Diego Zúñiga se confiesa

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“Ya no sabría qué más escribir del norte”

“Si estas niñas de Alto Hospicio hubieran sido de Vitacura, al segundo día habrías tenido a todos buscándolas”

Por Jaime Bristilo Cañón

El joven narrador chileno Diego Zúñiga (Iquique, 1987) habla acerca de su vida, su escritura, y su trabajo en el periodismo cultural. Diego, que a la fecha cuenta con varios reconocimientos en nuestro país (Premio Roberto Bolaño y Beca de Creación Literaria del Consejo de la Cultura y Las Artes, ambos en 2008, y Juegos Literarios Gabriela Mistral, el año 2009), comparte de manera reposada y franca sus impresiones acerca de la literatura, la crítica, el mundo de las editoriales independientes y el Chile que se refleja en sus renombradas novelas Camanchaca (2012) y Racimo (2015), ésta última basada en el caso del “psicópata de Alto Hospicio”, localidad del Norte de Chile en cuyas cercanías 12 niñas y dos mujeres mayores de edad fueron secuestradas, violadas y asesinadas entre los años 1998 y 2000.

Santiago, una urbe desconocida

“Mi madre tenía un negocio en el norte y le empezó a ir mal, entonces nos vinimos. Llegué a Santiago en julio del año 2000”, confidencia Diego. “Fue complicado, porque a mitad de año teníamos que buscar colegio y todo eso. Nos instalamos en la casa de mi hermana, que en ese tiempo vivía próxima a Escuela Militar. Evidentemente, no teníamos plata para buscar un colegio cerca, pero encontramos el Instituto Presidente Errázuriz, particular subvencionado, que era bastante singular: un colegio católico en el que se pagaba de acuerdo al ingreso que los padres percibían y que, en términos de educación, se veía bastante bien. Estaba frente al Villa María y al Verbo Divino, entre embajadas y casas acomodadas, pero era como el colegio pobre del sector; de hecho, se creó pensando en los hijos de las personas que trabajaban por ahí, aunque cuando llegué había gente como yo y gente de clase media alta, muchos caídos en desgracia provenientes de colegios acomodados. Un lugar muy representativo de Chile en cuanto al predominio de la iglesia católica, las clases sociales…”

-¿Y se hacían esas diferencias sociales?

– Dentro del mismo colegio, en general no. Pero las diferencias se veían cuando salíamos, porque las niñas del Villa María no hablaban con nosotros. De hecho una leyenda era que alguna vez alguien de nuestro colegio había pololeado con una niña del Villa María, porque ellas solo hablaban con los del Verbo. Entonces, había un tema con la clase social muy claro desde ese lugar, por lo que no tenía sentido que hubiese diferencias dentro del mismo colegio porque todos sabíamos que estábamos dentro de un mismo nivel a pesar de que, evidentemente, había matices. En ese momento era hasta gracioso, pero después uno crece y se da cuenta de lo terrible que fue; sin embargo, eso también te permite circular por lugares que en otras circunstancias no habrías recorrido. Por ejemplo, tenía un compañero cuya mamá trabajaba puertas adentro en casa de Carlos Cáceres, el ex ministro de Pinochet, y yo iba a esa casa sin darme cuenta de que convivía con un pedazo de la historia de Chile. Con una mirada muy desde la infancia aún, era desconcertante ver una foto de Pinochet en la pieza de mi amigo. Gracias a este tipo de situaciones conozco bien esas clases sociales: la acomodada, la que está en desgracia… elementos sobre los cuales me interesa mucho escribir.

– Además tú venías de Iquique, un territorio cargado políticamente y favorito de Pinochet…

– Sí, la ciudad estaba muy marcada por Pinochet. Si bien mi madre no fue una activista política, a fines de los 80 se acercó a la Iglesia católica y estuvo bien vinculada al descubrimiento de las fosas en Pisagua. Eso te va marcando como niño, genera líneas por las que inevitablemente vas a transitar. Entonces, llegar a Santiago, a este otro lugar, fue algo muy especial. Claro, son cosas de las que te vas dando cuenta con el paso de los años.

– ¿Terminaste tus estudios en ese colegio?

