Roberto Nordenflycht

Por José Miguel Carrera

nordenflych

Cierto día, como “siempre”, Manuel se preparó para cumplir la rutina diaria de trabajador de oficina. Esa era la leyenda con que lo conocía la dueña de la casa donde arrendaba una pieza. A las ocho de la mañana, puntualmente, se despedía de ella y abría la reja del ante jardín, revisaba el buzón y de vez en cuando encontraba una de las cartas que él mismo se enviaba de vez en cuando para no levantar sospechas. Pero aquel no sería como todos los días en su “normal” vida de clandestino.

Corrían los años finales de la década de los ochenta. Había asumido nuevas responsabilidades en la organización y aún no se cumplía un año desde la muerte del primer jefe del Frente, “Benjamín” Raúl Pellegrin. Era la época en que la dictadura caminaba inexorablemente a su fin y en medio de ese escenario, los rodriguistas seguían luchando contra ella, aunque se debatían en diversas contradicciones internas que, con el tiempo, también les significarían su final. Pero entonces aquello no era algo sospechara Manuel.

Caminaba por el centro de Santiago, por la vereda sur de la Alameda. Cruzó frente a un kiosco y su vista quedó atrapada en el titular publicado en primera plana del diario vespertino La Segunda, uno de los periódicos cómplices de la dictadura sangrienta. Se anunciaba, en grandes letras, acerca de un enfrentamiento armado ocurrido en el aeródromo pre cordillerano de Tobalaba, con el resultado de dos personas muertas. Uno de ellos era Eduardo, el “Aurelio” del Frente Patriótico.

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Miró hacia todos lados. Tenía la absurda sensación de que todos los transeúntes miraban la noticia y que luego volteaban a verlo a él. No podía despegar la vista de la primera plana y su titular; la angustia le recorría el cuerpo en oleadas, la misma sensación que había sentido un año antes, cuando aquella que anunciaba el descubrimiento de un cadáver en el río Tinguiririca. Y ahí estaba, otra vez ese chispazo nervioso que le recorría la columna; se sentía inmerso en medio de una tormenta que lo ahogaba; era la desgracia, la presencia súbita de la muerte que nuevamente lo venía a visitar, transmitiéndole esa sensación de espantosa inseguridad incontrolable.

Miraba con desesperación a cada transeúnte que se detenía ante el kiosco, los desafiaba a los ojos y se decía en silencio: “¡Sí, huevones, ese de la noticia era mi hermano, mi compañero, mi amigo… y me lo mataron estos asesinos!”.

Pero la gente circulaba con absurda normalidad, pues la noticia era para ellos solo una nota periodística. Los ojos de Manuel estaban húmedos. Se habían visto apenas unos días atrás, cuando Eduardo revisó detalladamente el plan operativo que Manuel le había presentado para el cumplimiento de la tarea que le había ordenado hacer. “No quiero fallas”, le había dicho con seriedad. Y ahora estaba muerto.

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No pudo disimular. Compró el diario y lo recorrió hasta dar directamente con la noticia, buscando los detalles. Le importaba un carajo que su ansiedad fuera descubierta por el vendedor del kiosco. Roberto Nordenflycht, “Eduardo”, o “Aurelio”, era uno de los muertos en el enfrentamiento. El otro era un oficial del Ejército de Pinochet. Se habían enfrentado cara a cara en el aeródromo de Tobalaba. Aurelio estaba solo y el oficial contó con el apoyo por un soldado. Había muerto uno de sus más queridos compañeros y jefes.

Eduardo había sido su seudónimo en la guerrilla nicaragüense y así es como finalmente lo llamaban todos sus compañeros. Aurelio era la chapa que había adoptado en el Frente para la lucha clandestina en contra de la dictadura. Eduardo y Aurelio eran un solo compañero. La noticia terminaba identificándolo como un importante miembro de la cúpula del FPMR Autónomo. Desde días antes, Manuel contaba con algunos indicios de que algo estaba por suceder, una posible acción, pero como era la tónica en el Frente, no sabía de qué podía tratarse en concreto.

