El último estrafalario

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He escuchado una historia del Frente. Fue en una camioneta rumbo a Valparaíso. No he parado de reír. Habitualmente los relatos del Frente son tristes o heroicos. Pero éste no. La muerte nunca es el final de la memoria; tal vez sólo el comienzo. El inicio de algo que nunca finaliza, como una bala que nunca se detiene, o un libro que se va escribiendo diariamente.
“El tenía 20 o bordeaba esa edad. Éramos muy jóvenes. E hicimos lo que sentíamos. Lo demás era morir sin dar la batalla. Entonces era mejor morir luchando que acostado o viendo televisión”, me dice Simaldone o Evaristo, como lo apodan, mientras conduce. Va a más de cien kilómetros por hora pero el vehículo apenas parece avanzar.
Simaldone tiene ahora más de cincuenta años y varias vivencias por contar sobre aquellos años.
“Era diciembre de 1985. Creo que meses antes había muerto la escritora Marcela Paz. No sé porqué me acuerdo de eso. De eso y del calor en un cine viendo una película de Paul Newman junto a una ocasional polola unos días antes“, me manifiesta y continúa: “Aquella tarde caían los patos asados en la Estación Central. Era un poco antes de la salida del trabajo. Recuerdo que vi tres Viejos Pascueros mezclando una cerveza con Fanta en la esquina de Meiggs…”
Se ríe y me cuenta como si fuera hoy que ese día no cabía un alfiler entre medio del gentío y el sol estaba allá arriba enviando una tormenta de calor sobre los pobres santiaguinos. 
Simaldone tenía que hacer un vínculo, un encuentro, con alguien -un joven- que no conocía en la entrada de la Estación Central a las seis y media de la tarde. Villancicos y cumbias se retorcían y el mar humano parecía balancearse con el ritmo. Sin embargo, justo frente a la entrada de la Estación Central, la masa parece abrirse para evitar un peligro o una cosa repugnante. El gentío temeroso esquivaba algo maligno. Simaldone -con el diario bajo el brazo- lento se fue acercando. Fue entonces que lo vio. En el suelo estaba un hippie con el pelo desaliñado y los pies llenos de tierra. Unos pantalones con flores que parecían no haberse lavado jamás  y una polera amarillenta llena de agujeros eran su singular atuendo. El veinteañero parecía un mendigo. Su rostro aindiado tampoco contribuía a una mejor presentación personal. El rojizo de sus ojos evidenciaba el consumo de marihuana desde hacía horas. Y sin embargo estaba ahí, sentado en la mitad de la vereda, con El Mercurio en las manos simulando leer la vida social. Pero había otra cosa que portaba que era más extraña: un libro de Papelucho.
Para Simaldone y el resto de los casuales transeúntes era una escena curiosa. Algo -en realidad todo- no encajaba.
Simaldone no creyó que ese artesano marihuaneado sería el vínculo que buscaba. Y sin embargo él y aquel jovencito llevaban los periódicos cual inevitable señal. Simaldone se acercó mirándolo con detenimiento. Era imposible pero prosiguió con el protocolo. Estando a menos de un metro le lanzó la pregunta:
– Oye, tú jugabas en Independiente de Cauquenes?
– Claro. Pero eso fue hace mucho. Me quebré la tibia- respondió el estrafalario confirmando lo acordado. Era él.
– Tomemos una cerveza y conversamos de eso- señaló Simaldone.
– Ya pues- sentenció el hippie sonriendo al mismo tiempo que rápido se ponía en pie guardando el diario y el libro.
Caminaron entre la gente rumbo a un restaurante próximo. Simaldone de improviso sintió un olor nauseabundo.
– Apaga eso- le señaló Simaldone al verlo encender un cigarro  delgadísimo de hierba.
-Cómo te dicen, muchacho?- le preguntó.
– Cafetera- respondió el hippie.
– Cafetera? Pues bien Cafetera. Esto es serio. No es hueveo, me entiendes? Sí quieres unirte no puedes andar volado. Drogado no salvas a nadie. Hay que andar lúcido. Con los cinco sentidos.
El hippie lo miró con rabia pero no le dijo nada.
– Por qué te dicen Cafetera?
– Porque me caliento rápido- respondió el muchacho.
