Héctor Hernández Montecinos: un poeta chileno en España

Bitácora: Primera semana

Por Héctor Hernández Montecinos

 

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En Barcelona con El sueño de Visnu

 

  • Un avión de Iberia, lunes 23 de febrero. Miro el mapa del vuelo en la pequeña pantalla. Sobrevolamos los últimos milímetros australes de Bolivia. Esos mismos instantes donde estuve hace unas pocas semanas. Viviendo el vértigo de La Paz con Piti y la brisa cálida de Cochabamba con Malebrán. Allá quedó el mexicano con el que viajé, en ese olvido, a kilómetros de mí. Hace un par de días apareció en el periódico boliviano Los Tiempos una nota sobre este viaje que emprendo en este momento, a esta altura. Hablaba ahí de la poesía latinoamericana, de Churata, Borda y De Rokha. Una larga, delirante y trágica tradición. Supongo que nada de esto es conocido en España. Acabamos de comer y del montón de películas disponibles para ver elijo Todo sobre mi madre de Almodóvar. La vi hace años y escribí una suerte de obra de teatro paródica mezclándola con Un tranvía llamado deseo y Federico García Lorca. Reconozco a los personajes, las voces, gran parte de los diálogos que me sabía de memoria. Lo que había olvidado es que Esteban muere a los pocos minutos. Quería ser escritor, ya lo era ¿Lo fue? Manuela no soporta esta pérdida y huye a Barcelona. Yo voy en la misma dirección. ¿Huyo? ¿Hay un muerto en mí? ¿Morí yo? De todos modos estoy en el cielo.
  • Una escala corta en Barajas. No hay tiempo que perder. El vuelo a Barcelona sale de la otra terminal a la que se llega por un tren interno. Ya estoy en España. Es mi primera vez. Llevo en la mano la carta invitación de la Universidad de Alicante. No me la piden. Me miran a los ojos. No sé qué ven ahí. “Bienvenido, Héctor” me dice el oficial de migración. Suelto la respiración. Vienen a mi mente canciones que hablan de Madrid. Mecano y Joaquín Sabina. Sonrío.
  • Barcelona, martes 24 de febrero. Gonzalo, mi querido amigo, me está esperando en El Prat. El aeropuerto no me parece tan grande para lo grande que pienso es Barcelona. Sobrevolamos la costa y pareciera que el avión se va a sumergir en el Mediterráneo. Gonzalo me dice que tomó “leche de tigre” y que un tanto espera por mí en su departamento. Llegamos y vive justo en frente a la Catedral de la Sagrada Familia. Es de verdad imponente y hermosa. Llevan más de cien años construyéndola y eso lo sabía Gaudí. Pensó en una obra que lo sobrepasara, como las epopeyas se suceden de generación en generación y casi anónimamente. Así trabajan en la Sagrada Familia decenas de obreros que cuelgan de enormes grúas. Descanso unas horas y salimos a pasear por la ciudad. Me recuerda mucho al barrio Lastarria por lo hípster, pero los de acá son profesionales y no quieren parecerlo. Barcelona es un lugar en el cual perderse es parte de su encanto. Las calles y barrios no distan mucho entre sí, al menos a un primer paseante, y algo los une a una idea de ciudad que no es ciertamente la ciudad. Barcelona se parece a Barcelona aunque Barcelona no existiera. Me gustan sus callejones, sus negros, árabes y orientales. Su olor a sal. Vamos donde se juntan los skaters frente al Museo de Arte Contemporáneo. Tomamos unas cervezas allí, fumamos, somos parte de esa gran obra de arte que es la calle casi entrando a esa curatoría inconsciente que es la realidad. Gonzalo los conoce de vista. Ha visto crecer a estos chicos en los años que lleva en la ciudad. Sus patinetas son los nuevos barcos y de algún modo colonizan una España que no les gusta. Hay un nombre para designar a los desadaptados del sistema, los “perroflautas”: anarkos, jipis, punkis, nómades. Me fascina el concepto y me identifico con ellos. “Soy un perroflauta existencial” le declaro a Gonzalo. Terminamos la noche en el bar Sor Rita, que es una suerte de templo almodovariano. Kitsch, camp, queer y todos los monosílabos rimbombantes para nombrar el mal gusto exquisito. Hay una foto enmarcada de La Agrado, la de Todo sobre mi madre. Es como una santa. Al fondo está la propiamente Sor Rita en un altar. Rodeadas de estampas y juguetes sexuales. Barcelona es como una película en rodaje eterno, como la Sagrada Familia, el no lugar más lugar del mundo.
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    HH junto al porteño Bruno Montané Krebs, o Felipe Müller en Los detectives salvajes

