Juan Balbontín

Frutos secos
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Al final hay un patio pero antes la terraza con una banca que delimita la sombra de un breve espacio de luz y calor. Es el lugar ideal en un  verano osornino bastante displicente. Un cenicero, dos vasos pequeños. La tranquilidad que otorga la brisa en el remanso de Juan Balbontín, el escritor -o ex escritor; aunque nunca aspiró a serlo- que señala que la literatura no sirve para nada.

Juan tiene 64 años pero vive como si tuviera 24. Es rebelde, crítico y anti sistema. Tal vez por eso abandonó la literatura, tan mercantilizada como la educación o la salud. Un libro y una hamburguesa del Mc Donald: ¿Cuál es la diferencia? Todo normado por el mercado, el lucro y la publicidad. “Todo deriva del lenguaje, todo se arma con el lenguaje”, señala Juan un tanto triste.
La casa -un palacio verde y confortable con vigas gruesas- parece haber quedado en los 70’. Incluso él. Se acomoda los lentes y bebe un poco de café.
“La clave es vivir con lo mínimo”, señala y se queda pensando. Y nos quedamos meditando en esa frase que podría dar para unos buenos tomos de qué hacer aquí y ahora en medio de la nada.

De lunes a sábado, a las 14,30, pasa un vecino alcohólico a pedirle 150 pesos y un cigarro. Juan abre la puerta y sonríe. Todos los días abre la puerta sonriente y va a buscar unas monedas y dos cigarros de una marca nunca vista. Son unos cigarros largos y suaves, como los Kent largos antiguos pero de inferior calidad y precio, aunque echan humo igual. Ese es el Juan Balbontín actual. Del antiguo, de ese que escribió El Paradero, que fue compañero de casa de Raúl Zurita y Diamela Eltit, amigo de Eugenia Brito, alumno de Nicanor Parra, Enrique Lihn y Ronald Kay en el mítico Departamento de Estudios Humanísticos, integrante insigne del grupo de La Unión Chica con Jorge Teillier a la cabeza, participante ocasional del CADA, mirista, preso político; de ese Juan Balbontín aún queda bastante. En la lista de los con derecho a pataleo es uno de los primeros, pero en su estilo, pues no es fácil ser Juan Balbontín. Menos ahora que se ha convertido en un mito, una especie del J.D. Salinger chileno.
La identidad chilena. La identidad osornina. La identidad del Golpe de Estado. En todas ellas Balbontín tiene mucho que decir. Gris, El Paradero habla sobre una etapa opaca. De no avanzar, de no ir a ninguna parte. De esos tiempos y de estos tiempos es que quiero preguntarle, luego de viajar 1000 kilómetros. Y ahora por fin estoy  frente a Juan Balbontín y pese a ello mantengo silencio. Por respeto y admiración. Hasta que él levanta la vista y sonríe.

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“A El Paradero, en otra revisión, le habría sacado más páginas”.

Juan vive solo, lo que se puede interpretar como vivir tranquilo dentro del marco que impone el sistema. Pero siempre, o casi siempre,  hay gente que lo visita.

Juan Balbontín parece saber muchas cosas. Está consciente que su vida ha sido excepcional, es decir para nada monótona ni poco sazonada con hechos excepcionales. Es lo que le tocó vivir ya no hay nada que hacer ni tiempo para lamentarse.

Tiene buena mano para la cocina. Ha preparado unas lentejas riquísimas, aunque suene excesivo eso de “riquísimas”. Nos invita a probar ensaladas diversas y una chicha dulce en su punto. Su mente va y viene en un transcurso veloz y a chispazos que enciende los recuerdos pero también, si quisiera, los cigarros -que luego del almuerzo- consume uno tras otro.

