La lucha continúa

Por Rocío Reyes Abovich

Habían transcurrido diez años de la salida forzosa de “mi país” cuando regreso en 1984.

Con dieciocho años, y la inquietud natural de una adolescente buscando sus raíces, logro aventurarme a conocer aquel lugar que mis padres habían dejado atrás con tanto dolor y sufrimiento. Ese sitio llamado Chile que para mí era reminiscente de infancia, olor a café con leche a la llegada de la escuela y de las clases de ballet que tanto gozaba y nunca más pude continuar. Sí, porque el exilio significó ruptura, separaciones, distancias, idiomas y poblaciones nuevas que marcarían mi vida por siempre. Nunca más tendríamos el abrigo y cobijo de nuestra nana.

Ahora debíamos cuidarnos nosotros mismos y con responsabilidades que no corresponden a un niño. Mi madre, ya separada de mi padre, trabajaba largas horas para sostener nuestro nuevo hogar y asegurar los ricos chocolates y juegos de Monopoly (La Gran Capital) los viernes por la noche. Era nuestro ritual de exilio, el momento en que estábamos mis hermanos y yo junto a ella y éramos felices.

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Gottfried Helnwein

Pero todo llegó a un abrupto fin una mañana de otoño londinense cuando, entrando a hurtadillas a la pieza de mi madre para no despertarla, presiento que algo no está bien. Me acerco lentamente a su cama y le toco sus pies, y con la inocencia de una niña de doce años no quiero creer lo que siento, un frío que traspasa las mantas. Salgo y le aviso a mis hermanas mayores que algo sucede con la mamá. Ellas, estoicamente, asumieron sus roles y constataron lo irrefutable: estaba muerta. No hay golpe más grande en este mundo que perder a tu madre, sobre todo siendo una niña. Teniendo un padre muy presente, pero a miles de kilómetros de distancia en el Norte de África, comenzamos a vivir el duelo de la partida de la mamá, y el fin de su idea de que este exilio sería por un tiempo corto. Madre mía, hoy te recuerdo y lamento decirte que han transcurrido 42 años y aún no hay paz, verdad, ni justicia en Chile.

De estos 42 años ya llevo 29 viviendo en Chile. Más de la mitad de mi vida. Es que cuando uno ha tenido que cambiarse de casa y país tantas veces cifras como éstas cobran mayor significado. Vivo como una chilena más, pero en mi fuero interno me siento distinta, y no es sólo el exilio sino también vivir la represión de la dictadura de una forma silenciosa, no tan muda como la de miles de chilenos; pero igual callada, no publicada para ser conocida por todos. Porque soy un personaje anónimo que tiene su historia que contar, una historia surcada de momentos amargos de la dictadura y la contrariedad que ha significado vivir en este país en “transición”. Esperando el momento en que no exista un pero para disfrutar el aroma de la primavera.

Era el inicio de mi primera primavera ya residente en Chile, había vivido in situ el horror de la Operación Albania donde 12 chilenos habían sido acribillados en una sangrienta “batalla” unilateral de la Central Nacional de Inteligencia (CNI). El terror lo envolvía todo pero también, como relámpagos de esperanza, viví las protestas que eran gritos desesperados buscando fin al terror, buscando paz, tranquilidad y una forma digna de vivir la vida.

Ese día 3 de septiembre de 1987 había partido rumbo a la universidad como todos los días. Sin embargo un hecho en particular hacía el ambiente más tenso de lo usual: El Frente Patriótico Manuel Rodríguez había secuestrado al Coronel Carlos Carreño, quien trabajaba en FAMAE (Fábricas y Maestranzas del Ejército de Chile) y lo buscaban por todo Santiago. Mi compañero me había advertido que tuviese particular cuidado ya que nosotros, como retornados, éramos los blancos ideales para los agentes de seguridad. Aquella tarde retorné a mi hogar. Al bajar de la micro me enfrento a un cerco militar rodeando el barrio donde vivía junto a mi compañero Tito. Un militar con metralleta en mano me ordena presentar mi documento de identificación. Luego me da la autorización para seguir camino a casa. Ya comenzaba a oscurecer. Abro la reja de entrada al patio de la casa donde arrendábamos un pequeño cuarto trasero con entrada independiente. Al llegar a la puerta soy abordada por diez hombres -que salen desde el interior y detrás del jardín- que se identifican como miembros de la CNI. No entendía nada. Era algo surrealista entrar a nuestro santuario de amor y encontrar todo revuelto, violentado y ser sometida al interrogatorio incesante de los agentes. Insistían en preguntar quién era yo, quién era mi compañero, qué hacía él, a qué hora llegaría. En medio de todo este torbellino comienzo a sentirme mal y les digo: “Estoy embarazada de 5 meses”. Necesito ir al baño. Ya estaba con contracciones, pero mi mente rehusaba admitirlo por lo que seguí ahí, de pie, sometida al extenso cuestionario, deseando que Tito no llegara para que no sufriera lo que ya había vivido el año 1973.

