De taco y pluma

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 Por Héctor Hernández Montecinos.    Fotos de María Eugenia Lagunas P.

La primera vez que vi a Pedro Lemebel fue justamente en la tele el año 1995. Hubo una marcha o algo así y creo que fue Carcavilla del canal Rock&Pop quien se acercó a entrevistarlo. Una pañoleta de calaveras cubría la suya, tenía los ojos pintados y algo del rouge se había corrido con la escaramuza. No recuerdo sus palabras pero sí su serpentina voz y más aun el gesto que hizo de mostrar su dedo medio a la cámara al despedirse. Me quedé sin respiración al ver ese momento histórico en la anómica pantalla de aquel “paraíso de los juguetes”, como lo era esa década y el propio canal Rock&Pop, que por cierto, conocería al año siguiente cuando el tercer año medio del Ruiz Tagle, donde iba yo, fue invitado al programa “Comprahuevos” conducido por el Rumpy. Nuestro héroe fue Remis Ramos, aunque hayamos perdido el concurso. Se hizo más héroe para mí porque de haber pasado del ostracismo cotidiano en la sala de clases llegó a ser el único de nosotros en tener, aunque sea por unos minutos, voz en la tele de aquel tiempo. Uno de mis compañeros al terminar el programa me arrastró hacia atrás de los bastidores y llegar finalmente al camarín del afamado conductor. Le quería pedir un autógrafo le dijimos, eso le repetimos al Caco Montt, luego animador del aburrido programa “Andesground” junto a Sergio Lagos, que cuidaba la puerta mientras nos miraba con asco. Que pasen oh, escuchamos al Rumpy desde adentro y pasamos. Debe estar resfriado pensé pues terminaba de aspirar algo que tenía en un anillo con tapa. O debe ser para no perder la voz de tanto trabajar en los medios. Estiró la mano para que le diéramos el lápiz Bic de cuatro colores y el cuaderno Arón y despacharnos luego. En pantalla no se veía tan canoso, pero ahí su pelo, que era menos del que parecía, comenzaba a tomar un tono gris. Por mi parte seguí coleccionando la revista homónima, Rock&Pop me refiero, pero ya no era lo mismo: la tele había matado a mis estrellas de la tele. Al día siguiente le pregunté a mis compañeros si alguien había visto a ese caballero de pañoleta en la cabeza que había hecho un gesto obsceno en el canal 4. Se rieron por lo de ‘caballero’ y por mi pregunta. ¿Te gustó? me preguntó uno de los chicos malos del curso. En realidad sí, me había gustado no él, sino ese hermoso gesto que le hizo a ese Chile y a ellos que eran los hijos de la más rancia clase media, arribista y ambiciosa, que creía que estar en un colegio católico les daba una dignidad que no tenían. Los hermanos el Sagrado Corazón administraban el liceo, los hermanos coquetos les decían y a nuestra calle Federico Escroto frente a la USACH. Además eran muy cariñosos y preocupados, tanto así que siempre entraban a los camarines a comprobar empíricamente si el agua de las duchas estaba calientita. Es un escritor me dijo una compañera para sacarme del baile de burlas que comenzaba a mi alrededor y me llevó del brazo. Nunca había escuchado ni visto a un escritor, ni mucho menos haciendo un hoyudo en la tele. No pude olvidar esa mirada chinesca y mala de un hombre que parecía mujer, pero parecía ser más hombre que todos esos que andaban arrimados con los hermanos coquetos para obtener algo. A pocas semanas de haber comenzado el taller que daba Sergio Parra en Balmaceda 1215 aquel año 99 y de yo a ponerme a escribir poemas como loco, me dijo sagazmente, lee esto porque te va a interesar. Hundí mi mirada en esa fotocopia y fui encontrándome con líneas como estas: “Porque ser pobre y maricón es peor/ Hay que ser ácido para soportarlo”, “Es marica pero escribe bien/ Es marica pero es buen amigo/ Súper-buena-onda/ Yo no soy buena onda”, “Mi hombría fue morderme las burlas/ Comer rabia para no matar a todo el mundo”. No sé qué ojos habré puesto que Sergio me dijo, se llama Pedro, Pedro Lemebel, búscalo. El taller que seguía al de Parrita lo hacía justamente él, postulé con toda mi emoción y me presenté a la entrevista y no tenía en mente por ningún motivo decir que la narrativa no me interesaba. Es más, le dije que me requete fascinaba la novela. A pesar de que el taller era de crónica, creo no me dejó en parte por ser universitario y peor aun, de la Católica. Era el precio que pagar por estar ahí y por culpa de ellos no conocer a los escritores vivos que me comenzaban a fascinar. Meses después en un encuentro de performances que se hacía en la Galería Bucci conocí a Niko y Ammy, pintor y cantante respectivamente. Mi participación consistía en caminar toda la avenida Huérfanos con un vestido de tul y en las manos unos tarros arrojando parafina en llamas a una hoja de papel kilométrica con que había cerrado el paso a los automovilistas. Ellos me hablaron luego y me invitaron a su casa, la casa de Niko que era un museo surrealista. Tenía decenas de sus alucinantes pinturas en todas las paredes, los muebles los había hecho él, al igual que la música que escuchábamos y hasta lo que comíamos. Era para mí un genio sin lugar a dudas. De ese tiempo que pasé en su casa junto a Ammy y otros amigos de ellos aprendí el rigor del delirio, se puede estar enajenado pero eso se convierte en obra sino es pura mierda. Nos encerrábamos él a pintar, Ammy a componer y yo a escribir. Luego nos juntábamos y compartíamos lo que habíamos creado. Fue la radicalización de lo que iba aprendiendo en Balmaceda 1215 y fue él mi mejor profesor. Ambos habían sido alumnos de Lemebel en ese taller que yo no quedé y ya eran sus amigos. Niko me llevó para que lo conociera personalmente. Llegamos hasta su casa en un cité de Bellavista. Venía de una fiesta y estaba fatal. Se sacó los tacos y la pañoleta de la cabeza. Ellos hablaron cualquier cosa, yo nada, y nos fuimos. Meses más tarde llegué ahí mismo, le conté que publicaría mi primer libro y que sería grandioso que él lo pudiera presentar. Sí, sí, sí. Nunca llegó.

