La Ratonera y el Combate de Arcadia

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Por Guillermo Rodríguez

Capítulo 9 del libro

DESTACAMENTO  MILICIANO JOSÉ BORDAZ

El día 16 de agosto, a las 7.30 de la mañana tenía punto de contacto con Yamil cerca de San Diego con Avenida Matta. Era un punto de verificación de la situación de los equipos y curso de las acciones que se realizarían a partir de las 11 horas.

En nuestro caso, con la Rucia habíamos dejado todo dispuesto el día 14, de manera tal que nos encontraríamos mucho más tarde para dar inicio a nuestra parte. Tras la señal de que todo estaba bien, ella instalaría un vehículo cargado de explosivos en un lugar y luego se retiraría de ahí dejando el resto de la acción a cargo mio. Mi tarea era accionar la carga con el telecomando a distancia, cuando los vehículos de la CNI llegaran al lugar atraídos por una acción de diversionismo realizado por otra unidad. Corría el peligro de quedar cercado y por ello necesitaba un vehículo para el repliegue, aun cuando podía replegarme también sin necesidad de él, corriendo algunos riesgos. Desde el punto de vista operativo, esta acción no tenía grandes grados de dificultad. A las 6.30 dejé mi casa de seguridad. Iba desarmado. Arcadia estaba participando en otra acción y me habían solicitado mi arma para otro grupo que por la envergadura de las acciones en curso requerían de mayor poder de fuego, lo que no era mi caso.

Llegué al punto de contacto con Yamil a la hora señalada y para mi sorpresa no apareció. En ningún momento pensé que Yamil no me conectaba porque yo estaba siendo chequeado o porque había problemas. De haber tenido celulares u otros medios de comunicación móviles, quizás los hechos se hubiesen desarrollado de otra forma. Por error, exceso de confianza y subvaloración de la represión, simplemente pensé que dada la cantidad de acciones y la coordinación que él realizaba, no había alcanzado a llegar y nos quedaba el punto alternativo de las 10.00 de la mañana. Esperé unos minutos y al ver que no llegaba, caminé hacia Vicuña Mackenna y tomé un microbús hacia Puente Alto a buscar mi transporte para la operación. Creo haber llegado cerca de las 8.30 a la plaza y cerca de las 8.45 a 9.00 a la casa de Adalberto.

Revisé el sector y no encontré nada anormal acercándome a la casa con toda tranquilidad. La puerta estaba entornada y las cortinas puestas de acuerdo a las señales convenidas. Un hijo menor de Adalberto me vio a distancia y entró a la casa. En la actualidad, el hombre que ayer era ese niño, cuenta a su tío Luis Saldivia Vega que en esos momentos él no sabía quiénes eran los buenos y quiénes eran los malos y que le apena enormemente el no haber hecho algún gesto de advertencia. En visitas anteriores había pasado algo similar y el niño simplemente corría a avisar a su padre que yo llegaba. Así que entré absolutamente confiado, yendo a dar a boca de jarro con el grupo represivo que me estaba esperando.

La sorpresa me paralizó una fracción de segundos y a los agentes también. Sentí las carreras a mi espalda y sabiéndome desarmado alcancé a tomar un florero de cristal de la mesa, golpeé al primero que encontré y traté de quitarle su arma para intentar escapar. Lo dejé medio aturdido y en una mirada panorámica de la pieza alcancé a divisar una subametralladora en un costado. Desde atrás, al frente y desde la pieza del costado surgieron otros agentes. Me trencé en una lucha cuerpo a cuerpo, desesperada, arrastrando al grupo a medio metro donde estaba el arma. Ellos no querían dispararme y comenzaron a golpearme sistemáticamente la cabeza con las cachas de sus pistolas. Sentía la sangre correr por mi cara en los sucesivos esfuerzos por zafarme y me daba cuenta que iba perdiendo fuerzas, hasta que finalmente sentí un golpe mayor y perdí la conciencia. Chorreando sangre a borbotones por cuatro heridas en mi cabeza, enrollado en una alfombra, fui lanzado a una camioneta y  trasladado a Santiago. En el camino, con sirenas ululando, sentía que estaban sentado sobre mí un par o quizás más agentes. Trataba de ordenar las ideas, porque sabía que a lo sumo en una o dos horas más comenzarían las diversas acciones preparadas en diversos puntos de Santiago y evidentemente me asesinarían en represalia.

