2014 en la televisión abierta. La crisis antes del clímax

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Por Esteban Schneider

¿Qué culpa tiene Fatmagul? La trágica historia de una mujer que luego de ser violada por varios hombres debe seguir su vida viendo a sus victimarios caminar libres por la calle. Y no sólo eso, sino que se enamora de uno de ellos, el más bueno, el que en realidad no la violó y sólo estaba ahí por un error del destino. Y qué culpa tiene el señor o la señora en su casa si le gustó esta historia, si encontró algo que no vio en una oferta nacional que el último tiempo se ha mostrado, a lo menos, errática.
Sin duda este año el gran fenómeno televisivo fueron las teleseries turcas y fue Megavisión el canal que “le dio el palo al gato” primero con Las mil y una noches y luego con la mencionada Fatmagul. Canal 13 intentó subirse al carro estrenando El Sultan y Chilevisión de atrás también puso en pantalla otro melodrama turco Tormenta de pasiones.
Así los canales alineados con el fenómeno del momento intentan darle a la gente lo que la gente quiere, y después por supuesto vendrá otro, y lo único que importa es mantener el negocio, mantener a la gente pegada a una pantalla. La persecución casi burda y ridícula de los fenómenos televisivos transformada en estrategia de programación sólo reafirma que el proceso es inevitable.

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Hay que aclarar que, desde mi punto de vista, lo que está en crisis no es la televisión. De hecho hoy la gente consume contenido audiovisual como nunca antes lo hizo. Lo que está en crisis es la forma de financiamiento de la televisión abierta basada únicamente en la venta de espacios de publicidad; y como ese modelo de negocio, al estar amarrado directamente a la ecuación sintonía=publicidad, no permite desarrollar una industria enfocada en la calidad, la creatividad o la innovación sino en la cifra que arroje el people meter.
¿Es el people meter el culpable de la crisis? El sistema no, el ser humano que ha hecho un uso distorsionado de la herramienta sí. Los ejecutivos que se durmieron en los laureles del rating on line, que se “apotingaron” en un sistema que simplifica la pega y permite que todos, de alguna manera, ganen algo.
El sistema mide la cantidad de personas que están viendo un determinado programa pero no mide si a la gente le gusta o no lo que ve, o si lo recuerda, o si lo comenta con sus amigos; solo mide los televisores encendidos. Se da por entendido que si la sintonía es alta es porque a la gente le gusta ese programa. El sistema no mide la calidad de un producto, pero hoy al parecer eso no importa, sólo importa si vende publicidad; ahí está el germen de la crisis.
El contenido gira en torno a los auspiciadores y no en torno a los espectadores, que de pasada se aburrieron de ser sólo espectadores. Así por un lado se le perdió el respeto al público y por el otro los canales perdieron el respeto del público. La gente, el ser humano que todavía existe en las personas, se rebela, no quiere ser tratado como el hámster en la ruedita corriendo tras un estímulo que nunca llega; la gente quiere ser tratada como un ser pensante, inteligente.
Los canales de televisión abierta se han ido transformando en empresas productoras de rating, producen programas para obtener rating, el fin último está puesto en el sistema de medición de audiencias y no en el producto.

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¡Pero en las encuestas la gente pide televisión cultural, pero luego no ve esos programas!
Hay que mencionar que los canales no solo necesitan sintonía; el rating paga las cuentas pero para ser relevantes, para ser creíbles, para poder influir en la sociedad hay que ir más allá. Entonces hay que hacer los llamados programas culturales, construir una marca con valores positivos, estar cerca de la gente, no solo invitándola a evadirse.  Entonces también importa el contenido. Pero si la televisión es construir audiencias, la responsabilidad porque la gente no ve programas culturales también es de los canales. Ellos decidieron conscientemente instalar la idea de que la cultura era fome y lo frívolo entretenido. Pero ¿de qué se habla cuando se habla de televisión cultural? ¿Cultura? Qué es cultura? ¿Para qué sirve? ¿Por qué es importante para una sociedad? y finalmente la pregunta: ¿Qué tipo de sociedad queremos construir a partir de lo que definimos como televisión cultural?
La manera clásica de hacer televisión abierta, ya no da para mucho más. La crisis podrá demorarse pero es inevitable. Hacer un programa y vender su publicidad a partir de la sintonía que obtenga no tiene para mucho en este mercado, la televisión abierta se quedó atrás en lo que se refiere a la creatividad y la innovación. Hoy las grandes producciones, las series de calidad o Premium, o blockbusters no salen del interior de los canales de televisión abierta (esto pasa en todas partes no sólo en Chile), esto porque sus estructuras internas enfocadas en el negocio de la masividad no lo permiten porque no hay forma de asegurar una sintonía contundente que lo financie. A diferencia del modelo de negocio del cable o últimamente de Netflix que sin duda ha llevado la batuta en lo que se refiere a productos con altos estándares de calidad en su narrativa y en su propuesta audiovisual. Un dato, para el 2015 HBO anuncia la puesta en marcha de su propio canal vía streaming, mismo modelo de Netflix.
El capítulo más dramático de la crisis lo protagoniza TVN, el canal de todos. Esto debido a que el problema para TVN es doble, porque aparte de la crisis de la televisión abierta, además carga con la crisis de su propio modelo de televisión pública. Este modelo instalado en Chile a principios de los noventa durante el primer gobierno de la  Concertación era público en “la medida de lo posible”. Esa frase que marcó los gobiernos de la Concertación también se aplica para TVN, ya que por un lado es autónomo a la hora de financiarse, es decir TVN debe competir en el mercado y disputar un trozo de la torta publicitaria; pero esa autonomía se acaba a la hora de discutir contenidos o tomar decisiones, ahí si es dependiente del estado, del gobierno de turno o de los partidos con representación parlamentaria.

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Público en la medida de lo posible. Este modelo se sostuvo mientras los otros canales estaban en manos de las universidades, da la iglesia católica, o privados que no ofrecían una competencia despiadada como ocurre hoy. En esa década de los 90 el modelo era ejemplo para el mundo, funcionaba, cumplía la misión y generaba ganancias. Pero hoy cada vez es más difícil competir y cumplir con la misión de canal público. Y la pregunta que surge es: Para qué tener un canal del estado que funcione con la lógica de un canal comercial más? Una pregunta que en algún momento este país deberá hacerse. Y la siguiente pregunta sería: ¿Es posible que el Estado financie TVN? Los costos no son tan altos como se piensa, no es tan descabellado para Chile pensar en financiar su televisión pública. El problema son los riesgos. Pero de riesgos en la televisión abierta y pública hablaremos en una próxima columna.
Eso sí, una reflexión por ahora, porque al parecer el futuro de TVN todavía no es tema, supongo que lo será cuando sea urgente. Hay que tener en cuenta que hoy si un canal de la televisión abierta tiene un año malo (como lo fue el 2014) que le reporta grandes pérdidas, llega el señor dueño, abre la billetera y cubre las deudas. Ahora, si eso pasa en TVN ¿quién pagará esa cuenta?

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