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Pasaron años y nos encontramos con Pedro en encuentros literarios, de género, de política como por ejemplo el Sexualidades y Sociedades Contemporáneas en la Academia de Humanismo Cristiano donde compartimos mesa y maquillaje. En ese intertanto lo leí, lo estudié en la Universidad, leí sus entrevistas, estuve en su casa donde conocí al gay-set académico, pero también a Monsiváis, carreteamos con nuestros amigos en común, etc. Recelo mutuo, pero admiración de mi parte incluso a su desdén tan lemebeliano. La penúltima vez que lo vi en escena fue ya enfermo y son voz en la performance “Susurrucucú paloma” en la FIL Guadalajara del 2012. Llamada así por el susurro de esta paloma negra. Como decía no habíamos tenido ni mucha ni poca onda desde hace bastante tiempo. Sin embargo, lo considero un gran escritor y su escritura sin duda en mi generación fue un referente importante. Aquel día lo volví a tener frente a frente pero ahora era todo distinto. La enfermedad que lo aqueja le quitó su diáfana y viperina voz. Su mirada era triste y expresó su dolor, su rabia y su resentimiento con una humildad que sólo los que ven a la muerte cara a cara pueden tener. Me pareció esa noche más que una diva rebelde y polémica por sus dichos de que la Feria es una mierda capitalista y un mall del libro, un hombre que ha escrito sobre el dolor desde su propio dolor y su mejor performance es su propia vida. Su sentido del humor y la autoparodia es su última arma de guerra. Conmueve. Lemebel es un artista por donde se le mire, incluso en el sentido más trágico de la palabra. Un héroe, ahora, con su otra alita quebrada. En este contexto fue la campaña para que le dieran el Premio Nacional a lo cual me sumé activamente dentro de lo poco que uno puede hace en temas como éstos. Sin duda era el más meritorio luego que Diamela se bajara de ese tren. Si el primer premio a D’Halmar era un socavado reconocimiento a su pluma a pesar de las plumas, éste a Pedro era un gesto cómplice y cerraba, en el mejor de los casos, el machismo que caracteriza al estatal reconocimiento. No se lo dieron. Tampoco el Altazor. No era por lástima, en lo absoluto, sino era el reconocimiento a una de los estilos literarios más importantes en la literatura chilena del siglo XX y comienzos del XXI. De eso no cabe duda. Era oportuno, eso sí, tal como lo pudo ser para Stella Díaz Varín unos años antes, pero no. Ambas leyendas negras que junto a Antonio Silva forman una suerte de Profana Familia. Sabía por amigos cercanos de que estaba mal. Muy mal. No pasará de este mes me dijeron a comienzos de enero. Estaba en Arequipa cuando un amigo me pregunta si me enteré. Me conecto y tenía los mensajes con la mala noticia. Me dio mucha tristeza a pesar de que sabía que estaba muy empeorada su salud. Un Chile sin Lemebel es cada día más un Estados Unidos. Un Chile sin Lemebel nos separa de nuestra amada Latinoamérica. Antes había muerto Pedro Montealegre, luego se nos fue la Lupe Santa Cruz. En Arequipa misma un querido poeta amigo, Luzgardo Medina, quien nos tenía armadas unas lecturas y salidas por ahí, moría al día siguiente de Pedro. Duelo, luto, pena. Kreit, mi amigo poeta, me mostraba en su celular el poema que le había escrito Luzgardo a Pedro por su muerte, entre la de ambos pasaron horas y en esas horas nació este texto de despedida de ambos:

