El Club

Pablo Larraín

Chile 2015

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El cine es complejo: algunos espectadores desean significados. Otros buscan hechos, ladrillos, con los cuales se hace la historia, individual o colectiva de un país o una comunidad. De una sociedad como la nuestra, algunas veces más emotiva que racional. Desafortunadamente en el séptimo arte -y en todo arte- nadie queda contento o satisfecho.

La textura de un filme como El Club de Pablo Larraín, pese a ser impecable y compacta, no es lisa. Ninguno de sus filmes -Fuga, Tony Manero, Post Mortem, No- se engullen con facilidad, pues siempre el espectador se atraganta con espinas puestas a propósito y que lo hacen diferente. El cine de este director chileno no transita por el conformismo de una buena crítica o un buen promedio de asistentes. Larraín busca algo más, él siempre busca más. Su cine no anhela contar solo una historia -a algunos les cuesta un mundo hacerlo-; sino trasmitir una idea mucho más compleja. Una reflexión más allá del guión o de la sucesión de sucesos que ella conlleva. En resumen El Club es una metáfora. Una comparación disfrazada. El Club no trata sobre un grupo de curas pedofilos que están recluidos en el litoral central. El Club trata solapadamente sobre la fractura de un país representado por el golpe de estado de 1973. Por ende es un filme ético pero también socio-histórico. Pero no nos adelantemos y vamos al argumento formal del mismo: cinco sacerdotes sancionados por abuso de menores han sido confinados a un balneario costero de la zona central al cuidado de una mujer. Un día llega otro sacerdote. Es ahí cuando un vagabundo -que en su infancia fue abusado por este religioso- lo denuncia a viva voz e incide en su suicidio. La Iglesia decide investigar lo sucedido y la tarea recae en un religioso joven (Marcelo Alonso) que poco a poco desenreda la madeja. Hasta ahí todo bien.
Los integrantes de un club

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El deseo irrefrenable, el particular castigo por un delito en un estrato particular como la Iglesia, y la negación de ese delito por quienes lo cometieron y por el estamento que representan se da sin mayores ambigüedades en el filme. Los sacerdotes están recluidos pero a resguardo; libres pero vigilados, sin más muros que los que les dicta su consciencia. Son un club. Un club de delincuentes, pero donde cada uno de ellos niega serlo. Insertos en un poblado pero excluidos de esa comunidad. Deberían estar en la cárcel pero no lo están. Chile es una metáfora de un país con abusadores y víctimas, mostrando una sociedad que desconoce muchas cosas, que tal vez no le importan. Una sociedad alienada, enferma con la liviandad y el deseo de dinero y éxito. En definitiva una sociedad a la deriva que tan sólo trata de sobrevivir dando manotazos de ahogado mientras los poderosos ven la escena cómodamente desde un lujoso yate.

El poblado en el litoral es la representación de un país. O un paisaje que desea ser país.
Los sacerdotes deben cumplir una penitencia. Elevar plegarias a Dios para exculpar sus pecados. Pero son humanos así que apuestan dinero en unas carreras de galgos donde poseen un ejemplar que les da réditos y que cuidan con ahínco. Hay dos grupos competidores en estas carreras: gente de la comunidad y ellos. Dos mundos diversos, polos opuestos. El bien y el mal corriendo en pos de una salvación materializada en dinero. Los galgos son, o fueron, también Chile. Y son la carne de cañón para dilucidar una situación más compleja. El devenir de todo este problema materializado en el inminente esclarecimiento de los hechos se podría desviar a través de estos perros. El club de curas pedofilos tiene un plan siniestro.
Mientras el vagabundo Sandokan, abusado en su infancia, vive entre la indefensión y las borracheras. Su vida es miserable. Tanto física como espiritual. Es un despojo quebrado por el abuso de su niñez. Cuando bebe lanza peroratas contra los curas abusadores. Hay que acallar a un hombre para silenciar una culpa. La víctima -Sandokan, el vagabundo representado por Roberto Farías- pasa a ser el supuesto victimario de los galgos para tapar algo más siniestro. Ese es el plan que han ideado los sacerdotes: matar a los galgos y echarle la culpa a Sandokan sabiendo que la gente del pueblo lo podría ajusticiar. Sin acusador no hay delito. Sandokan borracho se instala afuera de la casa donde residen los sacerdotes y los denuncia. El sacerdote encargado de la investigación comienza a darse cuenta que Sandokan es el núcleo de todo.
Cae la noche en el litoral y las sombras se mueven en la oscuridad. La mujer al cuidado de los sacerdotes, en un magistral trabajo de Antonia Zegers, se ha unido a ellos y con una bolsa plástica asfixia al perro que les pertenecía ante la ausencia del sacerdote que lo cuidaba (Alfredo Castro). Al otro galgo lo penen entre medio de una reja y le pegan un palo: el impacto de la escena no hace sino pensar en la brutalidad del golpe de estado de 1973. Pablo Larraín continúa con las metáforas en su filme. Brutales pero válidas. Tan mimetizadas como necesarias pese al discurso institucionalizado de mejor dejar atrás el lastre del pasado.
El juez y la verdad
Larraín siempre elige con pinzas y buen tino el elenco. Marcelo Alonso está sólido y creíble en el papel, Antonia Zegers instaura su mejor rol y da vida a una cuidadora tan suave como maligna y alienada. Alejandro Sieveking reafirma una trayectoria al más alto nivel.

Farías ya no nos asombra demostrando un carácter acorde a los difíciles papeles en los que se ve envuelto.
El orden establecido y el manto de impunidad se establecen con decisión en el personaje de Antonia Zegers. La normalidad aparente y el severo actuar del capellán militar muestran una visión de lo que se hizo y se debe hacer -según algunos- en Chile. ¿Crímenes?

En toda sociedad los hay. El personaje de Alejandro Goic reafirma que se debe estar en lo más bajo de la condición humana para hablar con propiedad. Y él lo puede hacer.

Tal vez es la otra gran metáfora del filme: la podredumbre del ser humano, imposible de disfrazar, llevándola al nivel más animalesco. Porque una cosa es la imposibilidad de atenuar el deseo sexual y otra es abusar de niños. Parecido al pensamiento de un sector de la sociedad que ampara los crímenes de la dictadura: una cosa es un juicio justo y otra son violaciones a los derechos humanos y crímenes de lesa humanidad. Qué parece proponer Larraín? Pues la reconciliación. La penitencia de los victimarios acogiendo a Sandokan y compartiendo el mismo espacio en un nuevo orden. Será posible este nuevo escenario? El final de esta película nos hace sentir un tanto incrédulos.
Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo
Tal vez el final correcto y más sincero hubiese sido aquel con la muerte de los galgos. Un vencedor y un vencido. Un victimario y una víctima, que más que llorar sus penas sólo exige justicia. Los sacerdotes se reúnen y junto a Sandokan comienzan una nueva etapa. El pecado del mundo es ilimitado, es nuestro y por ello Dios debería tener piedad de nosotros. Porque nosotros, pareciera, que no la tenemos. En definitiva los cimientos de este filme de Larraín son enormes, sólidos y descienden en lo más oscuro de la reciente historia de Chile. Para bien y para mal.

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