El torrente Pablo de Rokha

Crónicas memorables

Por Hernán Millas

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Su descanso fue pelear y se mató con un revólver que le obsequiara el general mexicano Lázaro Cárdenas, después de haber hecho juntos una cabalgata infernal rememorando a Emiliano Zapata. Su padre lo puso a estudiar en el Seminario, pero lo expulsaron por hereje. Hizo una epopeya de las comidas y bebidas chilenas: “Al causeo de patitas, póngale unos porotos frescos…”

 

Inadvertidos pasaron los cien años del nacimiento del poeta que tuvo, como él dijese, una “posición trágica y dionisíaca ante la vida”. Más se recordó su trágica muerte, el 10 de septiembre de 1968, a los 74 años. En esa mañana, a las 11, un disparo asustó a los pájaros de la bucólica calle Valladolid, en La Reina, y estremeció a los chilenos.

Como Hemingway y nuestro Edwards Bello, una bala terminó con la vida de Pablo de Rokha, nacido como Carlos Díaz Loyola en el huaso pueblo de Licantén en Curicó, y cuya poesía —al decir de un crítico— sería “como una inmensa y amenazadora avalancha, que rugiente se aprontase siempre para dejar caer su peso trágico sobre los apacibles habitantes del valle”.

Como Don Quijote —lo evoca Alfonso Calderón—, el descanso de Pablo de Rokha fue pelear. “Nadie como él para la cortesía, para un vivir de ‘se la hago, se la pago”.

Pero un luchador sempiterno puede terminar aburriendo. Y de Rokha, aparte de ser uno de los vates que ha producido la poesía más varonil del habla castellana, tenía otra condición humana: degustar las esencias criollas. Curiosamente, él y su cordial enemigo Pablo Neruda, fueron los mejores dientes de la poesía chilena. Calderón considera que la Epopeya de las comidas y de las bebidas de Chile, que escribiese de Rokha es “un poema capital de las letras continentales”.

Calderón, maestro de nostalgias, guarda de él un recuerdo “rabelaisiano”: “montañas de longanizas, quesos, panes, aves, causeo, pebre cuchareado, vino y aguardiente constituían su yantar y el de quien llevase una mano franca. El poeta vivía celebrando cotidianamente un alegre y dramático juicio final”.

Pero eso no significa que la vida se le diera fácil. Fue una existencia azarosa, difícil, y con un sino trágico. Poco antes de apretar el gatillo, había confidenciado: “Yo no me miro mucho adentro de mí mismo, porque me espanto. Soy un hombre lleno de muertos”.

Había perdido 17 años antes a Winett de Rokha, que le dejase “definitivamente viudo”, como él me dijese. Su mención le humedecía los ojos a ese iracundo gigante. “Toda mi obra está regida por esa gran mujer querida”, explicaba. Su casa en La Reina, que levantó cuando ella ya no lo acompañaba, la llamó “Villa Winett” y en la entrada colocó un busto de ella que le hizo el escultor Roberto Polhammer. “Soy abuelo, y tú una inmensa sombra”, le había dicho en uno de los tantos poemas que le dedicara.

Luego, adelantándosele, Carlos, su hijo más compañero, se mató de un tiro. La muerte lo obsesionaba en esa década del 60. Solo la ahuyentó por tres años el recibir el Premio Nacional de Literatura.

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En la Revolución

 

El creativo poeta, ensayista y crítico Mario Ferrero, fallecido hace poco, y que lo visitara hasta sus últimos días, cuenta que “se encontraba triste, profundamente abatido, extraño de sí mismo, por la primera vez inseguro”. Y describía el arma, de donde vino ese “disparo horrible”: “Era un inmenso revólver calibre 44, con baño de oro, que le había sido obsequiado en 1944 por el general Lázaro Cárdenas, el pintor David Alfaro Siqueiros y los militares mexicanos a quienes acompañó Pablo de Rokha en la heroica cabalgata que reconstruyó las rutas de Emiliano Zapata y la revolución mexicana. La jornada duró más de una semana de esforzado galopar, en la clásica silla de palo que usaron los revolucionarios. Pablo de Rokha regresó desollado, a flor de llaga viva, pero regresó. Y en premio a su hombría de huaso ganó este revólver descomunal con el que habría de cruzar las puertas de la muerte”.