A Pedro Lemebel.

Un poeta acaba de morir al sur del adiós. En la misma premonición.

Ni por simpatía le regalaron un minuto con gran dosis de azúcar.

Murió el poeta y ya. Se siguen destapando las botellas a veces sin motivo

Y dando recompensa a quien nos traiga de las orejas al narrador

De lo innombrable, a quien desde la ebriedad nos hace oler

Ese montón de sillas apiladas en un rincón del desierto.

Se fue el poeta. Se murió como un emperador -haciendo bromas-.

Hace tiempo que él era un desconocido y que cambiaba los rumbos

Para que nadie cayera en las garras de quienes hacen promesas de lealtad.

Todos los días alguien muere como un poeta o aprende a morir como un poeta.

No es tan difícil. Hay que aprender a deducir con mucha presteza dónde

Se hacen los besos más perfectos y dónde la ternura es anacrónica.

Hay que intuir si quien regala premoniciones es un creyente legítimo

O simplemente huye pretextando cumplir ciertas infames tareas de amor.

Ha muerto el poeta y parece que se ha llevado sus precipicios,

Sus manglares, su bandada de loros y el armario donde guardaba su rostro.

Murió en el instante preciso, ahora nunca más pagará impuestos a nadie.

Cuando partió el poeta la incolora tristeza fue carcomida por el salitre

Y en lo más alto de la amargura se dibujó, sin prisa, la espada del azar.

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Viajar es morirse de a poco. Toda muerte es un viaje. Los que nos abuchean cuando somos felices son los que nos vitorean cuando nos enfriamos para siempre. Cuando muere un escritor se detiene la literatura unos segundos, luego sigue su camino de iluminar la noche a noche y darle un poco de opacidad a la prepotencia del presente. Un Chile sin Lemebel es menos Chile que antes. Es un descanso para los malos de la película, pero el guión es de los que están fuera de él. Eso nos enseñó Pedro. Ese es su mensaje. Se puede ser pobre, cola, feo, gordo, negro, lo que sea y ser una estrella, no de estos nuevos retablos sino de la noche latinoamericana, que brilla como sangra y que sólo se consigue a patadas, combos y taconazos.

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