Han transcurrido unas dos horas y siento que hay movimiento al exterior. Pregunto a los agentes qué ocurre. Sólo me dicen que me quede donde estoy, que nada pasa. Mentira. Había llegado Tito quien fue asaltado por decenas de agentes. Lo encapucharon, le pusieron una pistola a la cabeza y le dijeron: “Si te mueves, te mato”. Fue arrastrado a un furgón sin saber su destino. Sin saber si sería el próximo detenido desaparecido que engrosaría más aún la larga lista ya existente en Chile. De todo esto me enteré mucho después.

En el intertanto yo seguía al interior del domicilio en una angustiosa e incierta espera. Pasado unos 20 minutos me dicen que debo ir al cuartel a declarar, que posteriormente sería devuelta a mi domicilio. Antes de partir, le di a la dueña de la casa, quien también había sido sometida a interrogaciones –y cuyo nieto pequeño había presenciado el asalto al domicilio–  el teléfono de una prima que era abogado. No sabía si el miedo y las amenazas de los agentes serían más fuertes y ella no llamaría. Era un riesgo que tenía que correr, no sólo por mí, por Tito, sino también por el niño que llevaba en mi vientre. El rostro de esa mujer asustada, y mi súplica interna de que llamara a ese teléfono, fue lo último que vi antes de ser conducida al cuartel de Investigaciones de Chile en Santiago.

Al ser bajada del vehículo, lo primero que veo es a Tito al interior de un furgón, encapuchado, con la cabeza colgando entre sus piernas. En ese instante, sale desde lo más profundo de mis entrañas una voz de autoridad que dice “¡Yo no me muevo de aquí hasta que no lo bajen del furgón!”. Tenía que asegurarme que estaba vivo y que seguiría a mi lado como lo había hecho siempre. Entramos juntos al cuartel, sin poder dirigirnos la palabra, pero uno al lado del otro al fin y al cabo. Esa noche fue la más larga y negra de mí vida.

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La oscuridad del calabozo al que me habían forzado a entrar era desorientadora y enceguecedora. Tanteando a ciegas el frío de la banca logré ubicar el lugar más próximo a la puerta. Esa puerta era mi única conexión con el mundo. A través de ella imploraba que me dieran comida, algo caliente, que portaba una vida en mi interior, un tesoro preciado al que le debía todo el cuidado y amor del mundo. Nada. Sólo el duro silencio de la puerta me contestaba. Pasaron las interminables horas y llegó el día.

Con él, luminosidad de la Cruz Roja Internacional, quienes eran testigos de nuestra detención, pero por sobre todo, de nuestra existencia. Nunca agradecí tanto haber aprendido francés en el exilio de Argelia como aquel día que pude decirle al médico de la Cruz Roja que yo estaba embarazada, que mi marido estaba ahí en el recinto y que temía por su bienestar. Este doctor hablaba español, sin embargo, yo requería de esa complicidad, esa proximidad que sólo el idioma nos podía dar. Desde ese momento en adelante fuimos, tanto Tito y yo, trasladados para recibir algún tipo de alimentación.

Ese mismo día que resplandecía con la llegada de la Cruz Roja, se encendió más con la aparición de un ángel. Sin saber a dónde iba, fui dirigida a una oficina. Entro y veo el elegante pero serio rostro de mi prima abogado. La señora, dueña de la casa, había sorteado su miedo y optado por la solidaridad vital de un llamado telefónico. Una vez en la oficina me entero que estaba frente a Sergio Oviedo, Sub-prefecto de Investigaciones.

Sostuvimos una conversación breve, donde me pidió que colaborara. Mi prima aseguró que me cambiarían de lugar. Gracias a ella, su  valentía y fraternal corazón, fui llevada a una celda donde tenía cama y baño. Los interrogatorios continuaban, y sin periodicidad determinada entraban a mi celda los agentes para hacerme las mismas preguntas de siempre. Cada vez que tocaba alimentación me encontraba con Tito, teniendo prohibido el comunicarnos. Sólo con nuestras miradas cómplices de amor nos nutríamos de verdad. Cada uno fuerte para no dar preocupación al otro.

En uno de estos encuentros nos cruzamos en la escalera y él, silenciosamente, y sólo para mis oídos me dice en inglés: “Last night they talked to me” ( Anoche me hablaron). No fue hasta ser liberada 10 días después que me enteré de lo que realmente me había dicho y mi inconsciente no quiso escuchar: “Last night they tortured me” (Anoche me torturaron).

