Un país de esclavos

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Por Arturo Jaque Rojas

Lo políticamente  correcto, sería deponer el feroz e inclaudicable discurso transgresor, y sumarse al orgasmo colectivo que experimenta  la ciudadanía, la nación, el país por el logro deportivo conquistado por nuestros guerreros espartanos, con la diferencia de que éstos sobrevivieron al enfrentamiento contra el monstruo. Dicho de otro modo, abatieron a un gigante, de suerte de emular la bíblica proeza de David.

La Señora que gobierna este país, por un malhadado  designio de la casualidad, por de pronto, saca cuentas alegres y se  debe estar frotando las manos:  podrá disfrutar de  una  tregua, ya que  todos los canales, radios, diarios, revistas que  reproducen órdenes y crean opinión pública, se ocuparán de hacer olvidar, durante un tiempo muy largo, la escoria, la basura, la bazofia acumulada en las  habitaciones  ubicadas en  laberintos kafkianos, donde  rostros de espectros articulan a las marionetas.

En el intertanto, las “encuetas públicas”, demostrarán como  ha devenido un efecto saludable  sobre la  percepción de su carisma, su liderazgo, sus cualidades; y  una vez  más, aunque resulte  inverosímil , se  hará creer  que ha  vuelto a ser el hada  buena que alguna  vez pretendió vender como imagen.

A fin de cuentas, hay que dar primacía absoluta  a este jalón divisorio en nuestra historia;   es, por tanto conveniente y de buen tono olvidar que la corrupción está instalada en palacio. Con mayor razón si tenemos un futbolista  delincuente y  borracho como Vidal,  a quien  le perdonamos todo porque es un héroe capaz de alzarse  desde su pecado y llorar en pantalla. Cualquier episodio de  farándula resulta nimio ante esta nueva  versión del que ofrece sus  lágrimas redentoras y purificadoras… Lo único que Dávalos tiene que hacer es ponerse la camiseta roja y verter algunas lágrimas de  cocodrilo.

Entonces, ya  no es menester ni adecuado  preocuparse sino de los vapores etílicos de una orgía de imbecilidad e  histeria colectivas… ¿A quién puede preocuparle que el hijo delincuente de la primera mandataria no pise la cárcel; que los capos de Penta, Soquimich, Aguas Andina, Corpesca no terminen con su osamenta en la trena; que senadores  y diputados, a sueldo de  los “poderes fácticos”, sigan legislando y fiscalizando la  casa de remoliendas en que han convertido este país, a  la espera de ser reelectos por una ciudadanía sumisa, amansada,  resignada a obedecer hasta el embrutecimiento extremo?

Por otra parte, ¿qué importa que prosigan cavando la tumba de la educación pública, a despecho de reconocer que el nivel profesional intelectual y cultural del profesorado municipal es paupérrimo?- lo digo basándome en la experiencia personal, por cuanto  trabajo en dicho ámbito, y puedo hablar  con conocimiento de causa-.

¿Para qué defenderse de las colusiones de todo tipo,   que continuarán manchando si cuartel ni piedad el  bolsillo del consumidor, sin oportunidad de que pueda  escapar de la voracidad y la sevicia insaciables de las  fauces del Mercado, que todo lo despedaza de una dentellada para luego tragarlo  sin deglutirlo?. Y así podría  enlazar una retahíla de asuntos y temas, que  nos podría llevar  a la escritura de un  nuevo libro de Job.

Pero no puedo renunciar al mandato de mi conciencia libérrima, que me señala categórica que esta es una nación donde el neoliberalismo gobierna imbatible- por ahora  y mientras tanto-, impuesto como realidad en un plano y una profundidad tal que es  imposible para el común de los mortales percibirlo;  a fortiori si tienen intereses creados en preservar su estándar de  vida, a cuyo convencimiento se les  ha arrastrado por la fuerza de esta mecánica.

De suyo,  resulta una locura imaginar el discernimiento rupturista, entre aquello que los medios plantean  como si fuera inmodificable e incuestionable, y que  en consecuencia se acepta y asume en forma acrítica, y la fisura que permite ahondar, criticando negativamente, desde la perspectiva filosófica, para el desmantelamiento de la apariencia.