Traté de hacerme el cuadro: me tienen detenido y saben de Adalberto, pero Adalberto no conduce a ningún compañero y no sabe nada del funcionamiento ni de la organización, por lo que el golpe represivo se extenderá solo si yo me quiebro. Me preparé entonces para lo que vendría. Pero ¿Quiénes son los que me han detenido? ¿Son de la CNI? ¿Carabineros? ¿Ejército? Viajamos alrededor de veinte o veinticinco minutos que para mí fueron una eternidad.

Al llegar a Santiago, me ingresaron al Cuartel Central de Investigaciones por la puerta principal. ¡Sorpresa! No son del CNI, ni Carabineros, ni FF.AA. Son de Investigaciones. Los mismos que han dado recientemente un golpe represivo a una unidad de combate de Valparaíso deteniendo a un compañero de dicha zona. Pienso entonces, que ese puede ser el hilo conductor que los ha conducido hasta Adalberto: el conocimiento que tenía un grupo muy reducido de compañeros de la existencia de una casa de seguridad en esa población de Puente Alto dado que habían venido a apoyar una operación que se desechó finalmente. ¿Será todo lo que tienen?- me pregunto. No puedo pensar más, me toman entre cuatro, de pies y manos y entran corriendo llevándome por un pasillo del primer piso, me meten a una pieza llena de camarotes (después sabré que es el dormitorio de la Brigada Investigadora de Asaltos), me ponen una venda en los ojos, me patean, me ponen cabeza abajo sujetándome  por los pies y me aplican abundante líquido por mi nariz buscando ahogarme, que pierda el control, como parte del ablandamiento previo.

Una voz pregunta nombre y entre mi ahogo doy la chapa que uso, Juan Carlos Pobrete, un amigo de la infancia cuya dirección también puedo entregar porque es de una familia de la población donde viví parte de mi infancia. Se ríen. Me levantan y me dejan parado, sin tocarme.

Una voz dice que saben que me llamo Guillermo y, agrega:

– Ustedes se metieron con Investigaciones… nosotros no somos como los “otros”, nosotros somos profesionales… la cagaron al meterse con nosotros…-, insiste la voz.

Se produce un corto silencio y otra voz dice: “que revisen las heridas y prepárenlo”.

Alguien me toma del hombro y me lleva a un baño. Me piden que me saque la ropa y la revisan cuidadosamente. Alguien trabaja en mis heridas en la cabeza limpiándola y poniéndome puntos. Luego me inyectan un sedante. Me visto nuevamente y ahora me esposan, llevándome a una sala amplia de piso de madera. Me sientan y frente a mi, un hombre joven, de pelo claro, me saca la venda y me dice que él trabajará conmigo. No sé si lo hacen para que yo sepa o si cometen un error pero logro escuchar claramente a Adalberto gritando en algún lugar. Me toma las huellas dactilares. El hombre no muestra apuro ni se ve adrenalínico.

-¿Para qué metiste al baile a ese buen hombre?- pregunta mientras termina de tomarme las huellas, y agrega como para calentar motores:

-Te estuvimos esperando varios días, tenemos el uniforme de los pacos y los dos revólveres inservibles. ¿Así que de las milicias? … ¿Por qué no nos ahorramos tiempo? ¿Quiénes te detuvieron para el 73?

Mi cabeza va a mil por hora. No saben. No saben quién soy yo. Solo tienen lo que Adalberto o la mujer… por lo tanto saben de mí que estuve preso, mi nombre, que soy parte de las milicias…

– Ya pues hombre, conversemos, si al final igual no más vamos a saber todo. ¿Quién es el flaco que llevó el uniforme a la casa del viejo? ¿Qué ibas a trasladar hoy? ¿Explosivos? ¿Armamento?

