Humor alusivo a política: ley pareja no es dura

 Por Gonzalo Figueroa Cea

Si bien cierto, existe una necesidad de morigerar las críticas al accionar de las élites en las redes sociales, el “arte cómico” en el reciente Festival de Viña del Mar nos recordó que algo que está por sobre todo: a esta altura no se puede tapar el sol con un dedo.

Unos 16 años atrás, en el marco de un panel de una feria del libro escuché decir a un columnista mercurial, muy conocido por retrógrado y pinochetista, una frase que hoy me hace mucho sentido sin concordar del todo con él: haciendo yo ahora una especie de parafraseo al respecto, recuerdo que sostuvo algo así como que Internet (en ese momento todavía no muy masivo) se iba a transformar en una especie de bola de nieve difícil de controlar y donde cualquier persona iba a poder opinar sobre cualquier cosa sin filtro alguno, lo que no debiese ocurrir si se toman oportunamente medidas al respecto. El oponente de turno, igualmente periodista y autor de un libro de investigación que generó harto ruido por entonces (me carga la palabra “polémica”), le retrucó: “¿es lo que usted cree que debe ocurrir o es su deseo?”, respuesta que por cierto generó una carcajada generalizada, dado que la concurrencia era mayoritariamente conformada por gente con pensamiento de izquierda.

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No se trata de que le encuentre toda la razón al conocido columnista (su nombre y el del otro panelista prefiero dejarlos a vuestra imaginación porque no pretendo que se transformen en el centro de atención de mi presente escrito). Soy un acérrimo defensor de la “democratización de las masas” (desconozco el origen del concepto, pero se lo escuché decir una vez al profesor Oscar Jaramillo en el marco de un posgrado de Comunicación de la Universidad Mayor, en 2012). Me alegro mucho que gente muy común y corriente, quizás la misma que junta platita con varios suspiros de esfuerzo para ir a ver a sus ídolos Marco Antonio Solís y Ricardo Montaner dentro de un mismo programa en el Festival de Viña del Mar, tenga la posibilidad de opinar sobre los temas de su interés libremente dentro de la masividad que hoy nos brinda holgadamente Internet, sobre todo gracias a sus plataformas de redes sociales: Facebook y Twitter, entre otras.

 Antes de que tuviera lugar el panel aludido y algunos años después del mismo, reinaban las cartas al director a los diarios, muy restringidas por los propios medios, regularmente editadas y, en el caso del citado Mercurio, muy proclive a darle tribuna a personas con poder económico y político. A fines de la década del 2000 las redes sociales permiten que la muchedumbre “empate” (tampoco me agrada mucho el término) al tener la posibilidad abierta de opinar libremente, sobre todo de los temas que le interesan (no sólo los más sensibles como salud, educación y pensiones). En lugar de “empate” prefiero enfatizar la idea de que simplemente la ecuación tiempo-tecnología hizo justicia.

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Ni ejemplos ni anti ejemplos, pero sí debate real

Pero esta libertad se desbandó. No pretendo con el presente artículo intentar censurar a las masas. La verborrea tóxica, abundante de críticas por el sólo hecho de criticar, con argumentos de escaso espesor por no decir nulo y memes del mismo tono (algunos de ingeniosa inspiración publicitaria, como un amigo psicólogo sostuvo muy asertivamente) predomina en la actual democracia ciberespacial. A esta altura es bastante difícil hablar de censura y, peor aún, contradecirse considerando las propios valores y convicciones que uno abrazó.

 Tengo la corazonada que la solución es cosa de tiempo. Tiene que ver con la madurez de los pueblos. Hay que tener paciencia. No me cabe duda que el nivel de debate en torno a la política, la economía y el resto de las materias de interés ciudadano subirá en la medida que la educación mejore, la gente se motive más a leer de todo un poco y se genere sus propias opiniones con fundamento. No se trata de ser menospreciativo con lo que ocurre hoy, sino de constatar una realidad. Está bien ser crítico, pero ¿para qué ser tan vehemente y grosero? Además, como cantaba Cerati en “El Cuerpo del Delito” (álbum “Nada Personal” de Soda Stereo, 1985) “cada uno es su propio delator, su propio infierno individual”. Nada ni nadie es tan blanco ni tan transparente desde el punto de vista humano para erigirse como ejemplo de algo. Tampoco tan oscuro o turbio para ser un anti ejemplo.

 Pero tampoco se trata de que seamos cándidos (“huevones todo el día” diría Guarello) y dejemos que las cosas tengan lugar a cualquier precio.  La reciente rutina de Pedro Ruminot en el más difundido evento de espectáculos chilensis confirma que hoy nuestra élite, sobretodo el “ala” política, es un blanco demasiado fácil para los humoristas, independientemente de la siempre exagerada generalización y el abuso de lo peyorativo. ¿Lo de Natalia Valdebenito? Un golpe a la cátedra en materia de humor relatado vía improvisación, sin recurrir a vulgaridades extremas, y un “nocaut” a cierta clásica misoginia de algunos exponentes del rubro. Allí se mantiene la línea de “disparar” (que no se entienda literal) contra el poder.

Primera Noche del Festival de la Cancion de Viña del Mar 2016

Edo Caroe durante la primera noche de la 57º del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar, realizado en la Quinta Vergara. FOTO:FRANCISCO LONGA/AGENCIAUNO

A propósito, una editorial alusiva al tema en El Mercurio, titulada “¿Humor sanador?” (edición jueves 25 de febrero), apocalíptica hasta la caricatura, revela el mundo paralelo en el que está sumergido la élite. Poniendo “paños fríos” al tema referido, me parece correcto que las autoridades pidan respeto en el sentido de lamentar expresiones extremadamente groseras y alguna que tenga tinte de amenaza, pero eso no debe significar censura.

Además, si pedimos respecto debemos esmerarnos en ser respetados. Cuando se desconoce esto último y prevalece la queja amarga y la amenaza de prohibición, estamos a un paso del autoritarismo. Creo que estamos viviendo tiempos en que, simplemente, no podemos tapar el sol con un dedo.

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