Margot y la ausencia

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Por Hugo Dimter P.

Cae la noche y, a medida que nos acercamos, los perros ladran con más fuerza. Vamos con ni madre al encuentro de Margot, su amiga de años, quien vive permanentemente en Maicolpué.
Margot es una alemana que fuma desde que sale el sol hasta que se duerme. Tiene 50 años -pero se ve mayor- y se gana la vida cuidando casas de veraneo de osorninos que le pagan mensualmente una pequeña cantidad por revisar y prevenir robos. Margot es separada y solo vive con unos veinte perros de todas las razas y tamaños.
Podríamos decir que ante la ausencia de sus dos hijos ella vive sola pero no sería correcto; los perros son parte de su familia y ella tiene una relación mucho más intensa que la usual entre el amo y sus mascotas. Los perros son para ella como hijos, y más en un lugar desolado, frío y lluvioso como este Maicolpué de comienzos de los 80.

Margot vive al final del cerro en el sector donde está la hostería Miller. Su casa tiene cinco habitaciones -dos grandes y tres pequeñas-, una cocina y un living amplio desde donde se observa el mar y la llovizna que cae como un manto sagrado sobre lugareños y turistas, sobre mapuches y alemanes, sobre ateos y cristianos, y sobre el inmenso bosque.
Los baños de la casa de Margot son pequeños pero bien implementados con cosas inútiles como cremas y shampoos de dudoso origen. Al costado del baño hay un estanque de dos metros de un material irrompible como fibra que le proporciona agua y junto a ese estanque hay unos caniles, con piso de madera, donde duermen los perros, en diferentes sectores de la pequeña propiedad, según las razas y la cercanía emocional con la mujer. En un sector vecino al dormitorio de Margot hay un gallinero con una decena de aves: gallinas, pollos y un gallo que despierta a Margot y a los perros.
Algunas veces las guiñas -gatos salvajes- bajan a alimentarse y los perros ladran toda la noche, a lo que Margot se desvela fumando tabaco negro y bebiendo café y leyendo novelas rosas de autoras españolas de la década pasada mientras observa como la bruma envuelve el balneario.

Ahora nos acercamos a la tranca y mi madre grita fuerte:
-Margottttttttt!
Los perros se abalanzan. Una jauría con todos los colores y formas imaginadas. Saltan al lado del cerco y yo me asusto.
-Margottttt!- vuelve a gritar mi madre. Y ahí aparece Margot con su cabellera rubia, los ojos azules como la bahía y las ojeras incipientes. En su mano derecha -con anillos de plata- sujeta un palo de luma y en su cabeza un gorro de lana cruda gris que calienta sus recuerdos e ideas sobre un futuro incierto.
-Salgan de aquí cagadas!- le grita a los animales quienes al escucharla cesan los ladridos.
Se saludan con mi madre. Margot hace un comentario sobre mi estatura y ambas ríen. Es el 5 de febrero de 1981. 45 años antes las tropas alemanas de Hitler ocupaban la zona de Renania, donde provienen los padres de Margot.
-Entremos que hace frío- señala la germana y enfilamos hacia la casa seguidos de una procesión de perros y sombras que hacen sonar la gravilla.
Las lámparas Petronax iluminan el pasillo de acceso a un living descolorido, con óleos descoloridos por el aire marino en las paredes, también descoloridas, pese al barniz adherido ya hace muchísimo tiempo.
-Cómo te ha ido, amiga mía?- le pregunta Margot a mi madre, y ella responde con una frase demoledora y cruel.
-Ambas tenemos ausencias implacables.
-No entiendo a qué te refieres- responde Margot sin darle mayor importancia y la invita a sentarse a la mesa mientras la luna observa un Maicolpué en plena oscuridad.
Ambas se dejan caer en una poltrona atestada de recuerdos y anécdotas mientras yo leo una revista de cine, Kino, donde aparecen indistintamente cow boys y mosqueteros. Pasan veinte minutos.
-Ningún perro entra a la casa?- le pregunto a mi madre y es Margot quien se adelanta a responder:
-No. Los perros se sentirían tristes acá adentro.
-Yo podría jugar con ellos- respondo.
-Los perros son desordenados. No saben jugar- sentencia mi madre un tanto incomoda.
Margot se para y va a su habitación. Hay ruido de cajas de cartón y vidrios. Dos minutos más tarde vuelve al living con una caja redonda que la pone en la mesa. Lenta comienza a abrirla y aparece un conjunto militar alemán de juguete. Son dos tanques, dos autos con cuatro soldados en la parte trasera y dos cañones camuflados. Son juguetes antiguos de madera del Tercer Reich. Los cojo con cuidado haciéndolos correr por la mesa.
Margot mira a mi madre y sonríe.
-Vamos. Sentémonos en el living- la invita.
Mi madre se recuesta en un sillón blanco mientras Margot abre una despensa y saca una botella. Sirve dos copas y le alarga una de ellas a mi madre. Yo sigo jugando en la mesa mientras veo como conversan sin darse tregua. La oscuridad afuera hace que los perros ladren entre las quilas y helechos. A lo lejos las luces se amilanan ante la espesura del cerro y la llovizna.
Ambas beben.
-Una no debería estar sola- dice mi madre.
-Yo no estoy sola- responde Margot.
-Cómo que no estás sola? Ahhhh, olvidaba los perros- señala sarcástica mi madre.
-No estoy sola. Podría estar acompañada pero Guillermo va a volver cualquiera de estos días.
-Margot… Él se fue hace dos años.
-No sé qué tanto hablas tú de soledad o no soledad.
-Pues yo tengo varios pretendientes- responde mi madre y sonríe.
-Pues dónde están? Yo te veo sola. Vamos sé sincera…. No nos saquemos la suerte entre gitanas- acota Margot.
-Te estás engañando. Ves una realidad que no es. Las ausencias son tuyas; no mías- finaliza mi madre.
-Eso no es así!- grita Margot con el rostro desencajado. Luego ambas callan. El grito hace que un estruendo de ladridos se desencadene afuera. Los perros se han acercado a la puerta principal desesperados.
Yo sigo jugando con los tanques de madera en un campo de batalla imaginario. Una batalla silenciosa e inofensiva contra un ejército inexistente. Una guerra que no tiene bajas ni víctimas.
-Vamos- me dice mi madre-. Ya es demasiado tarde.
Yo me levanto pasando a llevar un tanque de juguete que cae al piso. Me agacho a recogerlo y es al momento de alzar la cabeza que veo a Margot junto a mí. Meto los juguetes de madera en la caja de terciopelo y se los devuelvo.
-Gracias- señalo. Es lo único que atino a decirle. Ella me mira en silencio. Yo también. Advierto que sus pensamientos parecieran ir al pasado. A un pasado feliz rodeado de muchas personas que la quieren. Un pasado imposible de volver. En su mano un cigarro y el humo que se disuelve en la habitación. Una mujer y sus ausencias. Ya no hay nadie en la casa. Solo ella y la vida que se fue disolviendo. Solo humo y los perros.

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