  • Miércoles 25 de febrero. Tenemos una junta con la joven poeta Luna Miguel. Conocida y admirada por todos los muchachos que escriben poesía nacidos en los noventa. Vamos a la oficina de PlayGround donde trabaja y bajamos luego a un café. De fondo un “perroflauta” canta una canción cuyo coro dice “mi plátano en tu potasio”. Luna me parece más alta de lo que me imaginaba y más simpática también, por cierto. Termino mi cerveza y debe regresar al trabajo. Me da sus libros y El Sueño de Visnu de David Meza, libro que lleva unas palabritas mías en la solapa trasera y que, sin duda, es una de las grandes obras poéticas del siglo XXI. Luego también tenemos que vernos con Bruno Montané en la Fuente de Canaletas, cerca de la Plaza de Cataluña. Dice la leyenda popular que quien bebe de esa agua regresa durante el año a Barcelona. Gonzalo me dice que tome, lo hago y Bruno me asegura que es cierto. Hace años que nos veníamos emaileando con él, desde el 2007 exactamente cuando presenté un proyecto para editar su poesía completa en Chile junto a la de Carlos Cociña y la de Gonzalo Muñoz. No ganamos. Bruno en Los detectives salvajes es Felipe Müller. Junto a Bolaño y Mario Santiago fundaron el Infrarrealismo allá en el México de los setenta. Es un tipo alto, cano e irradia una simpatía y lucidez que comprueba que los vanguardistas de verdad son los que nunca quisieron serlo, pero que sobre pueden reírse hasta de sus muertos. Conversamos de Bolaño, de la poesía chilena, de libros en común y en diferido, de España, los catalanes y de Cádiz donde coincidiremos en el Festival Iberoamericano de poesía en unas semanas. Se suman Aníbal Cristóbo y un par de chicos peruanos a los que terminaré llamando sobrinos por su graciosa manera de decirme “Hey, tío”.
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Héctor y “El Ecuatoriano”

  • Jueves 26 de febrero. Un misterioso personaje con seudónimo en Facebook y fotos de apaches y sioux me pide que nos juntemos. Regreso a la Plaza de Cataluña, al café Zurich. Es ecuatoriano y se ha dedicado a la música andina en las calles. Vive de eso y de ventas de artesanías. Es un hombre mayor que ha vivido todo lo posiblemente humano. Me regala su disco instrumental y me cuenta que ha tocado en bandas sonoras de películas de Hollywood. Vamos a comer unas tapas a un bar donde también comen los mendigos. También hay obreros y oficinistas. Tomamos unas copas de vino y regreso a casa pensando en lo mal que deben pasarlo acá los inmigrantes latinoamericanos. Alguien me dice que se les llama los “machupichus”. Me río de lo burdo de la sinécdoque. Hago referencia a que estuve en Macchu Pichu hace unas semanas, pero que estaba lleno de gringos y “europussys”. No podía no vengarme. Más tarde me junto con Rodolfo Häsler, el poeta cubano. Nos conocimos hace años en alguno de los festivales en Guatemala o El Salvador. Es un ángel. Bebemos algo y lo acompaño a una librería cerca. “Es un poeta que murió hace poco” me dice. No recuerdo el nombre. Regreso por el Paseo de Gracia y paso por fuera de la Casa Batlló, de Gaudí. Debo seguir el camino que el artista haría desde ahí hasta la Sagrada Familia. Una peregrinación me digo. La noche está hermosamente fresca y me camino a mí mismo por la ciudad. Fascinación.
  • Viernes 27 de febrero. Desde que llegué a España se habla de la crisis, de la corrupción política, judicial y empresarial. Como en Chile, digo, pero más bonito. Por el otro lado también se hace referencia en los medios de un enorme congreso sobre telefonía móvil y nuevas tecnologías de la comunicación. Vendrán Bill Gates, Mark Zuckerberg y otros líderes mundiales en el área. Hay cierta emoción en esto. A su vez, se discute en televisión la obligación de la enseñanza católica en los colegios. En síntesis, los poderes de siempre. Gonzalo vive con Marta, su esposa, y hoy llega su hermano Cucho. Los dos son completamente opuestos, uno preocupado en la educación alternativa y el otro en comer paella y gastar un saldo extra de la empresa. Nuevamente nos arrojamos a la ciudad. Comemos, tomamos y nos reímos. Luego iremos a mi lectura en la librería Nollegiu. Allá nos alcanzan otros amigos y me presentan a Vanessa Verástegui, la hija del gran poeta peruano. Recito la primera parte de “Los colores y papá”. Luego nos vamos a los bares y me pierdo con los sobrinos en unos por ahí. La poesía es también una forma de poder, un poder al revés, que congrega a quienes también han tomado un desvío de la realidad. La tecnología, el internet, la electricidad incluso, cambiaron la relación de uno con el poema, a pesar de que escriba todo a mano. Tiene que ver con la luz, la civilización como iluminación, y la cultura como conexión. Lo global tiene mucho de provincianismo. Europa no escapa de los problemas que nosotros también tenemos, no obstante la diferencia es que la burguesía es quien la padece y no los pobres como acá. La burguesía siempre se plantea como universal. No es la crisis del sistema, es de su sistema.
  • Sábado  28 de febrero.  Nos volvemos a juntar con Rodolfo y Bruno. Luego nos vamos a la presentación de Jordi Corominas y su función de Loopoesía, a la cual me invitó gentilmente. Los desperfectos técnicos del show le dan un cierto encanto que Jordi no disfruta. Nos hemos fumado un porro de aquellos y nos sentimos parte de la obra. Posteriormente nos vamos a un bar todos y Rubén que es el editor que me dice que mi libro El secreto de mi mano se va a imprenta al día siguiente. Mucha gente rara. Estamos muy idos y nos sentimos extraterrestres. Alguien se fuma algo que era para inhalar, se da vuelta un vaso de cerveza y me ensucio el pantalón. Si desde que llegué no había sentido el jet lag, éste era el momento. Además quiero descansar mañana domingo porque el lunes parto a Alicante a la investidura de Raúl Zurita como Honoris Causa y al Simposio donde debo dar una conferencia que aún no he preparado. De hecho esta es la razón de mi viaje y debo hacerlo bien. Si estoy en España es por Raúl, por su generosidad sin límite. Alguien me ha dicho en el bar que Alicante es una ciudad horrenda. No lo creo. En realidad no creo nada porque no me creo nada a mí mismo esta noche.
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El Templo Expiatorio de la Sagrada Familia (en catalán Temple Expiatori de la Sagrada Família), conocido simplemente como la Sagrada Familia, es una basílica católica de Barcelona (España), diseñada por el arquitecto Antoni Gaudí. Iniciada en 1882, todavía está en construcción.