– Nos quedamos unos meses con mi hermana y nos instalamos en Maipú. Como el colegio era económicamente accesible y la educación no era mala, decidí quedarme estudiando ahí y hacer el viaje largo de Maipú a Las Condes. En las micros aprendí muchas cosas y empecé a ocupar también ese tiempo en leer, cosa que agradezco mucho aunque ahora odie las micros, porque pasé demasiadas horas en ellas. Pero fue un aprendizaje. También hubo una época en que pasé por La Cisterna, por La Florida… Bueno, ese era otro paisaje, pero lo importante es que fui dándome cuenta de que me interesaba mucho escribir sobre los lugares desde lo literario. Cada vez que escribo algo me parece necesario situarlo en un lugar muy concreto, puede ser porque en el norte el paisaje es muy preponderante: el desierto, el mar…

– ¿En alguna medida toda esta historia de viajes en micro y de necesidad de rescate de un paisaje concreto te acerca también al relato de carretera?

– Eso fue muy intuitivo, porque si bien había visto algunas cosas, leído ciertas novelas, cuando escribí Camanchaca no tuve mucha claridad sobre eso; de hecho, cuando terminé el libro alguien me dijo que era como una road movie y pensé que sí, que podría ser…

Diego Zúñiga es un personaje multifacético: escritor, periodista, entrevistador, autor de críticas y reseñas de cine, fútbol, artes visuales…

“Para mí, si hay algo fundamental en un escritor, y por ende en un creador, es que tenga curiosidad. Un escritor sin curiosidad me parece que está muerto. Y esa curiosidad puede implicar muchas cosas: desde experimentar circunstancias vitales distintas hasta leer de todo, ir al cine, al teatro… Mi vínculo con el periodismo siempre fue extraño; yo no quería tanto ser periodista, con los años le he ido tomando un poco de cariño, pero yo quería escribir. Llegué al periodismo porque uno tiene que vivir de algo; empecé a estudiar y me di cuenta de que yo podía aprovechar esto del periodismo y enfocarme hacia las áreas que tú mencionas, lo que me ha permitido alimentarme de varias cosas, hecho que me parece, como te decía, importante en alguien que está trabajando en la creación. Me gusta mucho que las cosas dialoguen con otras artes, es raro ese escritor que está encerrado en sí mismo y que se pierde cosas; en ese sentido, me ayuda entrevistar a actores, músicos o artistas visuales.

– La literatura es omnívora…

– Claro, por ejemplo, a mí me gusta mucho que el proyecto escritural de Matías Celedón esté más cerca de las artes visuales que de otra cosa y estimo que ese diálogo fundamental no se da en ningún otro narrador de su generación. Creo que ahí hay un lugar por explorar, poder “robar” distintas cosas de estas expresiones artísticas y después jugar con ellas en lo que uno escribe.

– Pero ese maridaje, esa experimentación, no la has llevado a tu escritura en términos más extremos, porque si uno lee Camanchaca o Racimo, encuentra una escritura bastante formal, “correcta”, por decirlo así.

– Tiene que ver con que son cosas que recién estoy aprehendiendo, capturando, porque más allá de todo este cruce, a mí me interesa la literatura en su expresión más “pura”. Por eso, con Racimo me interesaba hacer una novela tal cual, porque el género está muy en cuestión. La gente que hoy escribe lo cuestiona bastante y por eso se ha recurrido a la autoficción, por ejemplo, lo que me interesa bastante, pero yo tenía en mente una novela como las que me gustaban cuando empecé a leer, muy clásicas hasta cierto punto. En fin, mi escritura actual es muy “literaria” por el interés de indagar ahora en eso, experimentar la sensación de hacer una novela, acompañar al personaje… Probablemente, lo que venga luego va a ser distinto.

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Los críticos y las críticas

– Estás, por supuesto, a pie firme instalado en el terreno de la narrativa; pero, como ya comentábamos, te interesas también por la crítica…

– Me interesa mucho la crítica y hago reseñas en las que me dedico, más que a hacer grandes lecturas, a recomendar libros. Si algo le falta a la literatura chilena es que aparezca una nueva generación de críticos, de lectores capaces de dar cuenta de lo que pasa, si es que pasa. Es evidente que cuando surgen generaciones o grupos de escritores que producen una obra numerosa, se vuelve muy relevante que también exista un lector que las identifique, que también separe y cuestione. Yo tengo un vínculo doble: por un lado, escribo reseñas, me gusta mucho leer crítica y ensayos literarios; por otro, vivo la experiencia de ser criticado, lo que te ayuda a adoptar una perspectiva bastante particular, porque en el fondo no me interesan las críticas que digan “esto está bueno, eso está malo”, sin situar las obras en un contexto, sin considerar que los libros surgen en una tradición estando a favor o en contra de ella. Hay que ir más allá; de lo contrario, para eso está Facebook.

