Años de plomo

Por Hugo Dimter P.
Cómo? Cuando supieron que la emigrante -quien debía ntegrarse al Departamento de Desarrollo Social de la municipalidad de Quilicura- era italiana, todos, incluido el alcalde, se extrañaron. En el 2003 los italianos se iban de vacaciones a Capitán Pastene, Temuco, Valparaíso o a trabajar a Las Condes, Vitacura y La Reina; pero no a una comuna pobre como Quilicura. Eso es lo que pensaban muchos, incluidos los agentes de extranjería que habían tramitado su ingreso. Mayor sería la sorpresa al enterarse que la italiana se llamaba Anna Laura Braghi, que era Asistente Social y no era una jovencita sino una mujer hecha y derecha de 50 años.

Los comentarios no se hicieron esperar: que había llegado a Chile tras un lío de platas, que su marido había muerto recientemente tras salir de la carcel, o lo más descabellado, que era amiga de la Presidenta Bachelet.

El día que fue presentada ante sus compañeros todos los rumores se hicieron trizas. Anna, con sus anteojos, su cabellera negra y una sonrisa limpia y transparente en una cara redonda, era todo un amor. Humilde y cariñosa se ganó a todo el mundo en tan solo cinco minutos. Sus compañeras se asombraron ante su ternura y los varones quedaron impactados con la belleza física y espiritual de aquella mujer de la cual se desconocía casi todo.

-No tengo nada que esconder. Alguna vez fui culpable por errores propios. Ahora soy libre y no he cometido ninguna acción que dañe a la gente. Ahora quiero ayudar a los que necesitan un apoyo. Antes también quise hacerlo pero no se pudo. Eran tiempos difíciles y habría que analizarlos al rigor de esa época y lo que se vivía- señaló Anna Laura a sus colegas sin que éstos entendieran nada. No les importó. La italiana debía ser un poco loca pero buena gente. Tal vez quiso decir una cosa pero se le entendió otra.

El jefe del departamento tomo rápidamente la palabra realzando las cualidades de Anna Luisa e improvisando sobre lo que él y el alcalde deseaban lograr en una nueva política con los vecinos: un asistencia directa, real y ejecutiva que se manifestara en un mejor vivir para esa gente. Además existía un proyecto de acogida a emigrantes y ahí Anna Luisa brindaría todo su conocimiento.
Pasó un año: Anna vive en la comuna de Santiago Centro, en Agustinas con Maturana, habitando un departamento demasiado grande para una persona sola. Se compra un Fiat 145. Una tarde a la salida de su trabajo choca levemente con otro vehículo. Es así como conoce a Leonardo. El hombre es abogado y tiene cinco años menos que ella.

-Oye, tú tienes un acento raro. Eres italiana- le dice él de forma bastante estupida para luego de desechar lo del seguro.

-Menuda idea tuya. Claro que soy italiana- responde Anna riendo.

Leonardo la encuentra sumamente atractiva.

-Oye, y podríamos juntarnos otro día. Por qué no me das tu número de teléfono- le solicita él apresurado.

-Vas demasiado rápido muchachito. Vas en un Ferrari y yo en un Fiat- responde ella.

-Está bien yo te lo daré- señala él convencido y le alarga su tarjeta de presentación.

-Si tienes algún problema con la ley o uno de estos días te sientes sola me llamas- señala el atolondrado abogado.

-Bueno, me meteré en líos entonces- responde ella y guarda la tarjeta en su cartera. Los dos ríen. Se retiran rápidamente del lugar. El abogado no ha discutido absolutamente nada del choque: tiene seguro, pero realmente no le importa. Es más agradece al destino la insignificante colisión.

Pasan tres meses hasta que un día Leonardo recibe una llamada. Es Anna.

-Alò. Soy una emigrante italiana. Choqué hace tres meses y aún no me pagan la reparación- señala Anna riendo.

-Nunca me dijiste tu nombre-responde Leonardo sabiendo con quién habla.

-Anna.

-Pues bien-agrega Leonardo-, debemos reunirnos. La invito a cenar el viernes en Blue Air de Plaza Brasil.

-Me parece buen método repararorio- contesta ella.

-A las nueve?

-A las nueve. Yo reservo una mesa- finaliza él y cuelga. Luego revisa el número y con absoluta tranquilidad lo guarda en su enorme celular Sony Ericson como “Anna”, suponiendo que se escribía con dos n.

Días después ambos se reúnen con la mejor intención. No había nada pero ambos anhelaban que lo hubiera. Ella se pone un vestido azul oscuro que la hace ver más delgada. Él un terno blanco que lo hace más robusto ante su esmirriado físico. Leonardo fuma demasiado y se alimenta mal. Aún así no le importan las apariencias.

Anna ve una foto que Leonardo tiene en la billetera.

-Eso fue el 78 en España- confidencia él.

En la foto se ve un joven Leonardo junto a su madre, también bastante joven, al lado de un auto cercano a la playa. Los dos sonríen. A lo lejos se advierten otros veraneantes.

-Y tú qué hacías el 78?- le pregunta Leonardo. Anna se pone seria.

