La campana de Lucy

 “Cuando los acontecimientos vividos por el individuo o por el grupo son de naturaleza excepcional o trágica, el derecho (a la memoria) se convierte en un deber: el de acordarse, el de testimoniar”. 

Tzvetan Todorov


Por Hugo Dimter

“Tuve a Pinochet dos veces en la mira de mi M-16”, alardeaba el ya no tan joven Claudio Elgueta -Campagno para los amigos- con unas copas de más en el cuerpo. Luego reía con un dejo de nostalgia. “Menos mal que no lo maté”, era la frase que repetía una y otra vez mientras una mueca graciosa, helada y sin vergüenza alguna quedaba estampada en su rostro. Y así la conversación pasaba a la fase de qué hubiese sucedido en Chile el 86, el año decisivo, con Pinochet muerto. Rebelión popular? Masacre de gente inocente?Negociación frente a una posible guerra civil? 

Pinochet no murió y la vida del clandestino Campagno siguió tal cual, con daños colaterales y la angustia de hundirse en el fango neoliberal dando manotazos de ahogado. Así empieza esta historia.
Dicen que esto sucedió a principios de los 90. Cuentan las malas lenguas que Campagno había emigrado a Buenos Aires, en pleno periodo de Menem, donde la situación era bastante mejor que en Santiago. Menos muertos, más tranquilidad; más dinero, y lo mejor, más chicas bellas. Los rumores sobre su paso por Buenos Aires eran abundantes y fantasiosos. Campagno parecía estar en varios lugares al mismo tiempo. De guardia en un topples, aguatero en River, visitador médico en Corrientes o de cocinero en Puerto Madero. Para todos estos oficios tenía condiciones innatas: valiente, fútbolizado, con conocimientos avanzados en medicina tras su paso por Cuba, y gran chef de mariscos y pescados luego de un periplo por el sur de Italia. Lo único cierto, que se supo años más tarde, es que en Buenos Aires conoció a Lucy, una muchacha 10 años menor que él. Lucy era profesora en un sureño pueblito de la provincia de Río Negro. Ella, coqueta, de mediana estatura, delgada, tez blanca y ojos cafés, tenía eso sí una gran cicatriz en el labio que provocaba cierto rechazo. Aún así su rostro mostraba ingenuidad y ternura. Durante una visita a la capital, relacionada a temas académicos, conoció a Campagno en un restaurante. Él se acercó a la mesa preguntándole cualquier tontería y ella también respondió con ligereza. Ambos rieron y luego él le preguntó si podía sentarse.

-Sólo si no me da la lata con historias aburridas- le contestó ella y Compagno le respondió que de ningún modo. Y luego le contó con lujo de detalles la historia de cómo -cuando joven- atravesó un lago durante tres horas con un calambre en la pierna izquierda. Cada cierto rato ella preguntaba algo a lo que él agregaba nuevos detalles fantasiosos. Así estuvieron un buen rato. Luego ella le contó parte de su vida: su infancia pobre, la falta del progenitor, su esfuerzo para estudiar y a continuación le narró la historia de la campana.

Lucy señaló que durante la Edad Media los enfermos de lepra llevaban una campana para advertir de su presencia entre la población sana. Lucy le dijo a Compagno que muchas veces ella se sentía como si tuviera lepra. Como si la gente se distanciara irremediablemente. Era algo absolutamente subjetivo. Una cosa absurda; pero ella lo creía.