– ¿Y qué has percibido en el rol del criticado?

– A mí me interesan las críticas que intentan entender qué pasa en el texto mismo. Volviendo a Camanchaca, las críticas que más me interesaron vinieron del extranjero y, aunque suene muy raro, de la Academia, donde hay gente muy valiosa que tal vez no tiene la figuración mediática de otras personas, y gente mediocre, como ocurre en todas partes. Las lecturas que me generaron mayor asombro vinieron desde ahí y esto puede explicarse porque leer un libro requiere tiempo. Evidentemente, en una crítica más mediática, lo digo por experiencia, tú tienes un plazo determinado que cumplir y eso atenta contra lo literario. Aunque también pueden surgir cosas interesantes desde la urgencia, que puede ser un buen ejercicio, creo que los libros requieren meditar más la situación. Insisto: me interesan las críticas que me hacen descubrir cosas del libro, mirarlo desde otro lugar y eso puede provenir de una crítica positiva o negativa. Me interesa la discusión, pero las críticas más personalistas que no van al fondo de las cosas son difíciles de discutir. Creo que la crítica es fundamental en un campo literario y es gracioso lo que me ha pasado con Racimo, porque al igual que Camanchaca no ha tenido una recepción crítica tan entusiasta. En cuanto a esta última, con el tiempo parece que quedó la idea de que a mucha gente le gustó, pero recuerdo que en un principio la recepción fue positiva, de mucha justeza. También en el medio hay mucha mezquindad, incluso hay crítica que toma mayor distancia al hablar sobre literatura chilena y, por el contrario, ofrece lecturas con mayor libertad y dice cosas más interesantes sobre libros argentinos o mexicanos. Es como un odio, un rechazo a la literatura chilena. Aparece un autor chileno y se lo alaba, pero también es rechazado hasta cierto punto. No fue mi caso, porque creo que me he topado con lectores muy generosos y si Camanchaca sobrevivió fue porque se encontró con lectores que la recomendaban. Yo me debo a ellos.

– ¿Desde dónde has recibido una retroalimentación crítica especialmente enriquecedora?

– Me pasó ahora que Racimo apareció recién en Argentina, tal vez mis lectores favoritos porque creo que leen muy inteligentemente, de manera más suelta. Fermín Rodríguez, a quien no conozco en persona, está preparando allá una reseña para la revista Ñ. Me impactó cuando me hizo llegar cinco preguntas que desentrañaban el libro. Su lectura fue muy generosa y sorprendente. Pensé que ojalá yo pudiera hacer una entrevista o una crítica así; siento que tiene que ver con el tiempo, la predisposición y la curiosidad…

– La curiosidad mata al gato ¿o no?

– (Risas) No siempre, pero vale la pena correr el riesgo. Es interesante pensar que, en su momento, Camilo Marks hizo crítica chilena mucho tiempo y la abandonó. Ignacio Valente, que sigue siendo un personaje tan complejo en su figura tan hegemónica e insoportable, también tuvo aciertos: no es poco que se haya fijado en un Parra, en un Zurita. Esa es la sensación. Yo por trabajo leo literatura contemporánea, a gente que no sé quién es; leo el libro con el deseo de encontrarme con algo que me sorprenda, no queriendo encontrar algo mal. Es hermoso encontrarte con algo como si fuera un secreto, descubrir. También por eso tengo una editorial, porque estoy constantemente esperando encontrar algo que me parezca importante situar en un lugar y darlo a conocer, compartir la buena nueva, por así decirlo…

– ¿Es el criterio según el cual Montacerdos acumula ya seis títulos en su catálogo, algunos de ellos extranjeros?