Su padre, que tenía un campito, era también jefe de Aduanas de Curiñinque, en el cajón del río Maulé, a la altura de las Termas de Panimávida, pero rozando la helada frontera. De adolescente él lo acompañaba, viajando a caballo. Paraban en posadas y casas de la zona, y en los meses de verano, cuando el paso de la cordillera quedaba libre y sin nieve, la familia de 19 hijos se establecía en una casa de totora, en Curiñinque. Allí, de Rokha aprendió a manejar la pistola y el Winchester, y tuvo sus primeros amigos en arrieros y cuatreros, como también en gauchos que pasaban la frontera y en la noche mateaban y entonaban vidalitas. En esas amistades se hizo conocedor de las bebidas y de las comidas chilenas, y sintió desprecio por los “siúticos” que no la apreciaban.

 

El amigo de piedra

 

Su padre lo envió a estudiar al Seminario de Talca, de donde fue expulsado “por hereje”. Aún era Carlos Díaz Loyola, pero sus compañeros le dieron el sobrenombre de “el amigo de piedra”.

De su pasada por el Seminario recibiría el don de enamorarse de los clásicos griegos y latinos. Pasó al Liceo de Talca, donde se hizo amigo de Domingo Melfi, Aníbal Jara y Enrique Molina.

En 1912, de 18 años, llegó a Santiago a vivir en FPÍW*A una Pensión y decidido a estudiar ingeniería y leyes al mismo tiempo. Sus compañeros leían a Baudelaire y él andaba con un volumen de Ovidio. Les pareció un personaje extravagante. Y más cuando se hizo amigo de un grupo de pintores que estaba en ciernes, como Julio Ortiz de Zárate, que integraría el Grupo de Los Diez y sería director de la Escuela de Bellas Artes; y Pedro Luna, que más tarde se radicaría en París obteniendo premios. Más que la bohemia les gustaba conversarse en la noche una botella de vino, a veces en un localucho llamado El Figón de la Reina Patoja, en Recoleta, y otras en Papa Pietro, en Bandera, vecino al Zepelin. A ellos les leyó sus primeros versos, los que le celebraron insistiéndole que los llevase al diario La Mañana, que reunía a los más destacados valores jóvenes.

Su poesía produjo un sismo. Mientras todos trataban de imitar a los franceses, él salía iracundo lanzando versos que herían como piedras. Conquistó admiradores y también detractores. Los críticos más serios lo calificaron de anarquista. Él les respondió con un poema: A Ronquillo y Nadir, compasivamente. El director del diario lo llamó para decirle que tuviese cuidado, “porque a usted lo van a matar”.

Un día en vitrina de la librería Nascimento, en calle Ahumada, apareció un ejemplar de Walt Whitman. De Rokha ese día decidió dedicar su vida a tratar de escribir con su misma pasión.

Viajó a la casa paterna y anunció su decisión. Su padre le hizo una sola pregunta: “¿Estás dispuesto a morirte de hambre como poeta?”. “Sí”, fue su respuesta. Y el padre, a diferencia del progenitor de Neruda, le dio su bendición: “Así hablan los hombres”.

Los Gemidos fue su primer libro de poemas. Antes de publicarlo quemó siete. Ya había tomado el nombre de Pablo de Rokha, el que legalizó y llevarían sus siete hijos y numerosos nietos.

A la llegada a Santiago había conocido a Luisa Anabalón, que era hija de un general. Ella todavía escribía poemas. A diferencia de Neruda, un picaflor de toda la vida, De Rokha sería de un solo amor y una sola mujer. En 1916 se casaron, y ella pasó a llamarse Winett.

 

Cuando anunció a su familia que sería poeta, su padre le hizo una sola pregunta: “¿Estás dispuesto a morirte de hambre?”. “Sí”, respondió. Y el padre le dio su bendición: “Así hablan los hombres”.