No respondo y el “bueno” se ríe, canta en voz alta y luego de un par de minutos  sale de la pieza. Entonces entran los “malos”. Comienzan los golpes, ahora me tienden en una especie de mesón y vuelven a introducir líquido por la nariz mientras preguntan por el flaco rubio que estuvo en la casa, por su nombre, qué cosa debía trasladar, donde debía buscarla, donde la iba a llevar, a dónde vivo, quién es mi contacto. No puedo respirar ni tampoco contestarles. Es un ablandamiento a lo bruto, pareciera que no tienen una pauta o pareciera que no quieren dejarme que piense. No sé cuánto duran los golpes, luego me arrastran a la pieza de los camarotes y me cuelgan esposándome solo de una mano, mientras pegan y gritan que traigan “la máquina”. No sé cuánto dura esto, quizás media hora o más.

De repente se hace un silencio espeso y siento numerosos pasos y la actitud de los detectives cambia. Alguien importante ha llegado. Imagino que es de alto grado porque le informan de mi detención, de Adalberto y que existen “procedimientos”, que se están realizando. Siento el ingreso de otra persona. Son pasos de un hombre pesado. A través de la venda veo los bordes de abrigos grises. Entonces una voz dice:

– Es el Diego, el Alma Negra, fue de la tropa del GAP, lo tuvo la FACh el 73. Estaba en el curso del Comité Central en Punto Cero. Puede ser de Fuerza Central, de milicias o del Regional.

El que habla me conoce desde mucho tiempo porque en Chile son pocos los que conocían en esos momentos mi sobrenombre y mi trayectoria. Pero tampoco sabe mucho más el que está hablando. Se alejan un poco de mi lado y murmuran. Entran nuevas personas agitadas, quizás corriendo. Algo pasa pero no logró saber. Me imagino que las operaciones acordadas ya se están realizando por parte de las milicias y eso provoca el revuelo. Alguien lo confirma: un bus está siendo incendiado en Vicuña Mackenna con Diez de Julio y hay disparos en ráfagas.

El que manda lo toma con tranquilidad:

– Están en movimiento y eso es mejor para nosotros. ¿Está claro lo que tienen que hacer? – pregunta y alguien del grupo responde que están en terreno.

El de la voz autoritaria se acerca a mí. Huelo su loción, es lavanda. Me doy clara cuenta que está dramatizando o preparando algo:

– Así que ahora estás en las milicias, huevoncito… así que tu eres uno de los que no fue capaz de defender al Chicho en La Moneda ¿Ah? ¿Te faltaron huevos?  Dejaron sólo al pobre viejo… así son ustedes, cobardes, asesinos despiadados que atacan por la espalda. Capaz que seas uno de los que mató a mi coronel Roger Vergara, o de los asesinos del sargento Tapia Barraza. O uno de los maricones que le disparó a una mujer. ¿No tienes vergüenza de tener agonizando a la mayor Ingrid Olderock?

El hombre no se acelera, ni grita, ni nada parecido. Es frío y maneja la situación como rutina.

No logro saber qué ordena después. Lo siento salir y me dejan en manos de los “malos”, quienes me golpean durante largo rato gritando preguntas, concentrándose en las costillas y en el hombro izquierdo sistemáticamente. De repente, todo cambia. Siento que entran varios enojados, gritando, molestos, amenazándome:

– ¡Ahora sí que te cociste concha de tu madre!

– ¡Hay dos colegas heridos!– grita a viva voz uno.

– ¡No estaba asegurado el operativo, no estaba asegurado!– grita otro.

Todos hablan, se gritan, recriminan. Ahora sí que me llegó la hora – pienso – comenzaron las acciones planificadas…

Siento que salen todos, que van a algún lugar y solo queda uno del cual no distingo su voz, insultándome, golpeándome casi sin ganas. ¿Dos minutos o diez? Ya no logro calcular el tiempo. El que golpea se aburre y me deja durante algunos minutos.

Entonces vuelve a aparecer el “bueno”: me toma del brazo, me conduce a una silla, me esposa a ella, me saca la venda y me mira largamente. Él es joven, un poco gordo, pelo castaño, rizado,

– Bueno, quizá ahora podamos hablar más en confianza Guillermo – dice casi jovialmente. Así que tú eras el Alma Negra… los colegas de otros servicios te tienen muchas ganas. ¿Para qué se metieron con nosotros? No somos lo mismo… con nosotros ustedes se cortan el pelo, no tienen ninguna oportunidad.  Pensábamos que eras más alto, más grandote. ¿Por qué no estabas armado? ¿Te descuidaste?