Simaldone no entendió a qué se refería. Se detuvo.
– Te calientas con las minas?
– No. Me enojo rápido. Bueno, con las minas también me caliento- señaló riendo.
Simaldone fue rápido al grano.
– Pues con nosotros vas a tener que usar el cerebro; no el pene. Hay que cranear lo que se hace, pensar.
– Claro- respondió el joven.
-Y tienes que cambiar tu pinta. Vestirte con algo más normal. Camisa. Pantalones negros. Más sobrio. Crees poder hacer eso?
Cafetera sonrió así que Simaldone lo interpretó como un sí.
“La agonía de los esteros”. Siempre utilizaba esa frase. Nadie entendía a qué se refería. Lo único cierto era que Cafetera la utilizaba cuando estaba en serios problemas. La agonía de los esteros. Un enigma. El hippie, en ese entonces, era un total enigma. Su forma de ser y de vestir, las cosas que decía. La interpretación que tenía del mundo. Y sin embargo estaba ahí como todos los demás: arriesgando el
pellejo.
Qué se sabía de Cafetera? Sólo que había sido criado cerca del estero de Yerba Loca. Ahí, entre hippies y excursionistas, comenzó a vislumbrar una vida llena de peripecias junto a su familia, o lo que quedaba de ella: su abuela y una hermana. Los demás integrantes -líderes campesinos- habían sido asesinados bajo atroces tormentos después del Golpe en ese mismo lugar. Eso es lo que él le había comentado, sintético, a algunos amigos. Uno de ellos, después de largas conversaciones en un bar, le preguntó si toda esa postura anti dictatorial deseaba transformarla en algo más concreto donde, eso sí, se jugaría la vida a cada segundo. Cafetera, ante un futuro miserable y timorato, le contestó que estaba de acuerdo en radicalizar sus  protestas.
– Te voy a recomendar con un conocido mío- le manifestó aquella persona, sin decirle, por supuesto, de qué organización se trataba. De esta forma llegó a oídos de Simaldone la posibilidad de reclutar un nuevo miembro. Lo que Simaldone desconocía era que este nuevo miembro era uno de los tipos más estrafalarios de Santiago, con un mínimo de consciencia política y más encima seco para los pitos. La omisión de su forma de ser había sido involuntaria por parte de sus contactos. No había mala intención en ello. A fin de cuentas adónde se estipulaba que un hippie o un artesano no podían luchar contra la dictadura de Pinochet? Las poblaciones estaban llenas de ellos. Frente al asesinato y la tortura todas las formas de lucha servían. Incluso la de un hippie de corazón. Sin embargo en la “empresa”, como se conocía el Frente entre los integrantes o “hermanos”, se debía obedecer. Si Cafetera se subordinaba y era buen combatiente todo marcharía sobre ruedas. El impulso y el rumbo estaban echados a la suerte. Ahora había que esperar la actitud de Cafeteta.
Luego de un par de vínculos más quedaron de reunirse nuevamente. Simaldone le pasó algo de dinero para cambiar el look. No era mucha plata pero alcanzaba para comprar un terno y unos zapatos decentes y no esa ropa propia de un seguidor de Los Jaivas. Tras unos días, y luego de una llamada por teléfono, acordaron encontrarse al mediodía de un sábado en pleno Huérfanos con Ahumada.
Simaldone se encaminó confiado, evitando el sol mediante unas gafas. Iba embutido en una polera y pantalón crema muy a la moda. En un negocio compró un helado y con parsimonia caminó leyendo los titulares de los periódicos. La visita de un cantante español se repetía una y otra vez en la cobertura mediática del Festival de Viña. Bajó por la Alameda doblando en Ahumada donde un grupo de personas ascendía sudorosa desde el Metro. Oficinistas, profesionales y trabajadores, la mayoría asustados, explotados y deseosos de acabar una semana de mierda durante una dictadura inmisericorde. Sin embargo nadie decía nada abiertamente. Los riesgos eran muchos. Lo aconsejable para valientes y dementes era conspirar en total silencio sin alarmar a nadie.