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Vendiendo libros

 

En su casa de calle Lord Cochranne empezaron a llegar los hijos, y los libros de poemas. Y comenzaron sus andanzas de ventas de sus libros, como también los de Winett. Ortiz de Zárate —y a veces Luna— le pasaban sus cuadros “por si te sale un comprador”. Los pueblerinos adquirentes no imaginaban que, por unos pocos pesos, se harían de una fortuna.

Salvo algunos períodos en que su padre le conseguía un cargo de administrador en un fundo, De Rokha haría el milagro único en Chile de vivir de sus libros. Y en un país donde nadie compra libros de poesías. Ni siquiera se venden los de Gabriela Mistral.

¿Y cómo se las arreglaba De Rokha? Sus 36 libros los vendía prácticamente todos.

Habían sido editados por él de manera artesanal. Una vez me contó que por allá por Quinta Normal había descubierto unas “niñas Astudillo”, cuyo padre, un gráfico jubilado fue invirtiendo sus ahorros en comprar linotipias que hoy ya no existen y que hacían la composición en plomo. Como no tenía hijos hombres, ellas lo ayudaban con esos monstruos de acero. Eran las únicas mujeres linotipistas en Chile componían muy barato y Rokha después llegaba con los paquetes de letras en plomo regateando precios en una imprenta de prensa plana, para que terminasen el parto.

Luego, con su hijo Carlos o con su yerno, el poeta Mafud Massis, o simplemente solo, se encaramaba con sus rumas de libros en un carro de tercera de un tren que iba al sur o al norte. Y volvía vacío. Se había hecho de amigos en todas partes y con ellos gozaba de las delicias culinarias locales. Porque ésa era otra de sus gracias: la comida.

Y cómo sabía de cocina. Iba desparramando sus recetas. “Al causeo de patitas”, que era una de sus preferidas, “póngale unos porotos frescos, no guisados, sancochadillos que, al combinar con el sabor colosal de los limones y el chancho en piedra, de añadidura a la aceituna y la malaya a la caballería asada, dan una tónica azul a la madrugada de los trasnochadores. Hágalo y en otro viaje me lo cuenta”.

En la Rotología del Poroto (poema que figura en su libro Acero de Invierno, por si le apetece buscarlo), celebra las distintas formas de este tradicional guiso chileno y cuenta dónde y en qué circunstancias lo comió. Entre los cientos de formas, éstas son algunas: “El poroto con cochayuyo y cuero de chancho, ajisoso y cebolloso…”. “Cuando se come con mote y tocino ha de servirse sabroso y furioso de picante, coscorrón o burrito chico”. “Y los granados con choclo picaso y con albahaca, en la gran ramada del Verano, en las que chercanes y pidenes se escuchan acarreando sacos de cantos y de lágrimas de toronjil, en su ancha carreta chancha”.

Sus enemigos decían que “aquel hombre fuerte y peludo” atemorizaba a la gente y por eso preferían comprarle sus libros. De Rokha lo negaba. “Lo primero que les pido”, decía, “al ofrecerles mis libros, es que si no entienden de poesía, si no les interesa la literatura, no me compren nada…, pero hay muchos, más de los que la gente cree, que se interesan verdaderamente. La poesía no agarra a las masas, sólo porque no alcanza a las masas”. Y respecto a que su presencia inspiraba susto, respondía: “No soy un hombre hosco, sino muy sociable. Tampoco soy un beligerante; soy un combatiente, que es distinto”.

Mario Ferrero, relataba que él también, antes de conocerlo, lo veía como “un hombre arbitrario, casi inhumano, ególatra, independiente, preocupado sólo de sí mismo, de carácter anárquico, violento”. Pero cuando se encontraron, cambió su visión: “De Rokha”, expresaba, “era precisamente lo contrario de aquel ogro intratable que nos quisieron mostrar desde jóvenes. Era un hombre afable, preocupado hasta lo inverosímil de su familia y de su pueblo, un ser de trato social, amigo de sus amigos, tierno en la intimidad, de carácter emotivo y dotado de un excelente don de camaradería”.