 

-Cuando estuve en el Colegio Osorno College fue el año más feliz porque éramos once. Por primera vez teníamos un equipo de futbol. Había once varones y once niñas. Fue el curso más numeroso. Los otros eran para la risa. Ahí estábamos en primer año. En segundo humanidades dieron becas, por eso éramos más. Había hasta sexto, equivalente a cuarto medio; y al otro año éramos menos porque era caro. Poca gente estudiando. En el Liceo también había poca gente.

-Del Colegio Osorno College al MIR era un paso un tanto extraño.

-Bastante extraño, súper extraño. Lo que sucede es que uno de esos  compañeros, Miguel Márquez (Ministro de energía del MEO), pasa por la Escuela Militar, luego va a la Universidad de Concepción y de ahí al MIR. Me acuerdo cuando yo estaba en la Jota, debe haber sido ya en el Liceo, yo ya era amigo con Miguel.

Nadie pudo salvar a Juan del comunismo. Más que una salvación fue una bendición. Independiente de si la casa que lo acogiera fuera el PC o el MIR.

-Para el 67 -año que murió el Che y Violeta- ya me había ido del PC al MIR. El PC era un club juvenil acá en Osorno. Yo había entrado al PC por mi profesor de historia, Patricio Romano, con el que teníamos una discusión ideológica y con el que leímos harto. Pero en el PC andaba vendiendo El Siglo, recolectando botellas, jugando ping-pong. No había
discusión política. Después conocí a Miguel Ángel Catalán Pedrero, que me llevó al MIR en el Liceo. Este compadre que venía de Rio Negro, murió en septiembre del 73 en Tomé, le aplicaron la ley de fuga, y éramos unos pocos en la universidad. Unos buenos ayudistas, profesores con los que colaborábamos unitariamente pero no militábamos. Una base en el Liceo, pero pocos. Puedo reconstituir con cierta seguridad porque el 68 en el primer aniversario éramos pocos con una bandera de papel, y nos paramos en Mackenna donde está la Shell, ahí estaba antiguamente el Colegio San Mateo. Al frente se erigía el Chileno Norteamericano de Cultura, en el que yo también había estudiado con la que era mi profesora de kínder, la directora del colegio era de ahí también. Éramos como cuarenta y el que habló fue Castillo que nunca se me olvida, era un estudiante de la Jota,
universitario. Hubo un detenido, que salió en el diario, mi amigo Miguel Montesinos Rozas. Todos corrimos, venían unos pacos guatones por el Banco Chile y él corrió para allá. Lo agarraron altiro. Apareció en el diario.

El MIR me expulsó el 71. Fue bastante traumático. Había hecho mi adolescencia en un fanatismo religioso-político. Yo no cachaba Los Beatles, nada de mi generación. Los que se volaban no valían nada: objetos del imperialismo. Incluso había olvidado el inglés que había aprendido, así de antiimperialista, de huevón me puse. Después me quitan la militancia porque yo era dirigente del Frente de Pobladores y me niego a acatar una orden: tenía que repartir unos panfletos que llamaban a votar por los candidatos del PC y PS en las elecciones municipales del 71. Yo era crítico de eso y también de la masificación que estaba teniendo el MIR. Éramos un partido de cuadros; después entraba cualquiera. Estaba como el PC: un club juvenil y terriblemente stalinista.

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La universidad jugó un papel importante en la vida de Juan Balbontín. Los cuadernos acumulaban palabras indescifrables, todo el saber del universo; pero a la vez se complementaban con los libros en un acto de magia y rebelión. Había que estar ahí. Era el momento y el lugar indicado.

 

-Yo estudié primero aquí en Osorno, siendo militante del MIR. Había postulado en Valdivia para estudiar Castellano, pero quedé en Filosofía en la Austral. Estaba aceptado en cuarto lugar y con mi hermano, que salimos juntos del colegio, estábamos en lista de espera. Íbamos los dos a Valdivia y me dijo que estaba aburrido a ser el álamo chico. ‘Uno de los dos se tiene que quedar aquí en Osorno, no te inscribas y así va a correr la lista’. Hice caso, me interesaba poco también la expectativa profesional, mi compromiso era con el MIR. Pero en abril se abrió un cupo fuera de plazo, creando la carrera de Servicio Social. A mí me convenía, me dije “bendito seré entre todas las mujeres”, igual como
en humanidades: 25 mujeres y 25 hombres. Eran 50 cupos, entretenido.Y ahí me quedé en Santiago. El primer año empezamos a funcionar en  el edificio central de Ingeniería, en Beauchef, en el quinto piso.

