El ojo dorado

Por Hugo Dimter P.

Foto de Marcelo Montecino
El telón de fondo, la pobreza y lo del ojo dorado. Fue en Osorno y se los cuento:
Frente a la plaza Suiza estaba el pasaje Federico Hott. Y hacia el final del pasaje vivían los Burgos. En ese punto exacto el pavimento se diluía por la humedad y el paso de los atiborrados camiones con leña.

La gente iba caminando sin otorgarle mayor atención a ese conjunto habitacional Corvi que se adentraba en las entrañas de la calle. Nadie se admiraba del entorno gris en invierno y descolorido en verano. Menos aún se detenían a advertir las casas -cuya base de cemento y segundo piso de madera- servían de refugio para esas personas que hacían frente a las inclemencias de la vida en ese inhospito Osorno.

El desaliñado lugar, con envoltorios en las esquinas -pero sin rayados- y uno que otro auto antiguo, era poblado por una veintena de familias de clase media baja. Los Burgos eran los más pobres. El jefe de familia, que rozaba la cincuentena, escasamente lograba imponer respeto. El Tono, como le decían, era de mechas tiesas, piel mate, ojos como ovillos, y uno que otro tambaleante diente, así que su figura parecía rozar la mendicidad. Sin embargo nadie se apiadaba de él. La mirada torva, maliciosa, causaba resquemor. Cual leproso del medioevo su presencia provocaba distancia. Pocas veces se le vio trabajar o intentarlo quizás. Lo usual era que estuviera en la esquina hasta tarde conversando con alguien y mirando las mujeres que deambulaban por el sector. Su esposa le hacia más empeño y se empleaba realizando tareas domesticas un par de días a la semana en alguna católica -o luterana- casa de alemanes.

De una de las hijas de los Burgos -la mayor- se rumoreaba que andaba en malos pasos. Salía en las tardes con sus zapatillas Power y no llegaba hasta el otro día con ropa distinta, zapatos con taco y aliento a pisco. Las viejas del pasaje comenzaron a vigilar sus horarios con inusitado rigor y prolífica mala intención resumida en comentarios tales como que anidaba en los chincheles en Lynch, que andaba con falda pese al frío, que estaba saliendo con un viejo, con un paco, con un artesano marihuanero. Las habladurías empezaron mucho antes de 1984 y finalizaron varios décadas después.
Para nadie era extraño argumentar que la situación había andado bastante mal desde hacía dos años. La crisis del 82. Todos hablaban de la crisis. “No se vende nada, no hay para comer, qué va a pasar, mucha gente muere en Santiago”, se decía. “Apenas alcanza para echarle al puchero”, murmuraban las mujeres en el inicio del pasajes aunque por temor nadie lo decía abiertamente, pese a que por las noches echaran maldiciones a los tiranos y asesinos. Nadie se metía.

Y así arribó la Navidad.

Tal vez estaban en ello o mirando El Festival de la Una cuando se escuchó el disparo. Lo oyeron los Burgos, su hija, los demás vecinos y los niños que estaban a punto de ir a almorzar en el pasaje Federico Hott. Un disparo que echó a volar las palomas, pero del cual nadie hizo nada. Tal vez solo había sido un tubo de escape roto, o un neumático reventado. La mente de todos estaba puesta en la Navidad que era un bálsamo por aquellos días. El sol estaba firme desplegando un manto de tibio espíritu navideño judeocristiano. No había dinero pero era Navidad.
Cuando la hija de los Burgos retornaba muy tarde del usual trasnoche vio a un niño que salía corriendo desde una de las casas. Pese a su leve estado de intemperancia le llamó la atención. El muchachito enfiló diez metros por Manuel Rodríguez y dobló en el pasaje como si lo persiguiera el demonio. Eran las doce del día y era Navidad. A los cinco minutos el niño salió del pasaje en una bicicleta azul. Uno de los tipos que compraban en el único negocio de la esquina le pareció advertir que el muchacho tenía pintas doradas en el ojo. Algo extraño había sucedido.
El ojo dorado. Sólo cuando alguien mira a la muerte cara a cara sus ojos adquieren esa característica, permaneciendo para siempre. El ojo dorado. La mirada de la muerte.
Una triquiñuela. Eso fue lo que utilizó el anciano para quedar solo. Cerca de las diez de la mañana llamó al muchacho y le dijo que era Navidad, que lo quería mucho y le alargó un billete.

– Cómprate esos shorts de basquetbol que tanto te gustan- señaló el anciano con una sonrisa un tanto extraña, tal vez debido a los antidepresivos.

El niño abrió los ojos de felicidad y extasiado respondió con un “gracias abuelo” que serian las ultimas palabras que le diría. Rapido se vistió y salió fuera. Con los brazos abiertos una mañana radiante lo acogió mentirosa. El niño apuró el paso en busca de su ansiado pantalón corto. Era la maldita navidad de 1984 cercana al pasaje Federico Hott en Osorno. Sin saberlo el muchacho había adquirido el ojo dorado. Maldito regalo de navidad intangible, lo acompañaría hasta el final de sus días, aunque él tratara por todos los medios de olvidarlo, de borrar ese episodio, de negarlo, de eliminarlo. No se podía. El ojo dorado quedaba incrustado. Cruel, cuanto a más temprana edad se recibía su raíz era más profunda. Si para un adulto el cruzarse con la muerte era terrible, para un niño podía ser devastador, si el amor no se advertía a corta distancia, cual salvavidas.
Los Burgos comentaron el hecho durante el almuerzo de aquel 25 de diciembre. La esposa de Tono lamentó la muerte del anciano. Su hija dijo que el hombre parecía buena persona; sí, confirmaron los otros dos hijos sirviéndose un poco de jugo de manzana. Y entonces el Tono, el patriarca de aquella pobre familia dijo algo que pocos entendieron pero que quedó grabada en sus mentes para siempre. Algo que incluso les serviría para entender la historia del país.

El tiempo pareció detenerse. Como si estuviese en un lugar distante señaló:

– Hay familias a las cuales siempre les ronda la muerte. Pero no es culpa del destino sino de los hombres- sentenció. Y luego hizo un brindis por su familia, que “puede ser una familia de mierda”, dijo un poco bebido; “pero aún están todos con vida”.

La hija del Tono brindó con ganas. Por primera vez escuchaba algo cuerdo en boca de su padre.

Y luego la existencia continúo su ritmo marcial mientras en la Plaza Suiza la muerte iba en busca de a quien entregar el desconocido pero cruel ojo dorado.

Los Burgos tenían suerte. Pese a su pobreza estaban vivos. No sanos ni a salvo; pero vivos.

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