Porque después de tres días en el cuartel de Investigaciones fui trasladada en calidad de incomunicada a la cárcel de San Miguel en Santiago. Ahí permanecí una semana. Viviendo en el silencio y la complicidad de otras compañeras incomunicadas, con la angustia de las persistentes contracciones, pasaba el tiempo. Insistía en ser vista por un médico, pedido que se me concedió. Sin embargo este profesional -que había hecho su juramento hipocrático- nada hizo por mí o la vida que abultaba mi vientre.

En estos días de silencio, no estuve sola. Recibí el aliciente de su primera patada. Es que mi niño me decía: “Mamá, estoy aquí. No estás sola. Hay que seguir luchando”. Me quedé tranquila, y le cantaba para que supiera que todo iba a estar bien, que algún día estaríamos él junto a sus hermanos, junto a su padre, juntos como familia. En una de las tantas visitas a la Fiscalía Militar, el actuario del Fiscal Torres me preguntó: “¿Qué hace en su tiempo incomunicada?”. Le respondí: “Canto un aria de El Mesías de Handel”, con lo que replica, “¡Si hasta los curas son comunistas!”. Por un momento pensé que había una gota de humanidad en estos personajes, con sus ternos y escritorios de utilería de justicia. Cada visita a ese lugar aumentaba el arsenal que habían “encontrado” en nuestro pequeño lecho de amor.  Una de esas visitas coincidió con el 11 de septiembre y yo recorría las calles de Santiago encerrada junto a mi bebé en un carro de gendarmería. Aún aislada del mundo podía sentir el silencio y el dolor de la muerte y el terror de las calles de la ciudad.

Mi reencuentro con la ciudad fue el día que me liberaron, sin cargos y por falta de méritos. Así, sola, me mandaron a la calle. Sin dinero o alguien de mi familia que me recibiera. Pero, como es característico de quienes luchamos por la justicia social, había afuera una familia solidaria de otra joven que también era liberada. Fueron ellos quienes me ayudaron a llegar donde familiares. Estos primos me recibieron con calor y amor incondicional, y me acogieron hasta el nacimiento de mi hijo.

El día que nació, su padre seguía preso, su columna fracturada, inmovilizado por quizás cuánto tiempo. Debió aprender a caminar nuevamente en la oscuridad e insalubridad del hospital de la Penitenciaria de Santiago. Las torturas habían sido tan brutales que mi compañero había terminado en la Posta Central con lesiones graves. Desde ese momento en adelante me aseguré de estar a su lado. Exigí permiso para entrar al hospital diariamente para asearlo, alimentarlo, cuidar de él. Y así pasaron cuatro meses. El tiempo transcurre lento en el encierro, pero los momentos juntos transcurrían velozmente y alimentaban las fortalezas para superar el horror y traer al mundo a este niño que era señal de vida y no de muerte.

Y vencimos a la muerte, y seguimos luchando por un país mejor. Pasó más de un año que Tito estuvo preso entre la Penitenciaria y la Cárcel Pública de Santiago. Sin privilegios, como los tienen hoy los pocos torturadores y asesinos de la dictadura que están presos. Seguimos buscando verdad y justicia, y luchando contra la impunidad que se le ha regalado a la dictadura.

Se han cumplido 42 años desde el golpe militar que quebró con sangre a nuestro país. Sin embargo, seguimos regidos por la constitución impuesta durante la dictadura militar. La transición pactada a la democracia nos impide tener elecciones representativas. La municipalización  y privatización de la educación en Chile ha significado que sólo aquel que tiene dinero tiene una educación de calidad garantizada. La mercantilización de la salud ha inhumanizado la atención de salud en mi país. Solo el que tiene dinero o “capacidad de endeudamiento” puede asegurar una atención digna de salud. La mayoría de los exiliados sigue viviendo la nostalgia de su país. Añoranza que me inculcaron mis padres, que perdura en mí,  con la cual he tenido que aprender a vivir. Después de 43 años de tener un pie en Chile y el otro en Londres me he dado cuenta que no hay un lugar que lo tenga todo. Que tanto allí en Inglaterra, como aquí en Chile hay que seguir luchando por la justicia social, por un mundo mejor, por la alegría de los niños, la tranquilidad de la familia y un futuro lleno de esperanza y creación.

Han transcurrido 29 años desde que hice de este país mi hogar, he cultivado mi vida y mi familia. He aprendido que Cristóbal Colón no descubrió América, que los dueños de estas tierras eran de pueblos originarios, como Mapuche, Kawashkar, Aonikenk, por nombrar algunos. Que ellos tienen derecho no sólo a las tierras, sino a existir como Estado Nación. Ellos quienes han sufrido más de 500 años de represión siguen luchando por sus derechos.

Entonces, a 42 años del golpe militar, habiendo sufrido el exilio, grandes pérdidas, la distancia de mi familia en exilio, encarcelamiento y represión, sigo aquí para continuar construyendo un mundo mejor junto a todo aquel que aspire a lo mismo.

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