-¿Es cierta esa historia que en la primera clase Nicanor Parra los invitó a beber a un bar de Avenida España, que puso las primeras siete botellas de vino y después se fueron a su casa en La Reina?

-Aparece como una simple borrachera y no es eso. La primera clase parece que estaba media lateada y dijo: ‘Vamos al Talcahuano, yo pongo las primeras botellas”, pero luego todos nos íbamos para las casas, había toque de queda, eran las nueve, había una carpa donde unos cabros de teatro estaban representando unos poemas de Nicanor. Andábamos asustados. Yo a Nicanor no lo conocía. Seguramente me dijo a mí que lo acompañara, y a quién más podíamos llevar, estaba su yerno, era la primera vez que yo me topaba con Nicanor y él en esa inseguridad tuvo confianza en mí que yo lo acompañara, pienso yo, de plano de seguridad de no moverse solo. Y era asustadizo el viejo, y no creo que se le haya quitado. Ahora vive en Las Cruces, antes vivía en Isla Negra, en el barrio alto porque abajo están los grandes y yo llegué de los primeros para evaluar, y me dijo: “Vamos para el pueblo, a tomar una cañita de vino y salimos de su casa. No había llegado nadie todavía. Íbamos por un sendero de campo, de monte, conversando y de repente me doy cuenta que voy hablando solo y Nicanor se había subido en el corte y ¿qué pasaba? Venía una vaca toda flaca caminando. Y ahí bajó y dijo: “Uno no sabe lo que pueden hacer estos animales”.

Silba la tetera.
El agua ha hervido lanzando ese sonido de microtrenes y desenfreno. En la estufa la leña juega con los platos y estos juegan con las cucharas y una olla donde los aromas están pujando por escapar en la cocina de Juan Ernesto Balbontín, divorciado, y semanero en Malvados y Asociados, como coloca en Facebook.

-Ahora voy donde un familiar a alimentar tres perros, una gata y una parvada de gallinas.

¿Todavía sigue pensando que la literatura no sirve para nada?
-Para el que la escribe, para que el que la lee. Segmentos muy reducidos, nada más.

Si la literatura no sirve para nada, ¿qué sirve? ¿Su paso por el MIR sirvió de algo? Ahí en la entrevista decía que usted encontraba un poco irresponsable lo que aconteció en el MIR.
-Pero igual, todos los actos de cierta manera sirven. Algo sirvió el  MIR, para acelerar los mil días de la UP. Porque todo el proceso largo  de la lucha obrera fue poniéndonos de pie. Antes existía el vasallaje,  la gente andaba con las manitos atrás para acercarse a un patrón. Hoy día el mundo es más democrático, pero el sentido de la democracia es mercado no más, es espantoso.

-Tal vez por eso no publicó más novelas, era como meterse al sistema.
-Claro, en la literatura hay que vivir de la venta, y yo creo que la clave es vivir con lo mínimo. Hace menos daño, pero todos los caminos que haga el ser humano, en lo que pueda hacer lo hace. Pero el mundo es mejor. Después de la noche oscura es mejor.