Atravesando calle Moneda se detuvo dando la vuelta muy lentamente. Observó el panorama. Nada indicaba inconvenientes. Pero aún así se cercioró. Continuó su rumbo hacia Agustinas ahora con la duda en torno a “llevar cola”, es decir ser seguido. Se detuvo en un kiosko y volvió a inspeccionar el ambiente. Nada. Todo parecía en orden. Avanzó cincuenta metros y vio algo inaudito que le aceleró el corazón. Cafetera estaba parado en la
mitad de Huérfanos con Agustinas con un terno granate y unos zapatos blancos. Ni el peor cafiche de la libidinosa calle Maipú se podría haber vestido peor. Un proxeneta, eso parecía. Simaldone estaba tan pálido que parecía estar a punto de vomitar en ese preciso instante. Los usuales transeúntes de dicha intersección se quedaban mirando a Cafetera sin disimulo. Algunos susurraban, otros hacían chistes. Una señora atravesó la calle antes de cruzarse con él.
Simaldone le movió la mano llamándolo.
– Sígueme- le susurró, enfilando por una galería. En la primera fuente de soda se adentró presto.
Se sentaron pidiendo unas bebidas.
– Compadre, le dije que se comprara algo sobrio. Esa ropa que está usando es muy llamativa.
– Era lo que me quedaba mejor.
– Pareces un chulo- le largó Simaldone.
– Un chulo?… Qué es eso?
-Ayyyy- se lamentó Simaldone-. Nada. Olvídelo. Vamos a tener que comprar otra ropa.
– Pero cómo? Y qué hago con ésta?
– Regálela. Haga lo que quiera pero no la ocupe más. Entendido?
– Entendido- respondió Cafetera un tanto asustado.
– Hay que enfocarse en lo que nos concierne. No despertar dudas. No hay que llamar la atención y con esa ropa usted lo único que hace es colocarse como sospechoso.
– Claro- respondió Cafetera un tanto avergonzado.
– Usted va mucho a topples?- le preguntó Simaldone.
– No he ido nunca.
– Entiendo.
– Tal vez tenga dudas sobre esta misión. Quizás no esté seguro de colaborar con nosotros.
– Se equivoca. Iría al infierno por acabar con Pinochet- sentenció Cafetera con seriedad.
Simaldone sabía que en la jornada de protesta que se aproximaba durante el dos y tres de julio las cosas iban a adquirir un cariz distinto a todo lo que había acontecido. La trascendencia de una misión casi imposible.  Eso era lo que se aproximaba. Y Simaldone qué tenía? Un cafiche revolucionario.
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Nadie podía predecir lo que vino. La gente protestando en las poblaciones. Balazos en medio de la oscuridad. El sonido de las balizas. La llegada de los heridos al hospital. El encierro, los perros. La electricidad de las picanas. El helicóptero. La caída. El mar. Tiempos de esperanza al son de música mortuoria. Cafetera y unos cuantos millones más equilibrandose en la cuerda floja de un país.
Y frente a eso la rebelión. El frío metal y la templanza de las ideas.
A esas alturas Cafetera ya había perdido el miedo y era un típico chileno de pantalón beige y camisa blanca. Su pelo era corto y la marihuana había quedado en el olvido. Estaba aún soltero y ocupaba el tiempo libre, que era poco, en leer cuentos de Papelucho y ver películas de Paul Newman, pese a las críticas de otros compañeros ante sus frívolos gustos. Una vez le preguntaron el por qué leía Papelucho, típico cuento para niños. Su respuesta aún es motivo de alegría entre sus amigos.