Sigo con mi cabeza a mil. ¿Por qué no me torturan? ¿Por qué tan calmados? ¿Se están realizando o no las acciones? ¿Dónde fueron heridos?

– Mira, ya llegó tu ficha y los colegas están visitando la casa de tus padres en la Villa Frei, las de tus hermanos, y otras más. ¿Así que te tuvieron los de la FACh el 73? ¿Para qué volviste?… podías haberte quedado en Canadá tranquilamente… en todo caso quiero que tomes con calma lo que te voy a decir…

Mi cabeza sigue a mil. ¿Por qué tan conversador? ¿Por qué tanta deferencia? Lo miro y siento que el detective está incómodo, que no quiere decir lo que dirá:

– Ya te teníamos chequeado. Hoy día tuvimos que ir y hacerlo rápido, tu eres profesional y sabes que teníamos que hacerlo porque el hilo se podía cortar. Tuvimos mala suerte y tú también. Fuimos a tu casa. No sabíamos que vivías con la Negra. No la habíamos visto. Ella se fue en collera. Dura la Negra. Nos pilló de sorpresa y dejó herido a dos colegas. Murió peleando. ¿Por qué chucha no supimos que vivías con ella?

No puedo pensar. Es demasiado, es horrible lo que dice, inaceptable.

– Mentira. Yo no vivo con nadie. Estoy parando donde un amigo…

El detective me mira con pena. Sabe que no lo esperaba, sabe que me estoy derrumbando.

Y ahora estoy en tinieblas. No sé cuántos días me han seguido, no sé si es verdad lo que dicen, no sé si han llegado a la casa y si han llegado, entonces tienen todo. Entonces comprendo: por eso no me han torturado. Han llegado a mi casa y a todo lo que en ella guardábamos, han matado a Arcadia y tienen el informe que preparaba para el Mando, los archivos, documentos…

El detective sabe que debe profundizar y grita que traigan cosas de mi casa para que yo las vea. Entra otro detective sonriendo y mirándome con arrogancia. Muestra algunos cassettes, libros y deja caer la frase que ya estaba esperando:

– Ahora nos vamos a encargar de que todos sepan que entregaste a tu propia mujer – y se retira en medio de las carcajadas de los restantes detectives que escuchan en la otra pieza.

Humillado. Atontado. Descolocado absolutamente. Siento que corren lágrimas por mis mejillas y aprieto los dientes.

El “bueno” pone en mi propia cassettera una canción de Santiago del Nuevo Extremo. Está profundizando mi desaliento, mi desmoralización. Su técnica es distinta, sutil, no requiere violencia. Entonces llega el que estaba a cargo en la ratonera. Es moreno, bajo, fornido, de bigote recortado y crespo. Tiene en sus manos el portafolio donde están los stenciles de los “Milicianos” y el acta-informe de síntesis de la última reunión de la coordinación militar junto a muchos otros documentos. Lo hojea, lee en voz alta diversos párrafos. Encoge sus hombros abriendo sus brazos en un gesto definitorio.

– Nada que hacer pues cabro, aquí está todo y clarito.

No hay alegría ni satisfacción en su cara. Distante, quizá profesional. Ya no habrá más golpes ni mofas de sus colegas.

Me vendan nuevamente y son varios los que ingresan a la sala  arrastrando bultos que supongo son maletas, maletines, libros, documentos, ropa, la máquina de escribir y los boletines impresos de “El Miliciano”. Tienen un universo completo de información y todo tipo de pruebas.

No tengo alternativa. No puedo negar lo que ellos tienen como prueba directa. Entonces decido que asumiré las acciones y ratificaré mi responsabilidad en las acciones, que no tengo más alternativa que defender la legitimidad de la Resistencia y de la lucha armada en lo que venga por delante.

En las horas posteriores vienen largos periodos de declaraciones e interrogatorios sobre lo que van encontrando. Se van relevando los detectives y van escribiendo en una máquina mis respuestas en una declaración extra judicial.