– Publicados hay dos autores argentinos, dos chilenos, una boliviana y una colombiana. Luis López-Aliaga, Juan Manuel Silva y yo formamos Montacerdos en el boom de las editoriales independientes; los tres habíamos publicado en La Calabaza del Diablo, por lo que como autores conocíamos el manejo editorial desde adentro y en ese momento, el año 2012 más o menos, vimos que aparecían proyectos interesantes, pero echábamos de menos un proyecto que tratara de profesionalizar un poco más el asunto, porque había un gesto muy importante de rescate de autores nuevos, pero de una manera muy primeriza: libros sin buena distribución, de una estética poco acorde al contenido del libro, sin edición real. Son cosas que ahora han mejorado, pero en ese momento el escenario se reducía prácticamente a Hueders, que estética y literariamente es la editorial que más me gusta. Se sumaron mis lecturas de narrativa latinoamericana contemporánea y descubrí que había autores que no circulaban acá por el problema de la distribución, que también ya está superándose. Los autores circulaban solo en sus propios países. En ese contexto leí Los peligros de fumar en la cama, de Mariana Enríquez, y pensé cómo Emecé no lo trae a Chile. Lo mismo con Federico Falco y otros que me gustaría publicar. Sentí que pasaban cosas en Latinoamérica y que esas cosas no circulaban en Chile; entonces, como editorial decidimos publicar autores jóvenes latinoamericanos y chilenos. Romina Reyes, por ejemplo. Y así Mariana Enríquez publicó después con UDP y ya es más conocida. En el fondo, es lo mismo que pasaba en los ’50, cuando de pronto alguien dice mira, acá hay un flaco en Irlanda que escribe bien, y traduce a Joyce. Descubres un mundo de autores que pueden cambiar tu literatura. No es que necesariamente los autores que publicamos vayan a cambiar la literatura chilena, pero gente que los ha leído puede encontrar algo en ellos. Me encantaría también publicar traducciones, es un proyecto que estamos tanteando…

– ¿Y los norteamericanos?

– Estamos subordinados al tema de lo norteamericano, pensamos que todo está haciéndose en Norteamérica; evidentemente, es una literatura muy amplia y hay cosas maravillosas, pero también creo que es bueno mirar qué pasa en Europa y en los países vecinos.

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“De pronto, Racimo fue tomando forma y el tema de la locura, de cierta oscuridad también, iba apareciendo así, más por intuición. Yo empecé a escribir con algunas imágenes muy claras en mi cabeza, pero luego aparecieron otras cosas, la atmósfera, ciertas palabras, ciertos personajes, y sentí que la novela debía ensuciarse un poco, volverse más fantasmal hasta cierto punto. Por eso me gustan mucho algunas lecturas que hablan de que la novela no se detiene en un género o en una sola forma, si no que deambula por el relato policial. A ratos es fantasmagórica, a ratos es un relato realista, en fin. Yo quería que fuera todas esas cosas y ninguna también”.

La poesía

– No te has referido a la poesía…

– Me parece importante el tema de la poesía. Recuerdo que el año 2005 o 2006, cuando entré a la universidad, me pasaba que no encontraba un espejo en la narrativa chilena, y que en la poesía chilena, sobre todo contemporánea, encontré algunos ecos. Así leí a Andrés Anwandter, Verónica Jiménez, Yanko González, y a los más jóvenes, Gladys González, Paula Ilabaca, Diego Ramírez… Fui haciendo mi mapa, pero creo que con los años sí ha surgido una narrativa en la que uno puede encontrar más lugares que en ese momento no estaban.

Racimo tiene dos epígrafes, y los dos provienen de la poesía…

– Fabián Casas dice que un narrador que no lee poesía es un semi analfabeto. Obviamente es una pesadez, pero algo de verdad hay en esa idea, porque la poesía logra en seis versos cosas que a la narrativa le puede costar quince páginas. Cuando leo a Gonzalo Millán veo que está lleno de imágenes; en ese sentido la ciudad es una ametralladora de imágenes. Cuando lo leí por primera vez, pensé que quería hacer algo así en narrativa. La narrativa debe alimentarse de ese trabajo que la poesía hace con el lenguaje y en Chile somos privilegiados por tener acceso a una tradición poética, variada y monumental, que también dialoga con otras tradiciones y te lleva a saltar a otros lugares. Me parece muy raro que un escritor chileno no lea poesía.

– En una entrevista señalaste que la literatura tiene que hacerse cargo del lenguaje, su particularidad… ¿Cómo asume tu literatura esa particularidad?

– Eso varía de acuerdo a lo que te exige el fondo. Camanchaca es la historia de un personaje al que le cuesta expresarse y el texto tenía que reflejar eso; yo nunca escribí simple y condensadamente, pero el personaje es así. Y en el caso de Racimo, me parecía que lentamente había que estirar ese lenguaje, por eso hay momentos en que el libro toma más vuelo escritural y otros donde el asunto vuelve a condensarse. En Ecuador, Eduardo Varas rescataba que el libro comienza con un lenguaje muy distante y, poco a poco, se vuelve más lírico si se quiere; y claro, yo creo que es lógico, porque al principio Torres Leiva llega a un lugar que no conoce y luego ya sabe dónde está. Creo que por ahí va el asunto y por eso en lo que ahora estoy escribiendo quiero seguir trabajando lo que va más allá de la superficialidad del tema, porque Racimo podría haber sido un policial, pero no fue ese mi interés.

