La Sagrada Familia

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FERNANDA, CRONOPIA DESGARRADA

 

Por Gustavo González Rodríguez

 

En clave de Julio Cortázar, Fernanda Martínez Varela debe pertenecer a la especie de los cronopios, esos seres trasgresores llamados a alborotar las conciencias de los burgueses bien pensantes, conocidos también como famas en el léxico cortazariano. “La sagrada familia”, segundo libro de esta joven poeta chilena, sugiere una singular cronopia, que sin practicar el bullicio como método, estremece, interpela y tal vez escandaliza a lectores desprevenidos, especialmente a aquellos sobrados de formalismo y escasos de sensibilidad.

 

No hay grandilocuencia, pero sí profundidad en este libro. Hay un desgarramiento calculado. Una apuesta a la coherencia mental desde la incoherencia de una escritura que desafía las normas de puntuación y otras tantas leyes gramaticales. Una escritura que alcanza su sentido, así como su relato, en la transmisión incesante y caótica de sensaciones, emociones, acciones fugaces, recuerdos, miedos y pensamientos. Caos e incoherencias que vienen a ser como la vida misma y que sobre todo son poesía, para comprender en última instancia que aquí se funden vida y poesía, como debe ser en la buena literatura.

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“La sagrada familia” -del sello Libros del Perro Negro- fue reconocida con el Premio Municipal Juegos Literarios Gabriela Mistral el año 2015. Su autora, nacida en 1991, publicó a los 15 años en autoedición “Ángulos divergentes”. Hoy es considerada una de las mejores cartas a futuro de la poesía chilena. Sus textos han sido publicados en Perú, Bolivia y España.  Ha sido invitada a encuentros poéticos en Puerto Rico, Bolivia, México y República Dominicana, además de Chile.

 

“Cuando jesús se moría era el peor día del año Nadie jugaba a la pelota ni a la pinta No podíamos ver en la tele monitos de pelea ni escuchar en la radio canciones pasadas de moda Nos vestían de señoras y señoritos Y así emperifollados Asistíamos  a un funeral de alguien famoso A quien nadie lloraba Solo había que agachar el moño Y mirarse de reojo  escondiendo la risa Hasta que mamá te tiraba las mechas con discreción” (página 11)

 

Si es cierto aquello de que “las palabras están tapando agujeros” (Cortázar), es igualmente verdad que los destapan, porque hacen aflorar los atávicos dogmas inculcados en la infancia, como el jesús de aquellas semanas santas (en minúsculas) con la crucifixión como espectáculo y simulacro de arrepentimientos en los adultos y misterio incomprensible y casi divertido para los niños.

 

Es ese mundo de infancia el que se despliega en “La sagrada familia” de Fernanda. Es la mirada, quizás de nostalgias pero no de añoranzas, con la recurrente, amable y hasta ingenua figura de la madre, esporádicas presencias paternas y un afán permanente que lleva, como señala el editor Gabriel Larenas, a “una revisión destructiva, en el deseo de creación”.

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Foto de Gioacchino Petronicce

Destrucción y creación, conceptos que calzan para una descripción realista de la llamada institución familiar, al margen de las pragmáticas idealizaciones religiosas que disfrazan la intolerancia conservadora. Así, el atributo de “sagrada” es la constatación irónica de la crisis de lo que se solía llamar “una familia bien constituida” como sello de denominación de origen que justificaba por igual privilegios y discriminaciones.

 

Presentadas en una introducción y tres actos, las 75 páginas de esta obra escapan a encasillamiento simples. Me inclino a verla como un poemario, aunque se podrá debatir hasta el cansancio si está escrita en prosa o en versos, porque hasta en esto Fernanda se las arregla para preservar una escritura propia, que a ratos parece robar a José Saramago el uso antigramatical de mayúsculas y que rompe la rigidez de los textos “bien hechos” para alterar interlineados e intercalar espacios que sugieren pausas, silencios o simplemente vacíos. Es que también las palabras se diagraman.

 

Lo importante es que en este caos hay discurso y relato, además de una musicalidad sutil que remite a rondas y juegos infantiles, con carolín, alicia, balancines y cerditos, mientras desfilan vivencias y deseos cotidianos, vigilados por ese cristo en la pared, que “era de carne”. Hay musicalidad en un transcurso temporal que va y viene, donde 1862 aparece como una posible referencia a una vieja casona campesina, o tal vez como una señal críptica, al estilo del cementerio de 2666 de Roberto Bolaño.

 

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