El trato cambia. Frío, impersonal, distante, a veces respetuoso dependiendo del agente que me interroga, aún cuando hay dos o tres que no dejan pasar la oportunidad para apretar las esposas, colgarme o pegarme sin buscar ninguna información, simplemente por el placer o por rencor, como lo confiesa uno que había estado en un equipo del cual escapamos tras un enfrentamiento en el triple asalto de calle Santa Elena.

Pero aún quedan algunas cartas por jugar. Al anochecer llega detenido Inanimado. Han allanado su casa y su hermana, en un gesto tremendo para proteger a su hermano, se ha entregado como culpable señalando que tenía una relación amorosa conmigo y que no sabía de mis actividades. Inanimado es retenido porque trabaja en una embajada y suponen que él proveía información. Luego llega detenida la dueña de la casa que había visitado en busca de Arcadia. Escucho sus declaraciones y luego la sacan de la pieza grande y ya no sé más de ella. Posteriormente oigo los interrogatorios de Inanimado, y se comporta extraordinariamente: niega participación en la Resistencia y señala a un personaje ficticio como asiduo a la casa junto conmigo.

Once o doce de la noche. Nos sacan la venda y nos dejan esposados, colgando de los camarotes pero semi sentados en una banca. Se hace un silencio largo y tanteamos conversar. No hay nadie en la cercanía. Entonces Inanimado me cuenta que había escuchado en la radio del allanamiento a una casa en Quinta Normal durante la mañana y que había una persona muerta. Me confirma que ya en las milicias sabían que era mi casa pero que no sabían bien si yo estaba vivo o muerto. Que los jefes de unidades ya estaban tomando precauciones y se habían suspendido acciones, reuniones y se había ordenado dejar las casas que yo conocía.

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Cecilia Radrigán, la Flaca, combatiente de la Fuerza Central en esa época, íntima amiga de Arcadia, me cuenta años después, que ese día ambas se juntaron a temprana hora, después que Arcadia había entregado las armas a los compañeros que realizarían las acciones definidas. Estuvieron un rato juntas y Arcadia se marchó cerca de las diez de la mañana, según le dijo, porque debía estar lista para las acciones en curso.

Según la dueña de la casa que arrendábamos, Arcadia llegó cerca de las diez y media o más, entró a la pieza y salió luego a la feria regresando con bolsas llenas de verduras. La dueña cuenta que desde temprana hora se veía mucho movimiento de vehículos transitando por la calle generalmente tranquila y de poco movimiento. Cuenta que Arcadia fue al patio del fondo de la casa y allí estuvo unos minutos para luego regresar hacia la parte principal cuando sintió que entraban los detectives. La dueña de la casa de Santa Petronila 644, Quinta Normal, señala que Arcadia los contuvo a balazos a la entrada del pasillo, los hizo retroceder hasta la calle hiriendo a algunos y luego entró a la pieza. Entonces los agentes lanzaron una granada o algo incendiario antes de arremeter. Cayó acribillada en el pasillo mientras comenzaba a incendiarse la pieza que habitábamos.

Según deduzco –porque ya habíamos vivido una situación similar en un allanamiento rastrillo en la zona –, Arcadia debió haber percibido algo extraño en el barrio a su regreso, por lo que decidió salir a explorar la zona, enmascarando su salida como ida a comprar a la feria. Debe haberse percatado que estaban chequeando la casa o preparando el allanamiento y regresó a quemar documentación o a buscar su arma. Me imagino que intentó quemar documentos en el fondo del patio donde había un fogón –acción que ya habíamos usado la vez anterior, y es en ese momento que entran los detectives, desatándose el enfrentamiento que la dueña de casa relata. Años después, visitando la casa, pude ver los orificios de bala en el pasillo interno, en la pieza y en las ventanas.

Al amanecer, el detective que juega al amable, entra al dormitorio y me informa que la señora detenida ha sido puesta en libertad porque no había cargos contra ella.

Es el turno ahora de los duros, de los golpeadores que vienen a buscar los contactos hacia arriba y hacia el resto de la organización miliciana. Nada han logrado saber por Adalberto, ni de la compañera ayudista ni por Inanimado. Ahora sí que no hay más hilo porque no he visitado en los días precedentes ninguna otra casa. Quizás tienen identificada a la Rucia, porque estábamos trabajando juntos en cronometrar el tiempo para hacer detonar la carga coincidiendo con un vehículo en movimiento, pero la resistencia de Arcadia ha puesto a todos en alerta y saben que, por regla de la organización, no deben visitar ninguna casa por mí conocida. Los puntos hacia arriba y hacia abajo son de fácil manejo: doy puntos cualesquiera y ellos saben que no les sirven porque ya la noticia del enfrentamiento de Arcadia es de conocimiento público.