Comiendo y vendiendo

Ferrero era amigo de todos sus hijos, pero a él nunca lo había tratado ni menos había llegado a su casa. Un día, a propósito de un artículo que escribió acerca del Neruda extraviado en la poesía política, recibió una tarjeta de saludo de Pablo de Rokha. Era lógico que conquistase su afecto. El saludo venía acompañado de todos sus libros y un botellón de vino “para su alegría, amigo”. Además le enviaba una invitación a un patache al hogar de Mafud Massis. De allí salió un singular convite: que partieran juntos al Sur, y que Ferrero también llevara sus libros para venderlos. Aceptó de inmediato. Ferrero narra con mucha gracia ese sabroso viaje. “Allí”, dice, “comencé en verdad a conocer a Pablo de Rokha. Viajando en ferrocarril en carro de tercera, instalados lo mejor posible en los durísimos asientos de madera, con el tren atestado de un público abigarrado y expectante, entre vendedores de naipes y de peinetas, ciegos cantores que bebían como condenados y rubicundas madonas premunidas de termos y gallinas fiambres, Pablo era un ser absolutamente feliz. Antes de llegar a Rancagua, ya habíamos consumido tres botellas de vino, un causeo de patas, un conejo escabechado, media docena de tortillas y una cantidad impresionante de huevos duros”.

Como el tren iba demasiado lleno, Pablo le propuso (“o más bien dispuso” aclara), bajarse a almorzar en San Rosendo, la tierra de Carmela, alojar allí y continuar al día siguiente a Osorno. Ahí Ferrero se inició en la aventura de la venta de los libros. Así describe en qué consistía la hazaña del poeta: “Para nuestros fines, el medio cultural de San Rosendo no podía ser más limitado. Sin embargo, compraron libros el jefe de estación, el cochero, el dueño del hotel, los dos abogados, el alcalde, el notario, los dentistas, la Compañía de Bomberos, los escasos funcionarios públicos, el farmacéutico y un número increíble de gente sin oficio que transitaba alrededor de la plaza, donde habíamos establecido nuestro cuartel general”.

Se quedaron tres días. Pero ¿qué pomada empleaba? ‘Todavía no lo sé”, confesaba Ferrero. ‘Tal vez en la tenacidad, posiblemente en la llaneza del trato, en el conocimiento profundo que Pablo tenía del ser humano de todos los estratos sociales, o simplemente en la simpatía, en el fuerte convencimiento que irradiaba su personalidad. Pero el hecho era real y asombroso. Había una táctica casi infalible: la alusión a algún pariente o conocido del presunto cliente, con quien el poeta se habría comido un arroyado de malaya o una fuente de pejerreyes fritos, a la orilla de algún río ilustre, libando a la chilena los sabrosos mostos de la zona. Entonces al fulano se le despertaba el apetito. Y terminaba por comprar, e incluso por invitarnos a su casa para probar cierto aguardiente que le acababa de llegar de no me acuerdo dónde”.

Ferrero, con ese encanto y sonrisa que le daba a sus retratos, reproducía una de las tantas conversaciones: “¿Usted es de los Mesa de Talca o de Corinto?’. ‘De Talca’, Respondía el hombre. ‘Soy hijo de Floridor Mesa, el ex alcalde de San Clemente’. Mejor no lo hubiera dicho, porque Pablo hablaba largo de don Floridor, de la tía Clorinda, del tío Salustio que había sido cura en Hualañé, de la sobrina profesora que se arrancó con un comerciante de Vallenar y del oficial del Registro Civil, ese ‘curadito’ que se hizo radical para la campaña de 1926. A esas alturas del relato la euforia era tal que el invitante, emocionado, volvía a comprar todos los libros”.

Y así los libros se iban terminando más al sur, entre los curantos de Calbuco, el licor de oro de Dalcahue, los erizos de Puerto Aguirre, la chicha de manzana de Achao, “todo en un clima de enorme algarabía y gran contentamiento”.

Con todo el respeto y admiración que me merece Neruda, a él jamás lo habría imaginado en estos menesteres.

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