Con muchas interrogantes en la mente y un dolor profundo en el alma, tomó rumbo al Parque Forestal. Necesitaba un poco de tranquilidad, sentía la urgencia de encontrarse solo, de poder respirar a sus anchas. Era un golpe de proporciones insospechadas para él y para el Frente. Se sentó en un banco de la plaza, le costó mucho recuperar la calma. Era el mismo lugar donde había recogido la piedra que pintó para contactarse, cuando recién había ingresado clandestinamente a Chile. Y ahora, sus dos amigos, los que lo habían recibido, estaban muertos. Habían caído siendo tan jóvenes. Benjamín a los treinta años y Eduardo a los treinta y tres. No podía contener las lágrimas. Lloraba al “huevito”, como le decía a Eduardo con cariño; ya no volvería a estar con él en los contactos, durante los encuentros y los seminarios que hacían. Pero sobre todo le haría falta en los encuentros “extra reglamentarios”, como llamaban a las escapadas fraternas que muy de vez en cuando se permitían.

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Sentado en la banca del parque, se sucedían en su mente una infinidad de recuerdos fragmentados; el rostro de su amigo, su permanente buen humor. Las palabras entrecortadas iban y veían en desorden. “…El Juanca, seguro debe estar pasándolo bien”… “puta que debe estar cagado mi compadre Cabeza”. Era la voz de Eduardo y su tartamudeo esporádico. “¿Cómo estará el Judas? Me donó la cama el huevón”. “Puta que la pasábamos bien allá afuera, Manuel, aquí no podemos andar apatotados como lo hacíamos en Nicaragua y Cuba”.

Eduardo había sido un revolucionario verdadero, sensible, íntegro y querido por todos. Había entregado su energía y la vida en la lucha contra la dictadura.

Recordó que, varios meses antes de la desgraciada noticia, había viajado con él a la Argentina. Un poco más de una semana alcanzaron a andar juntos en Buenos Aires. Le parecía que hubiera sido ayer. El primer destino del bus era Mendoza. No faltaban los nervios, pues ambos saldrían del país con cédulas de identidad suplantadas.

Habían partido de la terminal de Santiago, temprano por la mañana y esperaban llegar a Mendoza entrada la tarde. No iban muchos pasajeros con ellos y menos en el segundo piso del bus. Los lugares habían sido elegidos por Eduardo. Los había estudiado y seleccionado con antelación, según le comentó a Manuel.

-Deben ser separados y a la vista, de tal forma que nos veamos permanentemente en caso de cualquier situación anormal.

-Igual es poco lo que podríamos hacer dentro del bus, si nos quieren agarrar, -dijo Manuel. Pero Eduardo era su jefe en ese momento y él, el único subordinado a la vista.

Habían sido designados para una misión que debían desarrollar en el exterior, después de la irrupción de la GPN y la muerte de Benjamín. Argentina era solo un primer paso en su recorrido. Desde su ingreso al país, hacía ya más de tres años, para Manuel este era su primer viaje a un lugar más lejano que el otro lado de la cordillera. Pero no era la primera vez que viajaban juntos. Con Eduardo, de vuelta a Cuba desde Nicaragua, varias veces coincidieron en viajes y ahora iban juntos de nuevo, pero desde Chile. Estaban planificadas varias reuniones importantes en Cuba y Nicaragua. En esos lugares debían dar a conocer la nueva situación del Frente, luego de la muerte de Rodrigo y Tamara. Tanto Manuel como Eduardo habían participado en la irrupción de la nueva estrategia de la organización, la Guerra Patriótica Nacional, pero en lugares muy distantes entre sí.

La documentación que llevaban era buena, o por lo menos eso era lo que pensaba Manuel. Contaba también con un carnet argentino para usarlo en la compra de los pasajes aéreos. Durante el traslado en el bus a Mendoza y como medida de seguridad, la orden era que solo hablarían entre ellos cuando entraran al territorio argentino, antes no. Durante el viaje se comunicarían únicamente con las señales acordadas previamente. Estaban conscientes que el lugar más delicado para ellos era, sin dudas, la aduana del Paso Internacional Los Libertadores.