Los días posteriores son de simple manejo administrativo para ellos. Son largas horas de declaraciones respecto a las acciones realizadas. Prácticamente en los informes escritos y en los milicianos tienen todo el material para configurar la declaración extra judicial. Sólo un par de ellos siguen hostigándome, colgándome, apretando las esposas.

El “bueno” se relaja en un interrogatorio y cuenta que aparecí por la casa ratonera el último día que ellos esperaban. Según su versión –que puede ser una versión construida ex profeso- llegaron a detener a Adalberto porque su hijo menor había encontrado el uniforme y las armas descompuestas que estaban ocultas, se había disfrazado con ellas para ir a pasearse a la Plaza de Puente Alto donde había sido detenido.

La situación llega a límites kafkianos: un día repentinamente suspenden las declaraciones y sin decir agua va, me instalan junto a Inanimado frente a un televisor con orden de no mirar hacia atrás. Luego la pieza se llena de gente y comienza la transmisión de un partido de fútbol internacional. Detrás de nosotros, los detectives comen, toman y lanzan tallas. De repente aparece frente a mis ojos solo una mano y una bandeja con un trago y un pedazo de pizza. El que obsequia comenta: ahora todos somos chilenos hinchando por nuestra selección.

Pasan un par de días y llega el turno de la CNI y de Carabineros para interrogarme. Ellos también tienen causas que investigar. Dos días prestados a cada institución, con un detective presente en cada oportunidad recordándome en cada momento que no debían sacar nada nuevo de mi parte o lo pasaría mal al llegar al cuartel.

Inesperadamente, cuando me interroga la CNI, un agente me saca la venda y me enfrenta cara a cara:

– ¿Te acordaí de mí conchetumadre? ¿Te acordaí del Banco Santa Elena? ¡Dejaron para la cagá a cuatro compañeros míos! ¡Maricón! ¿Por qué no pelean como machos? ¡Viven escondidos los huevones! ¿Te acordai de mi o no chuchetumadre?

Claro que lo recuerdo. Es vecino de la casa de mi madre, conocido desde mi adolescencia.

¡Rechuchatumadre! –Insiste– ¡Tu pobre vieja y tu hermana están medios locas porque saben que te tenemos, maricón culiado!

Es la forma especial que tiene de avisarme que mi familia sabe que estoy detenido y donde estoy. Semanas después, ya en libre plática, mi madre me cuenta que él en persona le había avisado el mismo día de mi detención, lo que había significado poner recurso de amparo y movilizar de inmediato a la solidaridad internacional y principalmente a los representantes diplomáticos de Canadá y de Francia. Un par de años después, este agente del CNI se suicidó.

Luego de 17 días de estadía en la Brigada de Asaltos, periodo en el cual me inyectaron varias veces algún tipo de sustancia, llegó el momento de entregarme a Tribunales y Fiscalías Militares y presentarme a la prensa. Es el turno del periodista Pablo Honorato para una nota exclusiva. En una oficina está su equipo que comienza a filmarme sin preguntar nada. De repente el periodista  me insulta porque no bajo el rostro frente a las cámaras y porque estoy saliendo altivo y arrogante. Escupo su cara y él me devuelve una patada. Aun cuando estoy esposado, devuelvo la patada y lo puteo. No bajo mi rostro y así enfrento más tarde a la totalidad de reporteros y prensa.

Los asesinos de Arcadia -ex funcionarios de Investigaciones- en la actualidad están procesados y condenados. Las diligencias judiciales demostraron que, durante el allanamiento,  Arcadia gravemente herida, fue ultimada con un disparo en la cabeza.

Guillermo Rodríguez Morales: Ex jefe de las Milicias de Resistencia Popular del MIR, es columnista en diferentes medios y ha publicado dos libros con la editorial LOM:

Año de publicación:

2007

Año de publicación:

2003

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