-Estaba en Roma. Trabajaba en una biblioteca. Era muy joven e idealista- responde Anna con una sonrisa forzada.

-O sea que te gusta leer?- pregunta Leonardo.

-Por supuesto. Italo Calvino, Moravia, Pavese, Primo Levi. Poetas: Alda Merini, Alfonso Gatto. Y varios más.

-Pasolini?

-Pasolini. Por supuesto: gran intelectual. Un Adelantado. Murió en extrañas circunstancias. Una vendetta.

-Bueno, muchos cayeron así. Aldo Moro también murió en extrañas circunstancias. Fue asesinado. Pero, eran tiempos difíciles, supongo. Yo siempre me he preguntado quién realmente lo asesinó?

Anna guardó silencio. Su rostro se tornó pálido y mortecino. Como si su alma se hubiese evaporado al escuchar la última frase de Leonardo.
El ojo de una cerradura. Una muchacha mira por el ojo de una cerradura. Un hombre escribe cartas. Sobre su cabeza hay una bandera de las Brigadas Rojas con una estrella de cinco puntas. El hombre que escribe las cartas es mayor: pelo cano, rostro moreno con arrugas, mirada distante. Es un rehén. Afuera de la habitación suena la voz de Rafaella Carra cantando. Tanti auguri 1978. El hombre medita sobre su destino y el de Italia. Es mayo de 1978, “los años de plomo”.
Anna ordenó salmón con ensalada. Leonardo un trozo de cordero asado con puré picante. No fue mucho lo que conversaron. La cena estaba deliciosa. Luego ambos pidieron de postre un Tartufo. Bebieron vino tinto y cuando todo había acabado un café con vainilla. El ambiente en el restaurante era cálido y parsimonioso. La música de Monk los hizo olvidarse de ese frenesí que era Santiago. La noche había caído sobre sus habitantes alentándolos al descanso, al momentáneo letargo de una animal salvaje que recupera fuerzas antes de salir a cazar nuevamente.

-Bueno-dijo Leonardo-, cuéntame algo de ti.

-Qué quieres que te cuente-respondió ella.

-Cualquier cosa interesante…Por qué viniste a Chile?

-Hummmm- murmuró ella-. Necesitaba salir de Italia. Pensé en ir a Alemania pero era demasiado cerca. Irlanda lo descarté por mi nulo conocimiento del inglés. El español lo manejaba mejor y es muy parecido al italiano. Pero no deseaba ir a España por la crisis. Elegí Chile por su estabilidad y por motivos políticos. De historia más que nada. Cosas de asistentes sociales.

-Motivos histórico-políticos?

-Sí. El gobierno de Allende y la oposición a la dictadura de Pinochet. Me interesa conoce acerca de esos procesos políticos.

-Interesantes temas para una extranjera- respondió Leonardo.

-No me siento extranjera. Desde cierto lado político soy uno más de ustedes.

-Eres de izquierda?- preguntó Leonardo sin ambigüedad.

-Soy de izquierda. Lo fui y lo seré.

-Lo dices como si hubiera un antes y un después.

-Lo hay- respondió Anna-. Pero no quiero hablar de eso. Menos en una cena romántica. Porque esto es una cena romántica, cierto?

-Pero por supuesto que es una cena romántica- respondió Leonardo y llenó la copa de Anna con el resto de vino que quedaba en la botella.

-No trabajas mañana sábado?-preguntó Anna.

-No. Tenemos toda la noche para nosotros- respondió Leonardo y se echó a reír.

-Qué pasó?- preguntó ella.

-Nada. Sonó demasiado romántico eso de “tenemos toda la noche para nosotros”.

-Puede haber sonado de esa forma pero es así- finalizó Anna y Leonardo volvió a sonreír confiado en que la velada recién comenzaba.
Pasan las semanas. Anna se aboca con todo su entusiasmo a su labor en la municipalidad. Intuye que alguien ha dado una indicación sobre un tema que se podría tornar complejo: la gran cantidad de emigrantes que comienzan a llegar a Chile. Ya no son solo peruanos y bolivianos en el norte. Personas de diversas nacionalidades están en Santiago, acá y ahora. Muchos colombianos y una gran cuota de argentinos huyendo del corralito y la pobreza tras la crisis de De la Rua. Anna intuye que se ha elegido a Quilicura como la comuna que debiera albergar a todos estos extranjeros pobres, alivianándole la carga a otras comunas. Anna pensó que era una mala opción social del Estado establecer un ghetto en la periferia para mantener la normalidad en el centro. Eso era una ilusión momentánea. Una iniciativa así era inviable: los emigrantes se iban a diseminar por toda la ciudad. Solo con los más pobres, los recién llegados, los que tuvieran más problemas en adaptarse, se podría dar una situación así en un determinado espacio físico. Por un tiempo, el tiempo necesario en que lograran mejores espectativas y se trasladaran de barrio y luego de comuna.