Eduardo observaba a Manuel durante los primeros momentos del desplazamiento del bus; le hacía gestos similares a los que hacen los cubanos guaposos, algo así como los choros chilenos, gesticulaciones que significaban que había que estar piola; luego pilas puestas; otras veces, ojo al charqui y varias más. Y aunque todo revestía la mayor seriedad, cada gesto que hacía Eduardo tentaba a Manuel. Le resultaba imposible mantenerse serio y no sonreír. Finalmente, como siempre sucedía, Eduardo comenzó derechamente a payasear, haciéndolo reír… y a uno que otro pasajero.

Rota la rigidez de los planes, Eduardo se acercó al asiento de Manuel, que no tenía pasajero acompañante y le dijo mostrándole una petaca pequeña de whisky, tratando de que no la vieran los otros dos pasajeros, “tómate un traguito para pasar tranquilos la frontera… y la terminamos cuando pasemos al otro lado”.

Una vez en la aduana, al igual que a los demás pasajeros, los hicieron bajar en el paso fronterizo y mostrar el carnet de identidad que llevaban. No tuvieron problemas de ningún tipo, ambos tenían experiencia en esas lides y no despertaron ninguna sospecha.

Siguieron el largo viaje a Buenos Aires, sentados juntos, recordando a sus compañeros y bebiendo a sorbitos de la petaquita.

Una vez en la capital, se alojaron en una residencial y Eduardo hizo los vínculos con los compañeros rodriguistas que trabajaban en Argentina, para informarles de la situación del Frente. Manuel escuchaba los informes orales de Eduardo en las reuniones y, por la forma en que explicaba la situación política chilena y las tareas de la organización, quedaba claro que Eduardo ya no era el joven militar que se ponía nervioso y tartamudeaba cuando le daban la palabra en los encuentros colectivos de la Tarea Militar. La misión internacionalista en Nicaragua, la experiencia clandestina y la lucha concreta lo habían hecho desarrollarse como dirigente revolucionario, digno jefe de las Fuerzas Especiales del Frente Patriótico. Decía a los compañeros que no creía en la salida cobarde y timorata de los que abandonaban los sueños, maniobrando con las aspiraciones democráticas de la mayoría del pueblo chileno.

Con respecto al jefe del Frente muerto en Los Queñes, Eduardo dijo que “tarde o temprano, la decisión del Frente de seguir luchando y la del propio Benjamín de encabezar las acciones, se transformarían en una bandera de dignidad”. Agregó algo que Manuel no olvidaría nunca: “Raúl Pellegrín es y será una bandera de dignidad de los revolucionarios chilenos consecuentes”.

Durante ese viaje sonó la alarma para Manuel: no pudo seguir hacia Cuba y Nicaragua con Eduardo, pues en la oficina de migración argentina de Buenos Aires intentaron detenerlo al detectar que su carnet era adulterado. Debió escapar en medio del escándalo que se produjo cuando una funcionaria le gritó que su identificación era falsa y llamó a la policía para detenerlo. No lo alcanzaron, Manuel salió corriendo y se perdió entre el tumulto.

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Y ahora, tanto tiempo después, con el dolor vivo en el pecho por su pérdida, sentado en el banco de la plaza del Parque Forestal después de enterarse de la muerte de su amigo, le volvía la voz de Eduardo a la mente. Le dijo, mirando los grandes árboles del parque, “tú también, hermano… también te corresponden a ti esas frases que dijiste acerca de Benjamín. Nunca permitiré que tu memoria consecuente y tu ejemplo se borren de nosotros, aunque pasen los años”.

(*) Roberto Nordenflycht, combatiente internacionalista y jefe destacado del FPMR caído hace 26 años en un enfrentamiento el 20 de agosto de 1989, en el Aeródromo de Tobalaba, Santiago de Chile.

Capítulo XVII. Eduardo, del libro “Somos Tranquilos, pero nunca tanto…” Ceibo Ediciones, autor José M. Carrera.

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2 Respuestas a “Roberto Nordenflycht

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