  • Domingo 1 de marzo.  Me dijeron que hoy está todo muerto. No hago caso y ciertamente pillo un par de librerías por casualidad. Con el poco dinero que tengo busco libros que me sirvan para mi tesis. Libros de no ficción, como epistolarios, apuntes, aforismos, diarios de vida, autobiografías, manuales, etc. El primero que encuentro y compro es Clases de literatura, Berkeley, 1980 de Julio Cortázar. Abro al azar: “En mi experiencia en lo que he visto estos últimos años, la gente que se va al exilio no tiene tiempo de pensar en educación: la gente que se va al exilio se va profundamente traumatizada por lo que ha sucedido o está sucediendo en su país, busca un lugar de exilio y en la medida en que puede elegirlo una gran cantidad de uruguayos, argentinos y chilenos ha tratado de ir a España por una razón obvia, una razón de idioma” (página 273, al final). Me quedo pensando en mi propio viaje. ¿Es éste un exilio mío? ¿Estoy huyendo? ¿Son éstos los exilios de la Hiperdictadura? ¿La pena? Viajar algo tiene de irse muriendo, como si fuera un dulce adelanto, un apetecible tiempo a favor de una eternidad. Uno llega a España no sólo por el idioma, de hecho, acá todo el mundo habla catalán y no me atrevo del todo a preguntar por tal o cual calle o punto de referencia. Uno deambula en su propia lengua, es su laberinto y su casa. Lihn se equivocaba, Chile no es el horroroso, el horroroso es él, y no él como él sino la vida en que decidimos escondernos. Nos encontramos con personas que queremos o que no, con gente que nos mira y no puede imaginarse qué pasa por nuestras cabezas, con hombres que se temen a sí mismos en otros hombres, mujeres que quisieran llevarte dentro de sus vaginas para que nadie te haga daño. Sé que hay un mar no muy lejos de aquí, sobre él pasan aviones en menor cantidad que otros días. Gonzalo y Marta seguro están esperándome para comer. Cucho ya debe haber empezado. Ellos son mi sagrada familia aquí en Barcelona y la catedral que tenemos en frente de su departamento es el monumento de nuestras propias vidas. Inacabadas, destruidas y vueltas a construir, ruinas de uno mismo, otras veces cúpulas y torres donde uno quisiera quedarse pero no. Mañana sale mi tren temprano. Es hora de morirse con esta ciudad.
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