Una Violeta Parra no de Wikipedia

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Por Pablo Rosenzvaig

Crecí en Argentina durmiendo en sillones de casas ajenas porque mis padres se cansaron de comer guaguas chilenas en el 73 y fueron a buscar carne nueva allende los Andes. Crecí entre medio de voces que parecían estar siempre diciendo cosas importantes y me demoré demasiado tiempo en conocer a Violeta Parra.
Nací entre Quilapayún, Los Jaivas, Los olimareños y Richard Wakeman.
El primer CD que llegó a mi casa fue Back in Black y no sé por qué nunca llegó a mi infancia Violeta Parra. Ahora, que la escucho en serio, tal vez puedo empezar a entender la razón de tanto tiempo sin ella.
Uno escucha ahora a Violeta Parra con audífonos y aunque repitas cada canción mil veces, no te sirve para usarla como discurso de nada.
Hay algo en ella, que no te deja escucharla desde un lugar común. Tal vez porque suele ver las cosas no sólo desde mil lugares distintos sino de miles de formas diferentes. Si ahora, que la he escuchado mil veces, me imaginara a mis padres discutiendo de política -con esto de fondo cuando tenía 6 años- la escena sería muy parecida al escuadrón suicida de la vida de Bryan, porque en vez de ir a pelear a la calle con un sentido político asumido, se habrían puesto a pensar en el sinsentido. Habrían hecho del amor, de la patria y del conflicto social, todo lo contrario a un panfleto.
Las canciones de Violeta Parra son tremendamente políticas pero no de la manera en que se puedan usar para otros fines que para los que ella tiene en su cabeza. En ella, lo cotidiano se transforma en algo político, y lo privado en algo que termina hablando de ella y de todos. Violeta Parra transforma lo privado en público y por eso se vuelve tan y más política, que lo que no se quiere ver.
Parra es más política que la política misma, porque era tan seca que logró mostrar la política pero construída con su cuerpo y sus cicatrices. El dolor de Violeta no es ese bienvenido dolor tan de moda en estos días, porque su dolor era de esos que quieres esquivar, pero que si lo haces terminas esquivándote a ti mismo.
Violeta Parra es una bandera, pero ese trapo del terremoto antes de que lo hicieran emblema. Es el Chile de las rupturas y el conflicto pero no contado desde el manual oficial de la memoria histórica del Chile de Frías Valenzuela.
La memoria histórica de Violeta es una memoria contada por la historia de su cuerpo. Las letras son inabarcables porque ella siempre supo que la verdad lo era y dio su cuerpo para demostrarlo. Lo que escribe es incluso esquivo a cualquier metáfora que pudiéramos querer encontrar. Hay tanta verdad en ella, que hace que cualquier interpretación siempre suene falsa. Uno escucha la cueca llamada “por pasármela tomando” y le sumas a Victor Jara y a Jorge González y tienes la historia del rock chileno. En Chile no hubo sumos, ni Spinettas, ni Charlys y todas las copias que quisieron incluso hacer en los 80 de Soda Stereo, terminaron siendo una especie de Peter Rock copiando a Elvis.
Esto no se trata del chauvinismo que intenta decir que Chile no se la pudo, sino de tratar de pensar quién giró -en algún momento de la historia- la cuerda del reloj para el otro lado.
La historia de Chile suma más Sábados Gigantes y Teletones que historias de rock. Cuando a Virus les tiraban botellazos estilo “Blues Brothers” tocando en Texas y a Sumo los trolleaban por cantar en inglés en época de Malvinas, acá copiaban los peinados de los posters y Cruz Coke se creía rockero en “Bohemia”. Y más acá y más allá de toda esta historia que podemos hacer, Violeta Parra condensa y sigue siendo todo al mismo tiempo.