En tal sentido, Racimo funciona bien en el plano de la incertidumbre y de la suspicacia como imanes para mantener al lector. Desde ahí cumple con la cáscara policial. De hecho, el libro parte y uno tiende a pensar, al conocer a Torres Leiva, que está frente al sicópata… Pero pronto la historia adquiere otras connotaciones y constituye, además, un reflejo del Chile de los ’90, con sus prejuicios sobre la familia y la carne viva, resentido por las heridas de la dictadura.

-Al escribir surgen elementos muy intuitivos. Cuando acabé las dos novelas me di cuenta de que terminé retratando un Iquique, un Chile muy de los ´90. Y es que mi generación estaba muy marcada por si eras hijo de padres separados o no. Si lo eras, implicaba que eras la cara del fracaso de ese matrimonio, con todo el tema conservador de la iglesia católica. Por suerte, ahora hay más naturalidad en tal sentido, pero me parecía importante mostrar eso, yo buscaba en la literatura chilena la historia de un hijo cuyos padres estuvieran separados, que su padre fuera un desastre, y no la encontraba. Me pareció importante escribir sobre ese libro que no estaba, por así decirlo. Y por otro lado está este Chile que tú planteas, fragmentado, también muy de los ‘90. Si vas a escribir sobre esa época, implica que inevitablemente tienes que hacerte cargo de lo político, lo social. Por otra parte, en general me interesa que el lector encuentre varias capas de lectura; en Camanchaca, por ejemplo, dejé algunas marcas políticas sutiles: pasar por Chacabuco, que fue un centro de detención terrible. Y en Racimo, una alusión directa a los detenidos desaparecidos cuando las madres se instalan con fotos de las niñas desaparecidas y la leyenda “¿dónde están?” afuera de la ceremonia en que participa el Presidente de la República. Cuando traté de entender por qué me interesaba este caso de las niñas me di cuenta de que era como si la historia, hasta cierto punto, se empezara a repetir. Evidentemente, la dictadura fue otra cosa mucho más feroz, pero para mí fue chocante en su momento haber visto, cuando el presidente Lagos fue a inaugurar algo a la ZOFRI, esta misma imagen de las madres buscando a sus hijas y me pareció importante plantear ese punto de manera muy explícita. Me parece terrible que nos olvidemos tan rápidamente de estas cosas que no pasaron hace tanto tiempo. Una tesis que se plantea en la novela es que el pueblo está jodido desde el comienzo, ya los abuelos de estas niñas trabajaban en la fábrica de armas de Cardoen y murieron en la explosión del año 1986; es decir, la tragedia estaba instalada desde el origen y por eso me pareció importante establecer esta vinculación, aunque en la vida real las niñas no tengan que ver con el caso de la fábrica.

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Según comenta, en el proceso creativo de Racimo, Zúñiga se encontró con la pobreza, con la discriminación, “con una palabra –desaparecido– que está tan cargada en Chile, entonces te dabas cuenta de que el caso también hablaba de otras cosas. Me parece muy raro que un libro se sitúe en el Chile de las últimas décadas y no hable, de una u otra forma, de la dictadura, de sus consecuencias. Creo que es algo que está ahí, que es inevitable”, señala Zúñiga.

– Además, tú muestras un Chile que no parece dispuesto a encontrar y reconocer sus propias verdades.

– Después de escribir Racimo, me encontré con una frase de Juan José Saer que me hizo entender, en parte, por qué me había demorado tanto en escribir la novela, y por qué, justamente, había decidido escribir una novela con un caso policial que podría haber abordado desde la no ficción. Saer dice que escribimos ficciones no para eludir el tratamiento de la “verdad”, sino para mostrar la complejidad de la realidad. Durante mucho tiempo me pregunté por qué me había obsesionado con esta historia, y en la medida que fui escribiendo la novela, entendí que justamente el tema de la violencia era algo que me impactaba mucho, no sólo la violencia explícita del caso, sino, sobre todo, esa violencia en sordina, la violencia de clase que para mí marca todo esto. Me parece que el lenguaje puede retratar y desentrañar muy bien aquellos problemas, ahondar en los silencios y en aquellas palabras que configuran una historia como esta. Parece que nadie está a salvo del mal. Ni siquiera en mitad del desierto. Eso lo iba descubriendo mientras escribía. Me fui dando cuenta de que lo que pasaba en el país era como un círculo vicioso. Evidentemente, quisiera creer que si yo tuviera que describir al Chile de ahora las cosas serían distintas, lo que no me queda muy claro tampoco… Otra de las cosas que me parece fundamental trabajar es el tema de las diferencias sociales, que marcan las vidas de manera irrevocable. Si estas niñas de Alto Hospicio hubieran sido de Vitacura, al segundo día habrías tenido a todos buscándolas.