Campagno la miró y le dijo que él nunca se separaría de ella. Se produjo un silencio pero no fue incomodo ni mucho menos. Pese a la diferencia de edad y la cicatriz en el labio la historia de amor entre ambos había comenzado. La campana de Lucy estaba en silencio.
Emigraron. Campagno se fue a vivir con Lucy a la provincia de Río Negro donde se empleó en un gimnasio de General Roca. Fueron años felices en medio de la nada, de la pampa y del amor; pese a la escasez de dinero. En ese lugar, en el gimnasio, Campagno laburó en absoluta tranquilidad y algunas veces con tedio hasta que vio de improviso a Ruben Osorio Willike, “El Ogro”, un antiguo CNI implicado en torturas y desapariciones incluida la de Gustavo Balcarce, su mejor amigo. El ogro estaba más viejo pero aún conservaba su físico atlético y el semblante duro pese al pelo semi largo y una barba bien cuidada. Esa vez no hablaron y Compagno solo se limitó a observarlo desde la entrada del recinto. Desde las sombras el ex guerrillero repasó la rutina de Osorio Willike en las máquinas de pesas estudiando su rostro de mármol y su físico treintañero pese a que debía bordear los 50. Compagno repasó la muerte de su amigo Balcarce, según las versiones de compañeros que vieron su asesinato en el estacionamiento del cuartel Borgoño. Fue en la noche y Osorio Willike estaba borracho. Habían sacado a Balcarce luego de una intensa sesión de tortura. Los represores estaban ebrios y excitados con la sangre. Sus siluetas en la escasa luz de aquella noche parecían bailar una monótona sinfonía demoníaca. Tiraron a Balcarce en medio de ese pequeño patio y Osorio Willike se subió a un pesado jeep militar. Echó a andar el motor y luego avanzó lento sobre las piernas de Balcarce que se trituraron emitiendo un sonido parecido al de una galleta aplastada por un zapato. Las risas se expandieron entre los hechores.

-!Así termina el marxismo de estos conchasumadres: aplastado!- gritó uno de ellos y Willike retrocedió. Así estuvo la cosa por unos cinco minutos. Atropellando sus piernas, sus órganos sexuales y su abdomen. En cada pasada Willike se bajaba del vehículo y verificaba los daños en Balcarce. Ese era el ex torturador que ahora encontraba por designios del azar en aquella ciudad perdida de la pampa argentina. “El mundo es tan pequeño”, pensó mientras tocaba el banano que portaba a la cintura. Dentro tenía un revolver corto Beretta.

Willike seguía quemando grasa, ahora en la trotadora, mientras decenas de hombres y mujeres en el gimnasio se ponían en forma para el verano que se acercaba. No era un buen lugar para ajusticiar a alguien. Compagno caminó a los ficheros y estudió los datos del torturador. Domicilio, teléfono, identificación. Ya llegaría la hora de ajusticiar a este asesino, pensó.

De vuelta a casa Campagno fue a saludar a su esposa que estaba lavando los platos mientras escuchaba las noticias. 

-Te sirvo la cena?- preguntó Lycy.

-Todavía no, amor. Voy a estar en el patio un momento- respondió él.

-Pasó algo?- volvió a preguntar Lucy.

-No. Nada. Todo bien- gritó Compagno un tanto cansado.

Lucy dejó de poner la mesa y se dirigió al patio. La mujer observó a Compagno pensativo y cabizbajo.

-Seguro que no pasa nada?- preguntó.

-Todo bien. Estoy cansado. Tuve un mal día en el gimnasio. Peleé con un cliente. Me hubiese gustado matarlo.

Lucy se echó a reír y luego le dio un beso.

-No sé qué hubiese hecho de mi vida sin tí- masculló la mujer.

-Pues casarte con un viejo feo y tonto- respondió él tomándola de la mano y llevándola a la mesa para cenar. Hablaron tonterías y Campagno pidió una naranja de postre. Con un cuchillo comenzó a pelarla con lentitud como siempre solía hacerlo su padre. La figura paterna pareció sentarse a su lado. Compagno recordó cuando tenía ocho años y rompió un florero. Su padre, como solía acostumbrar, lo abofeteó de inmediato con la mano abierta. Luego se sacó el cinturón y lo golpeó sin parar en las piernas. Al comienzo dolió pero luego el choque del cuero en las piernas del niño ya no producía nada salvo un chasquido casi eléctrico. Pasó un largo minuto antes que el progenitor cesara en su tarea. Campagno estaba en el piso como conejo, un venado o cualquier otro animal muerto. El hombre tocó su bigote canoso y se echó a llorar mientras Compagno daba vuelta el rostro y veía a su padre en un mar de lagrimas. La escena nunca se borraría de su mente. Algunas veces la utilización de la violencia se volvía contra quien la usaba como un arma de doble filo, reflexionaba ahora Campagno con la naranja en una mano y el cuchillo en la otra.