Al fin y al cabo, es mucho más fácil y simple, quedarse  con la versión que entregan los mass media; con los discursos oficiales; con la mirada ramplona y zafia que en este caso en especial, pretende centrar todo la atención en el éxito en el fútbol como una suerte de reedición  del mito del “roto chileno”, del “triunfo marcial que el pueblo chileno obtuvo en Yungay”; siendo  que fue la carne de cañón que la clase dominante  de entonces mandó a la muerte para asegurar su identidad  y proyectarla sobre el resto de la nación…

¿Cuántos  mitos, infundios, fábulas, hipérboles se tejerán  a partir de ahora, con la materia  prima que nuestros  bravos  nos han  brindado; su arrojo y bizarría a  todo trance?.

Duele decirlo, pero la razón está  vez se sobrepone al corazón, y no escucha la voz de Pascal. Aquí,  los que campean en su ignorancia y su cosificación, son los idiotas y esclavos que se deja seducir por eventos masivos, programados  y orientados para apartar la mente  de la  palestra política, donde se deciden los destinos de los pueblos, de las mujeres y los hombres libres; no es un estadio de fútbol en el que se lleva a cabo un evento que tiene todo  de  negocio y marketing, y nada de mero deportivismo.

Por otras parte, aunque suene a resentimiento, no hay que  olvidar un dato que no es moco de pavo: los presuntos héroes,  recibirán  premios millonarios que  continuarán  alimentando sus egos hipertrofiados, como si fueran semidioses  capaces de  hacer  olvidar la miseria y esclavitud del pueblo; y  que el entrenador, un extranjero al que no le profeso particular simpatía ni animadversión, se embolsará la suma de casi  $600.000 mil dólares por haber  cristalizado esta  hazaña  sin precedentes  en nuestros fastos deportivos.

Si  la gente de este  país, fuera capaz de  hacer  a un lado su idiotez, en el sentido etimológico del vocablo; si por un milagro de la providencia, del destino, de la Moira, pudieran sentir todo el peso de  las cadenas ideológicas y materiales, que aprisionan e inmovilizan en el fondo de las mazmorras, en que se han  trasformado la grandes ciudades postmodernas, podría dar inicio  a un proceso de carácter revolucionario, que tendría como primer  impacto llevar  a los  borregos a darse cuenta:¿cuál es el camino al matadero, y cuál el sendero que deben recorrer  rumbo a la destrucción del actual status quo?

Repudiar y escupir en el rostro a  los políticos profesionales  podría ser el primer paso. Negarse a participar de las charadas, mascaradas, puestas en escena  en que los funcionarios de todos los colores, tendencias  e ideologías, desde la extrema derecha  hasta la derecha moderada, pasando por el reformismo blandengue del Partido comunista, que ha sido derrotado históricamente en Chile.

Es una mezcla de pleonasmo y  redundancia decir que:  todos ellos y ellas hieden  a  carroña,  al servicio del sistema, corruptos hasta la coronilla, hasta  la putrefacción de los huesos y el alma,  testaferros y paniguados de las grandes corporaciones económicas y del capital extranjero, que deben ser expulsados de sus sillas curules, de cada posición en que se encuentran atrincherados, defiendo  sus prebendas y granjerías, las mismas que- no lo dudo por  un  segundo si quiera- llevarían al presidente  Allende a   vituperarlos como lacra  de la peor calaña.

Soy partidario de una revolución progresiva, pacífica, en democracia y libertad- como lo  he enunciado en otros textos de similar tenor-; pero ante  la disyuntiva de reconocer que no nos permitirán acometer  una empresa que los desplazaría de palacio, que los llevaría a batirse en retirada, tomar las de Villadiego para salvar sus pellejos y sus fortunas: tal vez  mi generación no vea el amanecer de un nuevo día,  mas la violencia puede llegar  a  mutar el único  factor que acabe con su dominio.

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