Las calles de Roma

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Por Persus Nibaes

Quería contarte qué fue lo que vi cuando estuve en Roma.
Entré a Italia por el norte, desde Múnich tomé un tren que no estaba en su andén, si no que tuve que preguntarle a un bávaro dónde estaba mi tren, y me respondió en inglés, porque muchos alemanes hablan inglés cortésmente.
Crucé los Alpes por Austria. Era mucho más barato hacer el viaje Berlín-Roma en avión, pero a veces lo barato no es lo mejor.
Quería cruzar aquellos Alpes que siglos atrás le habían costado tantas vidas humanas y elefantes a Aníbal el conquistador cartaginés que quizo dominar Roma y no pudo.
Toda esa zona alpina es muy ostentosa, mucho lujo y comercio industrial entre Alemania e Italia hacen que la ruta sea muy concurrida por pasajeros y trenes de carga.
Quería comparar el cruce por los Alpes con el cruce por Pajaritos entre Osorno y Villa la Angostura por los Andes.
La naturaleza es hermosa en todas partes, aunque creo que son bellezas diferentes.
Los Andes cómo cordillera están mucho más conservada en su estado natural, en cambio los Alpes austríacos están mucho más intervenidos, digamos que son unas montañas más cuicas, que es una palabra chilena para caracterizar a alguien de la clase alta de la sociedad chilena.
En Chile hay gente que habla con una papa en la boca o que imita aquella gente que habla con una papa en la boca, para aparentar pertenecer a un grupo social, al que aspiran, porque en Chile si no tienes medios de producción y vendes tu trabajo, eres clase media, igualmente hables con la papa en la boca o no.
Los Alpes austriacos son montañas intervenidas en su naturaleza, con ese don que tiene los cuicos de hacer que todo parezca artificial, por eso a los europeos les gusta tanto venir a Chile, porque aquí el entorno todavía es muy natural.
En ese sentido los Alpes son un espacio muy caro, por lo que el pasaje en tren me costó mucho y porque lo compré a la rápida, sin la planificación alemana que es evidentemente útil, pero creo que un viaje tiene que tener la sensación de lo imprevisto, de lo impensado, de lo repentino, entonces un fin de semana mientras estaba estudiando en Jena, me pregunté qué lugar de Europa me gustaría ir.
Me decidí ir a conocer Roma, pero en tren, total tenía un fin de semana largo por delante, y en Jena el fin de semana es extremadamente aburrido.
Luego de unas horas de viaje y después de ver la cantidad de maquinaria nueva en ambos sentidos que circulaba entre Alemania e Italia, caí en la comprensión de lo que significa estar en un país industrial.
Siempre enseñé en el colegio la Revolución Industrial como profesor de Historia, pero hoy había visto todo el día cómo la línea de montaje del fordismo cruzaba los Alpes en ambos sentidos, y que todo ese hierro de grúas y camiones nuevos, mantenían una de estas mansiones de algún cuico europeo, dueño de una gran industria y de alguna de estas ostentosas casas que trepaban las montañas y competían por subir más alto en la cordillera.
Al entrar a Italia se siente inmediatamente el cambio térmico. Por eso es que muchos alemanes escapan a Italia el fin de semana. Después del frío alemán es agradable pasar unos días cálidos en la vieja Italia es impagable para los que soportan el frío alemán.
El contraste cultural también es grande. Los italianos cómo buenos latinos son grandes conversadores y expresan sus ideas y emociones en forma exagerada comparados con la frialdad del alemán o el austríaco.
Lo interesante es que en esta zona del norte alpino de Italia se habla italiano y alemán, y las estaciones de los trenes se suceden en los dos idiomas.
A medida que el tren va bajando, va aumentando la temperatura. Llegamos después de varios cambios de tren a la ciudad italiana de Verona, después de detenernos en Trento, Bolzano y en la ciudad austríaca de Innsbruck.
Me prometí que alguna vez volvería a Verona, pero para hacer el recorrido este-oeste que conecta las ciudades de Milán y Venecia.
Esta vez, el sentido de mi viaje era norte-sur y mi destino era la ciudad de Roma.
El italiano es un idioma que para un hispanohablante con un poco de esfuerzo y buena voluntad, puede entender algunas cosas.
Nos pusimos a hablar con mi nuevo vecino en el camarote del tren y era el típico italiano llamado Francesco.
Un tipo simpático que me contó que vivía en el norte de Italia y que iba a Roma a ver a unos amigos el fin de semana largo.
Parece que todo los italianos se llamaran Francesco, y en verdad, los italianos en general se visten muy bien.
Usan una barba muy cuidada y el pelo siempre con un corte de pelo reciente.
Al menos esa impresión me dio, aunque ya sé no se puede generalizar.
Los campos italianos famosos por sus viñas y olivos, generan productos agrícolas de gran calidad. Tienen un encanto al que ya muchos escritores se han referido. Pero me gustaría decir que parece ser que de cualquier casita de algún pueblito de esos, salía Malena seguida orgullosa por un chico en bicicleta y un hombre bajito con un pañuelo en el cuello.
Eso, queridos amigos es un lugar común, y en la escritura uno debe evitar describir así, con imágenes hechas por películas o por otro libros. Buen escritor es el que inventa nueva imágenes o describe la realidad utilizando un lenguaje nuevo del que ya se ha manoseado tanto.
Pero en mi caso no puedo olvidar a Malena y debo reconocer que siempre estuve expectante si la Belluci aparecía como una diosa caminando en taquitos como les gusta a las italianas, por las calles de aquellos pueblitos, pero aquello nunca ocurrió.
Quedaban cinco horas en tren todavía para llegar a Roma, así a medida que la tarde caía sobre la campiña y se sucedían viñas y olivos, a lo lejos comenzaba a relucir los primeros destellos de la antigua capital del mundo.
La entrada a Roma fue de noche, el tren cansadamente se acomodó en los andenes de Roma Termini, que es como se conoce la estación central de Roma.
Me había preocupado de hacer una reserva en un hotel cercano. Mientras me ubiqué en el mapa e identifiqué la calle dónde estabas mi hotel, tuve el primer choque con la realidad de Roma.
Seguramente la atracción de la capital antigua de la civilización, siempre atrajo a las personas de los más lejanos lares.
Seguramente en todos los tiempos los caminantes y errantes de todas latitudes y colores, habían recorrido inconmensurables distancias caminando para entrar en la ciudad de los césares.
Antes de cruzar la calle hacia mi hotel, vi la realidad detrás de tanta ostentación.
Decenas de inmigrantes pobres, africanos, árabes, sin techo todos, algunos con niños, se apretaban para alcanzar un espacio para dormir a las afueras de la terminal, en lo que fue para mi la primera vez que chocaba de frente con la realidad de los otros seres humanos.
Muchas veces me sentí pobre, algunas veces miraba para atrás y veían todo el esfuerzo por estudiar en Chile donde nos han robado todo, pero no fue hasta que vi la realidad de estos otros-otros, que no caí en cuenta que yo nunca fui pobre. Humilde seguramente, de escasos recursos diría un político.