-Nunca supiste quién era tu padre?- le lanzó Compagno a Lucy sin más ni más.

-No- respondió ella-. Una vez cuando niña escuché a una tía hacer un comentario. Pero no le doy ninguna validez. Era solo una idea loca, una conjetura.

-Y cuál fue el comentario?

-Que era milico- respondió ella.

Compagno guardó silencio mientras engullía un gajo de la fruta. La mujer siguió hablando:

-No le doy importancia. Creo que es algo tirado al voleo sin mayores pruebas.

-Pero trataste de ahondar en el tema?- preguntó Compagno.

-Sí, mi tía dijo que en aquel año mi madre tenía un novio que era militar. Sargento o algo así. Pero yo no creo que eso haya llegado a un embarazo. Bueno, además no hay como preguntarle. Mi madre está muerta y espero que descanse en paz.

La conversación quedó ahí. Compagno guardó silencio. Era mejor ver televisión. Jugaba River con San Lorenzo y un joven Hernán Crespo era toda una sensación.
Pasaron unos meses y llegó el cumpleaños de Lucy. Por una extraña coincidencia a Compagno le tocó ir a la casa de unos amigos. El inmueble estaba a la venta y en el patio yacía una campaña de bronce de origen ruso. Compagno preguntó qué iban a hacer con la campana y sus amigos le respondieron que nada, que no cumplía ningún rol. Que si quería que se la llevara. Y eso hizo. Se la llevó de regalo a Lucy quien al verla pareció iluminar la habitación con el fulgor de sus ojos. De qué procedencia era, qué año había sido fabricada, estuvo en un barco? Eran tantas las preguntas cuyas respuestas Campagno desconocía que el hombre decidió salir a dar una vuelta. A pocas cuadras había un bar donde habitualmente transmitían los partidos de fútbol así que se encaminó hacia allá en el Ford. Habían pocos vehículos en el empedrado del estacionamiento lo que era casi un milagro a esa hora del crepúsculo. Compagno se ubicó a la derecha de la berma. Aún hacía calor.

Se quedó pensando un instante que la rueda de la fortuna, de la que se sentía ahora favorecido, podía girarse levemente para su desgracia. Uno nunca sabía cuándo ello ocurre. Su vida era estable: tenía amor, un buen pasar, trabajaba a gusto y la salud lo acompañaba. Pedir más seria pecado. Se bajó del auto con el inseparable banano donde tenía sus documentos y el revólver que lo había salvado dos veces de ser asaltado. Era un acompañante desprestigiado pero útil.

Al entrar al bar la voz del relator deportivo de la televisión le dio la bienvenida. El partido estaba empezando y los escasos parroquianos parecían distraídos. Una mujer junto a un anciano con camisa floreada tenían la mesa repleta de envases de cerveza vacíos y hablaban en voz alta. Campagno decidió ir al fondo del local donde se advertía más tranquilidad, eligiendo un rincón más oscuro. Deseaba estar en paz, mirar un partido de River y beber una cerveza durante una hora o más. Una garzona pequeñita y con un aro en la nariz se acercó para tomarle el pedido. Campagno pidió una milanesa y al momento de elegir algo para beber dudó un segundo. Ya estaba harto de bebidas gaseosas y cervezas. Su colon ya no lo soportaba. Hubiese pedido una piscolas pero no había. Se decidió por un whisky.

-Qué whisky?- le preguntó la garzona.

-Un Johnie Walker rojo- señaló Campagno.

-Mala suerte-respondió la mujer-.No hay rojo.

-Y qué hay?- preguntó Campagno.

-Ballantines y Jack Daniels- respondió la garzona-. El caballero de esa mesa eligió Jack Daniels-indicó la mujer como para avalar la propuesta e indicó a un tipo que estaba un poco más allá leyendo el diario.

Era Osorio Willike.

-Bueno deme el mismo whisky que está tomando el caballero sentenció Campagno disimulando la sorpresa. A los minutos la garzona llegó con el whisky y Campagno le dio un sorbo y luego otro y otro más. En el monitor River atacaba pero Campagno estaba concentrado en la figura del tipo que dos mesas más allá bebía una cerveza. Los minutos fueron pasando y el whisky también. Según los comentaristas River hacia un partido deslucido frente a un rival envalentonado por la ineficacia del cuadro millonario. Campagno se levantó de su silla dirigiéndose directamente hacia Osorio Willike.