– Otra particularidad que uno encuentra en Camanchaca y Racimo es un uso bastante prudente de elementos que podrían generar un retrato de época desde lo más anecdótico o superficial: la banda sonora, las marcas de productos…

– Me pasa que le tengo mucho miedo a las “marcas pop”. Creo que hay gente que las usa genialmente, sin que suene impostado, pero en otros casos es muy forzado incorporar algo porque está de moda. Hay algunas alusiones a marcas como PlayStation y Dragon Ball. En cuanto a la música me pasa lo mismo y por eso en Camanchaca aparece Franco Simone y ese tipo de música que corresponde más a los padres. Creo que la música debe tener mucha sintonía, mucha naturalidad en el marco de lo que pase en la historia, entonces cuando me pregunté, por ejemplo, qué música habría escuchado Torres Leiva, me pareció que cualquier cosa que pusiera sonaría impostada, pero cuando logro dar con el tono de las cosas, me parece genial que aparezcan. En Camanchaca, sin ir más lejos, el padre escucha Pat Metheny y en un momento suena Bob Dylan en la radio, un gustito que quería darme porque poco antes los personajes ven una película en la tele, The Hurricane, que tiene música de Dylan. Y cuando el protagonista compra libros en Buenos Aires ¿qué libro podría haber comprado ese personaje? Tampoco se menciona nunca el título. Me parece más interesante dejar ese vacío para que la gente lo llene. Por eso también el protagonista escucha música en un pendrive, pero nunca se dice qué música escucha.

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El norte

El desierto se transforma en un actor principal para este joven narrador, quien reconoce tal paisaje como uno de los más hermosos y desconcertantes que ha visto en su vida. “Es difícil explicarlo. Imagino que por eso he escrito sobre él”, señala.

– Has construido tu perspectiva del Norte. ¿Qué escritores han sabido escribir el Norte, desde tu punto de vista?

– Es una pregunta difícil. Creo que Rivera Letelier ha hecho un trabajo con el Norte que sería absurdo negar; evidentemente, me siento muy lejano a ese norte que él escribe. Hay algunos poemas de Zurita sobre el norte que me han impresionado; en realidad, me siento muy ignorante al respecto. Dicen que Andrés Sabella ha hecho algo bastante notable, pero lo he leído muy poco. Patricio Jara, que ha abordado fundamentalmente un Norte decimonónico, ha hecho un trabajo interesante y me parece que todavía le queda mucho por hacer con Antofagasta, que veo como un mundo fronterizo del que hay que narrar con urgencia. También está Francisco Mouat, con El empampado Riquelme, un libro fundamental para mí cuando escribí Camanchaca, porque logra capturar muy bien el paisaje del desierto. Y ya pasándonos al cine, una película que me gustó fue Nostalgia de la luz, de Patricio Guzmán, que me pareció devastadora.

-¿Finalmente, en qué proyecto estás ahora? ¿Sigues en el desierto?

– En marzo próximo voy a publicar con Random House un libro de cuentos que vengo trabajando desde hace bastantes años. Yo creo que al año escribo dos cuentos legibles, entonces me di cuenta de que varios cuentos, escritos desde 2005 a la fecha, ya tenían cierta vinculación y sentí que era tiempo de publicarlos, pero no este año porque Racimo es un animal que está muy vivo todavía. Los cuentos se alejan un poco más del Norte, porque me interesa plantear nuevos lugares. No es que se haya agotado el tema, un lugar nunca se agota. Y una vez cerrado este libro de cuentos voy a dedicarme a una novela que no sé cuánto tiempo me tomará, pero que no tiene que ver con el Norte, sino que apunta a otra cosa. Aunque todavía me dan vuelta temas, como el del buzo que vio cadáveres bajo el agua, con las novelas anteriores me di cuenta de que ya no sabría bien qué más escribir del norte.

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