Anna meditaba sobre estos sucesos en un ejercicio de presente y futuro. Especulaba creyendo tener una gran cuota de asidero a la realidad con lo que sucedería: homofobia, el nacimiento de un nacionalismo extremo, el campo fértil para los populismos y la violencia. La infaltable violencia de una sociedad que buscaba culpables donde no los había. Los culpables eran otros, gente tras bastidores, tras las gruesas cortinas de la política.
Anna se pierde en la ciudad, una ciudad extraña, todo está sumido en la niebla, es invierno y Anna está atiborrada de recuerdos, de la nostalgia y los dolores de los años de plomo, de clandestinidad y de muerte. La gente parece empujarla de un lado a otro generando la envolvente depresión del alma y del cuerpo que se estremece con el frío. Cuál es su destino? Adónde va? Será importante el futuro? Un anciano yace en una esquina pidiendo dinero mientras los transeúntes lo ignoran. El anciano, a duras penas, se pone en pie mientras la sirena de un carro policial ulula con estrépito.
Otro restaurante, italiano, inmenso y antiguo, esta vez. En un antiguo edificio del barrio alto. La misma pareja cena luego de unos días sin verse. Ambos, parece, que no desean separarse. A un costado hay una pequeña pista de baile donde algunas veces los enamorados danzan.

-Todos llevan prisa en esta ciudad histérica- dice Leonardo mientras Anna cabecea y se le escapa una cuchara entre las manos, una cuchara que ha quedado huérfana entre decenas que yacen juntas en una bandeja de aluminio en un descanso del comedor. Cucharas muertas arrumadas en el frío de una ciudad congelada, una ciudad con un irreal manto de nieve sobre casas de los año 50. Casas de dos pisos, cuadradas. Casas del sur transportadas por los aires hasta Santiago. Casas muertas. Fallecidas en los 70 y resucitadas al tercer día. Casas de torturadores y torturados. Inmuebles sin venas ni calefacción interna, ni respiraderos ni sótanos con cajas de boletas antiguas. Casas de los años 80 en blanco y negro y luego a color. Casas también de los años de plomo. Porque Chile también tuvo sus años de plomo.

En eso piensa Anna al ver un cuadro en la pared: una casa incrustada en un paisaje invernal.

Qué pasa Anna?- pregunta él.

-Eso es lo que me preocupa: el no saber lo que pasará. Se lo que pasó pero le temo al futuro. Tú sabes lo que vendrá?

-Claro, estaremos juntos- respondió Leonardo con valentía.

-No-aclaró ella-. No estaremos juntos. Estaremos solos, tal vez con nuestros muertos. Solos al fin- dijo ella y en su mente apareció el recuerdo y la figura de un hombre mayor caminado por un corredor vigilado por dos muchachos. Un hombre que ha sido condenado a muerte.

Leonardo se paró y dijo que iba al baño, que hacía frío, que si quería pidiera otra copa de vino, o un café.

-De acuerdo- respondió sin ganas Anna. Pero no ordenó nada. No deseaba apagar los recuerdos que se habían encendido en su mente. Con lentitud abrió su cartera y sacó una hoja muy doblada, en seis u ocho partes, una fotocopia y, mientras la gente en las otras mesas brindaba y simulaba ser feliz, ella comenzó a leerla:
5 mayo, 1978

“Mi dulcísima Noretta,

después de un momento de tibio optimismo, debido tal vez a mi equivocación sobre aquello que se venía diciendo, estamos lamentablemente en el momento final.

No me parece el caso discutir esta cosa en sí y de lo increíble de una sanción que cae sobre mi docilidad y moderación.

Es cierto, me equivoqué buscando el bien al definir la dirección de mi vida. Pero lamentablemente no se puede cambiar. Queda solo reconocer que tenías razón. Solo se puede decir que, tal vez, hemos estado, en otro modo, condenados, nosotros y nuestros pequeños. Y todo esto es para el pasado; para el futuro hay en este momento una ternura infinita para vosotros, el recuerdo de todos y de cada uno. Un amor grande, grande, cargado de recuerdos aparentemente insignificantes y en realidad preciosos. Unidos en mi recuerdo viven juntos. Me parece estar viviendo entre vosotros. Besos y caricias para todos, rostro a rostro, ojo a ojo, cabello a cabello. A cada uno mí o mesa ternura que pasa por tus manos. Sé fuerte, mi dulcísima, en esta prueba absurda e incomprensible. Son los caminos del Señor. Recuérdame a todos los parientes y amigos con inmenso afecto y a ti y todos un caluroso abrazo prenda de amor eterno. Quisiera entender, con mis pequeños ojos mortales, como se verá después. Si hubieran luces sería bellísimo”.
Anna termina de leer la carta. La deja en la mesa y con los ojos llorosos se acerca para volver a leer las dos ultimas lineas:

“Quisiera entender, con mis pequeños ojos mortales, como se verá después. Si hubieran luces sería bellísimo”.

La música inunda la inmensa sala. Es una tarantela y dos parejas, ya de edad, salen a bailar. Los integrantes de las otras mesas aplauden entusiastas. Anna guarda la carta y mira hacia afuera, por los ventanales enormes desde los cuales se divisa la ciudad con un mar de luces. “Es bellísimo” piensa Anna, en el mismo instante que Leonardo irrumpe y ella vuelve a sonreír.

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