-Buenas tardes. Perdone que lo moleste pero tengo una duda. Usted visita el gimnasio Fitness?- preguntó Campagno.

Osorio Willike dejó a un lado el diario molesto.

-Sí. Lo visito- respondió hastiado.

-Estaba seguro de haberlo visto ahí- respondió Campagno sentándose ante la mirada incrédula del ex torturador.

-Nos merecemos este whisky entonces- soltó Campagno riendo-. Además River juega mal y hay que pasar las penas.

-Señor, no me interesa River ni nada más que estar solo.

-Qué le pasó? Cuénteme. Algo grave?

-Sí, algo grave. Necesito estar solo, che.

-Tal vez yo lo pueda ayudar.

-No lo creo. Es un tema familiar.

-Usted es chileno?- preguntó Campagno obviando la última frase de Osorio Willike.

-Quién es usted? Qué desea? Me está interrogando?

-Yo también soy chileno- respondió Campagno serio.

-Y supongo que eso significa algo. No soy chileno. Pero nos conocemos de algún lado?- preguntó Osorio Willike.

-No. Claro que no. Primera vez que conversamos. Solo lo había visto en el gimnasio. Y aquí estamos… Yo molestándolo.

-Así es. Qué bueno que se da cuenta. Puede dejarme solo? Si no es mucha molestia.

-Claro… Usted fue militar?-preguntó de

Improviso Compagno.

Osorio Willike abrió los ojos como si le hubiesen enterrado un puñal.

-Deje de hincharme las pelotas. Que mierda es esa? Yo no soy milico. Que pelotudez. Terminemos con esta mierda. Basta o…

-…O qué?- preguntó Campagno y puso el banano encima de la mesa.

-No trate de jugar conmigo- le respondió Osoriio Willike.

-Usted tiene una deuda conmigo- sentenció Campagno.

-Yo no le debo nada a nadie. Si quiere saldar alguna cuenta este es el momento. La campana ha sonado- respondió Osorio Willike. Fue entonces que Campagno pensó en su esposa. La campana de Lucy ahora estaba en manos de ese torturador. Tal vez siempre lo estuvo. Y era bueno que así fuera. Una campana que comenzó a sonar desde el primer momento que esas personas, que esos asesinos, comenzaron sus tropelías. La peor condena de gente así era tener una vida miserable y sin amor. Ellos y Osorio Willike estuvieron tocando una campana que antes y ahora mismo ahuyentaba a la gente de bien. Tal vez ese era su peor castigo. Fue en ese momento que Campagno comprendió que la campana de Lucy no la tocaba ella sino su padre y que ella solamente logró advertirla.

-Oiga, Osorio, Usted sabe para dónde se va a ir, no es cierto?- le soltó Campagno de improviso. 

-Pues realmente no me importa. A quién le importa? A usted? A los vivos? A los muertos? Si quiere escuchar algo y sentirse bien pues lo sé y lo único que espero es que sea lo más rápido posible. Conforme?

-Yo nunca estoy conforme con nada. Así somos nosotros. Usted lo debe saber mejor que nadie…Pues bien, lo dejo con su whisky. Buen viaje. Seguramente el viejo y los otros chanchos lo estarán esperando.

-Y muchos más- respondió irónico Osorio Willike.

-Se equivoca. Nosotros tenemos otro destino mejor. Mucho mejor. 

Osorio Willike no le respondió. Ya era tarde y su whisky casi se había acabado.

El silencio fue un premio para ambos. Campagno pensó en Lucy, en aquella mujer que lo esperaba en casa y en como quizás ambos envejecerían en aquel rincón del universo. Qué debía hacer? Tal vez la única respuesta posible y certera fuese el impedir que la campaña de Lucy volviese a sonar para ella. Pensó que eso era a lo que un revolucionario y persona de bien podía aspirar. Luego -y sin despedirse de nadie- se marchó, no sin antes decirle a la camarera que Osorio Willike iba a pagar la cuenta.

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