– Papelucho es un gran hermano para mí. Casi tanto como cada uno de ustedes- fue su respuesta. Todos entendieron. Nunca más nadie le recriminó esas lecturas. Cafetera, al igual que Papelucho, era un niño. Su espíritu hippie perduró hasta que fue detenido un día de marzo de 1987 junto a otras 14 personas en Santiago. Testigos aseguran que en ese instante transitaba por Rosas con Cueto a una cuadra de la Plaza del Roto Chileno. Borrachos del sector afirman que cerca de las cuatro de la tarde Cafetera iba por ese sector comiendo un helado cuando un auto Opala lo interceptó en esa esquina. Se bajaron dos tipos de bigotes. Cafetera les arrojó el helado y trató de sacar un arma pero fue alcanzado antes. Hubo un forcejeo y apareció un tercer secuestrador quién le disparó en la rodilla. En un último esfuerzo Cafetera empujó a quién le disparó tratando de protegerse debajo de un auto. Sacó su arma y observó la llegada de otro vehículo. Alguien gritó. Sintió disparos muy cerca. Un neumático se desinfló por el impacto y Cafetera se vio apretado por el chasis. Luego escuchó una ráfaga que lo impactó en las piernas. Lo demás due la tibieza de la sangre en la carne a jirones y la pena de estar sólo sin ninguno de sus “hermanos” para darle combate a esos esbirros de la dictadura. Las fuerzas se le estaban yendo. La vista nublada y otra ráfaga que le impactó en un brazo. Con las pocas fuerzas que le quedaban se arrastró fuera de la protección del auto para disparar y que le dispararan. Tenía los ojos casi cerrados. El arma se le cayó. Escuchó unos últimos murmullos. Luego vino la patada en el rostro y el último revolcón cuando lo subieron arrastrando al vehículo. Pese a los impactos de bala no se había desmayado. Cafetera, en un hilo de voz, gritó algo pero al instante recibió un culatazo. Los transeúntes, al ser consultados, arguyeron diversas versiones: unos señalaron que Cafetera gritó “Patria o muerte”; otros señalan que gritó “Aún tenemos Patria”. Lo único seguro es que la palabra patria salió de sus labios. Patria. ¿Qué habrá dicho realmente Cafetera en esos dos segundos de libertad antes de un destino inexorable, como lo es la muerte? Tal vez fue, o intentó ser: “La agonía de los esteros”, frase que repetía cuando estaba en dificultades. Nunca se sabrá.
¿Cuál fue el real Cafetera? El hippie, el con pinta de cafiche, o éste último con pantalón beige y camisa blanca?
Años más tarde Simaldone me narró un sueño en el que se le aparecía Cafetera. El sueño transcurría en el sur de Chile, en una zona boscosa con alerces y coihues. Era un sueño luminoso. El cielo azul y un sol amarillento que iluminaba los árboles, las lengas y los alerces, y las nalcas en el borde de un río con piedras tigre. Y junto a ese río un camino de tierra por donde circula una carreta tirada por una yunta de bueyes. La carreta es guiada por un anciano mapuche con sombrero negro. Lleva leña de ulmo. Y en la parte trasera -junto a la leña- un joven sentado en cuclillas: Cafetera. La yunta de bueyes avanza sin prisa y el anciano saluda a los lugareños alzando la mano, y al reír se advierte la ausencia de dientes pero aún así es una bella sonrisa. La carreta se interna por un sendero con pequeñas paredes de piedra laja y helechos frondosos al amparo de molestas moscas y hermosos abejorros. La carreta se pierde en el bosque hasta que llega a una loma donde corre un estero. Ahí están diez hombres y cuatro mujeres, vistiendo pantalones verde oliva y poleras blancas, quienes forman una hilera. No había mueca en sus rostros en ese instante pero, cuando Cafetera se acercó, todos lo saludaron con un apretón de manos y un abrazo. Las sonrisas abundaron mientras el sol pegaba fuerte en esa pequeña loma desde donde se observaba el mar a lo lejos. El anciano mapuche se acercó a la yunta de bueyes y poco a poco los jóvenes fueron subiendo hasta completar el cupo. Los demás se quedaron abajo y al momento de partir siguieron la carreta sin hablar. Cafetera se quedaba sólo en ese lugar. Sentado en el suelo con un diario en las manos como leyendo. Como si estuviera esperando un vínculo con alguien que pronto, e inexorablemente, fuera a llegar en un instante que se alargaba con una tranquilidad absoluta donde sólo la música del mar desprendía notas. Y de pronto aparecía un niño de 12 ó 13 años, flaco como un tallarín y con los ojos grandes y una chasquilla que lo hacia ver divertido. Por fin Cafetera y su amigo de lecturas infantiles -y no tanto- quién lo acompañó durante toda su vida, se reunían en un lejano paraje sureño donde un estero agonizaba para terminar en la nada, que en este caso podía ser el infinito del mar o del firmamento.
Ese era el sueño de Simaldone sobre el último estrafalario que luchó, tal vez, por concretar un ideal cual máximo deseo humano, en medio del horror de un mundo a la deriva.
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