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La pobreza de los inmigrantes africanos o árabes que entran por el sur de Europa, es una cachetada en la cara. Pensé, en qué momento el Papa Francisco baja de sus palacios y su vida ostentosa para cobijar a estas personas como profesa su religión.
El frío de la noche romana igualmente era lastimoso, a pesar que no hacía el frío de Alemania, yo no habría podido dormido ahí, el frío me habría pasado la cuenta, y recordé que esta gente, quizás habrá pasado por cosas quizás más terribles que dormir en la calle a las afueras de una estación.
Siempre había gente más necesitada que otra, y volví a caer en cuenta que a pesar que yo era chileno, y siempre me sentí en Europa como un otro distinto, en el fondo era un occidental que llegaba a la ciudad a dormir en un hotel.
Era una persona que pensaba en la pobreza en términos teóricos y que siempre analizaba la desigualdad de las cosas, pero nunca había tenido que dormir en la calle.
Lo que nunca comprendí después de visitar el Vaticano, es cómo es posible que esta diferencia exista. Por qué el Papa y su enorme riqueza no pagaba la caridad de darle un techo a esta gente?
O será que cómo ellos no son cristianos, esos niños pequeños de la edad de mi hijo, no merecen dormir bajo un techo por que sus padres creen en Mahoma y Alá?
Me acomodé en mi hotel y durante tres días recorrí las ruinas del antiguo imperio, la estatua de Rómulo y Remo y su madre Loba, el Coliseo, la Ciudad del Vaticano y la Fontana di Trevi.
Comí pizzas y hablé con un matrimonio español, un argentino y una chica rusa.
Compré recuerdos y me tomé las típicas fotos del recuerdo.
Pero si me preguntas, qué fue lo que más me llamó la atención de lo que vi en las calles de Roma, creo que nunca voy a olvidar aquella gente que se sentía triunfadora por poder comer los restos en la basura del McDonals y dormir en un saco a las puertas de la estación de trenes, y que esperan el golpe de suerte que los lleve más al norte en Europa, a los países del frío, donde poder encontrar un trabajo para escapar de la guerra.
Comprendí que habían personas que no iban a hacer turismo a Roma, si no que habían muchas cosas peores en Siria o en la África negra que olvidar, más allá de tener que dormir en la calle. Mucha de esta gente habían perdido a sus hijos, sus esposas y sus casas. Vienen de ciudades arrasadas y de países con problemas complejos.
Mis problemas personales no eran dignos de contarlos en ninguna crónica.

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