-¿Qué opinión tiene de la poesía mapuche?
-Algunas me gustan. Es buena. Yo no hablaría de poesía mapuche. Ellos ya son cultura occidental. La poesía de la Roxana Miranda Rupailaf, por ejemplo. El mismo Bernardo Colipán. Escriben, porque viven en este mundo occidental, es como la mirada del nostálgico. El mapuche no existe, el mapuche desapareció. Estuvo, mientras resistió, era oral,  porque el mapuche no tenía escritura, se hace de la escritura porque internaliza el dominio y a veces hay internacionalización del dominio. El mapuche se deshizo hasta de su apellido mapuche del cual se avergonzaba. Después de la dictadura empiezan a
replantearse, les daba vergüenza dar su apellido. Hoy día no, es un orgullo, además de un beneficio. El Estado de alguna manera empieza a  pagar la deuda, pero ellos ya son otros, la guerra la perdieron, es lo mismo que nosotros los izquierdosos. Somos derrotados no más, caminamos en la fila del mercado, van a poner la mano ante el yerno de Pinochet, hacen filas.

Pero esos son la izquierda entre comilla, por eso yo siento una gran  simpatía por la gente del Frente, que nunca se metieron, perdieron eso sí, pero siempre lo asumen como una derrota más política, pero no una derrota ética ni moral.

-Para mantener su ética y su moral tienen que mantenerse fuera del mercado, fuera del centro, deben mantenerse en el margen, es su única opción, cuando tú entras al centro, sea lo que sea, hacer clases, cualquier cosa, estás validando lo que critican. La literatura puede servir para eso pero no para lo ético, porque tiene que vivir de algo, los sueños no te pagan, ni tus pares menos, a tus pares tienes que darles cigarros.

-Jaime Huenún, ¿qué le parece?
-Muy interesante, en esto sirve el lenguaje porque tú construyes, en la ficción construyes un mundo, categórico, a veces fuerte, articulado, bien, son mundos no reales, ficticios.
La pelea del mapuche, no es para volver al siglo XIV o XV es para establecerse en el XXI y cómo te estableces en el XXI si no eres productivo, solamente subsidiado, este confort del siglo XX al cual uno fue llegando es producto de esta acumulación capitalista, de otra
manera no se puede. La otra manera era con la economía planificada con el sacrificio de grandes masas, de usos de tierras, aquí en Brasil esas súper carreteras, donde había unos indios que quedaban, entran al sistema, no hay otra opción. El proyecto colectivo yo no lo veo,  más que la posibilidad de ser marginal no más. El mundo va caminando
igual uno está con los beneficios de este desarrollo, ahí está la Violeta cantando, está muerta, pero está cantando. Algunos postulan el cambio del modelo, pero cómo lo van a cambiar si están dentro del sistema- finaliza Juan.

Es el  momento, el preciso instante, en que uno entiende a carta cabal su actitud frente a la vida y al sistema. Recién ahí uno entiende quién es Juan Balbontín. Y uno siente vergüenza de ser tan imbécil y tan cobarde de no enfrentar al monstruo de forma más viril, como Juan. Y  ahí uno siente la pequeñez y el vacío frente a la inmensidad de su ejemplo.

Hoy se lee más que antes. Yo sabía de los cien posibles lectores que había en Osorno. Con la gente que leía las familias se preocupaban, decían que estaban locos. Y eso que no había tele. El diario lo leían algunos no más.
La librería Minerva en Osorno era una librería chiquita, una maravilla para mí. Había una escalerita para el segundo piso, estaba bien arrumbado. Había poca luz y yo que siempre he sido ciego, de chico… Bueno, mirar los títulos ya era una maravilla. Tenía literatura. Yo vivía en Baquedano y había una librería en una casa que todavía está, de
O’Higgins hacia Bulnes, una casa antigua a dos cuadras de mi casa. Yo  vivía al lado, donde pasaba el tren, en Portales. Y existía esta librería que libros no tenía, era la Escuela Andes. Pero yo pasaba ahí a mirar esa vitrina que antes era la ventana de esa casa. Entraba a  comprar papeles, esos papeles lustres, cartulinas. Un mundo muy
precario; no como ahora que tienen de todo, mil tonteras, stickers y  otras idioteces.

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