el equívoco y la paradoja  más triste para un poeta que para cualquier persona.

La figura de Roque Dalton era conocida  y todo, pero no tanto. Aquí, creo, en Chile se recuerda al poeta. En Cuba la primera vez que fui, me subí a un taxi y el chofer me preguntó: “¿De dónde es usted?” Yo le dije: “De El Salvador”. Y el taxista agregó: “De donde es el gran poeta Roque Dalton”. De El Salvador se sabe que hubo una guerra, que hay pandillas, es una provincia cerrada a sí misma, no hay grandes  territorios, no hay un flujo de información con otros países. Entonces El Salvador no es que esté cerrado  en la poesía, es que no se  conoce  mucho. Como  Paraguay,  ¿qué sabe uno del Paraguay? ¿Lees libros de autores paraguayos? Tu posición en la geopolítica no implica una falta de calidad literaria, más  bien implica un desconocimiento  y una geopolítica. Hay como  Paraguay o El Salvador, República Dominicana o Haití  con las mismas formas económicas y políticas. Somos la periferia de la periferia. Si Latinoamérica es periferia, hay otros países que somos más periféricos. Y lo digo yo que tengo ocho años viviendo en México. Desde muy chica decidí que mi lugar visible era estar allá, en México.

En El Salvador, sí  hay grupos de poetas,  hay  grupos un poco menores de edad que Roque, hay uno que se llama Piedra y Siglo,  hay una poeta que mataron  cuando tenía 21 años que es de mis poetas favoritas que se llama Leyla Quintana. Ella murió durante un eclipse y su poesía se parecía mucho al eclipse, como una profecía autoinfligida. Murió en combate el 91, ella era guerrillera. Ella me gusta, también una de mis contemporáneas, de una poesía extraña que se llama Elena Salamanca. Nora Méndez que es una ex guerrillera que tendrá unos 44 años, buenísima. Las Silvias: Silvia Elena Regalado y Silvia Matus. De los hombres, Horacio Castellanos Moya, Oswaldo Hernández… O sea, de que hay trabajo literario, hay trabajo literario, hay gente escribiendo  y picando  la piedra en su casa y leyendo.

 

-¿ Hay editoriales pequeñas, independientes?

-Sí, hay editoriales pequeñas e independientes en El Salvador,  y está la editorial gubernamental que tiene mucho que hacer, pero sería injusto decir que no hay trabajo literario en El Salvador solo porque tenemos un tío guapo, el tío guapo es Roque, pero el hecho que tengamos un tío famoso no significa que la gente después se haya sentado a ver pasar los perros.

-De “Mi país es un zombi” me llamó la atención Jhonnatan Curiel

– Sí, él es muy bueno. Se está doctorando en Tijuana, él está en llamas, como te decía hay gente que está en llamas  y gente que no está en llamas. Cuando escribes un poema o das la vida o  no das la vida y cuando das la vida se nota y él da la vida en lo que escribe o sea la el vaciamiento síquico, la catarsis pero es como estar en llamas o no estar en llamas

-¿Mélendez?

-A él no lo conozco. La convocatoria para el libro de “Mi país es un zombi” la hicimos por Facebook y llegaron muchos poemas.

-¿Albert Estrella, Anaïs Abreu?

-Albert Estrella es suramericano y Anaïs Abreu es buena, es mexicana y ahora se acaba de ganar una beca muy importante en México, la de jóvenes creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA).

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Lauri se fue de lengua.

-¿Ganará la batalla la poesía? ¿Eres optimista?

– Nunca la he perdido y aquí digo lo que le dije a los chicos: mientras haya  vida en el planeta, va haber poesía, pero la vida en el planeta se está tornando cada vez más cruel  y oscura. Yo sí creo en la belleza, pero también en esa oscuridad tremebunda de mi país.

Dentro de lo carcomido, hay belleza  y creo que lo que el poeta hace es tratar de conservar la sensibilidad de la especie no ser títeres y cortar la cabeza de alguien  porque se fue con tu novia no. Yo creo en el dictado, en el hombre y la mujer que le da de comer a este animal místico que ni siquiera sabemos que existe: la poesía.

Siento que es un pararayos y que de una u otra manera este le dice al mundo que no pierda los nervios, que están pasando cosas, que tiene la sensibilidad. Para mí la poesía es acción comunicativa entre el que escribe y el que lee, el poeta no es un mesías, para nada, es entrañable y patético. El poeta ve cosas, ve cosas que otras personas no ven o dejaron de ver. Esas personas, los poetas, van a seguir existiendo mientras haya vida. La gente, de repente, se asombra más de lo que puede tocar y mirar del objeto; más que de la idea.

Hay un alumno que me molesta y  me dice: “Lauri  hoy viene el periódico con la noticia de que se extinguió la poesía”.

Entonces claro que la poesía puede empezar  a tener, o ya lo tiene, un papel social al margen. Porque  la gente está pensando en qué ver, qué comer, qué consumir. A la gente no le va a gustar leer textos que le dan densidad  a esa línea que el sistema se ha esmerado porque sea superficial, hay un tema económico que está detrás. Entonces claro que a  la gente le  va a parecer que no entiende la poesía, que es densa, que no sirve para nada. Pero digamos que la poesía va a seguir siendo la loca de la fiesta, la que va hablar en voz alta  y va a decir cosas que van a romper con la urbanidad.

La tía incómoda, ahí va a estar, la que se toma unos tragos y dice cosas. Mientras todos quieren comer en paz y ver televisión en paz, pero ahí va a estar la tía molestando.

– ¿Y ahora qué proyectos tienes, quieres escribir algo?

-Tengo varios libros publicados, en  investigación tengo el de “El asesinato de Roque Dalton. Mapa de un largo silencio” con Javier Espinoza y tengo uno de ”Tribus Urbanas en El Salvador” y varios de poesía,  los puedes descargar ahí de mi blog.

En México me han publicado tres libros. Mi último libro fue del 2012: “El tiempo es  un texto indescifrable” en la colección Limón Partido de la Editorial Literal.

Ahorita tengo mucho material: una novela inédita y varios poemarios inéditos, en 2015 quiero publicar,  en el 2013 y 2014  he estado escribiendo, corrigiendo y terminando proyectos. Pero en el 2015 quiero publicar y me voy a poner las pilas.

Mi novela inédita se llama “Ella no solas”, no es lineal, está llena de conchitas que hacen un retazo. son como estampitas. No tiene un tránsito tan lineal. Es la historia de Abril de 6 años, de Alejandra de 27 y de Isabel de 63. Son tres mujeres y una cuarta que es la narradora. Parte de esa novela la escribí en la frontera con Estados Unidos, ahí en medio del desierto y tiene su aliento fronterizo.

La terminé en el 2013 y me había tardado muchísimo en hacerla entonces, como pude terminarla me hizo sentir muy bien y me dormí un poco en mis laureles para la publicación, pero ojalá se publique en el 2015. Ojalá no me coman viva.

Creo que es lo suficientemente anómala para que llame la atención, como para no ser tan predecible o catalogable. Ojalá le vaya bien es mi as bajo la manga. Ojalá pegue como chicle.

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