Es lo que se entiende demasiado porque es demasiado simple. Es lo que ve las cosas de tan cerca que se vuelve incomprensible. Es lo que es tan real que no quieres verlo. Es lo demasiado conciente que se tiene que volver inconsciente para poder soportarlo. Uno escucha a Violeta Parra y escucha al Chile que aún no es y al Chile que no sabe quién es tampoco. Si pensáramos en serio sobre la identidad chilena, tal vez deberíamos decir que la verdadera identidad chilena, es esa que vive preguntándose por quién es y quién no es. Sabemos que no somos peruanos y odiamos a los argentinos y no somos ingleses. Tenemos la empanada y la piscola porque el pisco sour es peruano. Antes de todas estas dudas, Violeta Parra las encarna casi todas. Se hace cargo de la idea estúpida de que el rock es rebeldía, de que el folk es historia o herencia y de que la música debiera representar a la realidad. Violeta Parra no sólo cumple con todo eso, sino que hace de todo eso una pregunta: Donde los Huasos Quincheros dicen: ‘Tá muy malo el corralero, y allá en el potrero como viejo está; hay que ayudarlo a que muera para que no sufra más. Siempre fuiste el más certero, y por eso debes su mal aliviar. Ella dice: “recemos una oración para este muerto viviente” o “Yo canto a la diferencia que hay de lo cierto a lo falso, De lo contrario no canto”..
Entre la diferencia de la certeza de los Huasos Quincheros y las millones de preguntas que se hace Violeta Parra en cada una de sus canciones, podríamos contar la historia de toda la política chilena o la historia de la música chilena completa. Donde Violeta se preguntaría por el paso del tiempo, los Huasos Quincheros dirían “hay que ayudarlo a que muera”. En esa duda eterna y en la forma que tenía Violeta Parra de observar lo cotidiano, es donde sus letras se vuelven políticas y la exceden incluso a ella misma: “Si yo levanto mi grito, no es tan sólo por gritar, Perdónenme el auditorio si ofende mi claridad”. Si uno la escucha atentamente, sabe que cuando pide perdón por su claridad, está pidiendo perdón al mismo tiempo por decir algo privado sabiendo que es político. Gritar no sólo por gritar es porque quiere hacer de su sufrimiento algo que valga más la pena que sufrir sola. Y puta que la dejaron sola. A uno que llegó tarde a escucharla, le encantaría poder pensar que lo que ella cantó y sufrió y lo que uno escucha hoy, pudiera ser superado por una realidad un poquito mejor. Y no, lo que canta Violeta no sólo es actual por lo que dijo sino que es actual porque lo que dijo sigue siendo más actual que mucho de lo que se dice hoy. Lo que canta Parra y que Wood quiso poner como algo nostálgico, no tiene nada de nostalgia. Uno escucha esta letra y dan ganas de que no existiera la película. “Les voy hablar en seguida de un caso muy alarmante, Atención el auditorio, que va a tragarse el purgante, Ahora que celebramos el dieciocho más galante, La bandeira es un calmante. Yo paso el mes de septiembre con el corazón crecido, De pena y de sentimiento, de ver mi pueblo afligido. El pueblo amando la patria y tan mal correspondido, El emblema por testigo”.
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Si uno se pone a escuchar en serio a Violeta Parra no debería tratar de decir nada de ella. Pero entre tanta pelotudez reinante, algo habrá que decir. Y para los giles que creen que estoy trolleando a esos lugares comunes estilo Wood, déjenme decirles que no se trata de eso. Se trata de asumir de nuevo de que llegué a Violeta Parra post película de Wood, y creo que después de eso, Violeta sólo te llama al silencio. Y si vas a hablar de ella, no te sirve esa escena de que no encajas en el Club de la Unión. Mínimo necesitas arriesgarte Wood. Esa escena de la pobre puteando a su jefe que la trata mal es tan DC que no me da para decir mucho más.. Dan ganas de traer a Violeta, estilo Macluhan en Annie Hall para preguntarle qué opina de las cosas que se dicen en su nombre. Yo opino que si te vas a hacer cargo de hablar de ella, deberías haberte ido por este lado un rato: “Pónganme póngame siete botellas, tam’ién siete damajuanas. Pónganme siete cantoras, porque yo me voy mañana”.
Asumo tu respeto, pero no te sirve filmar bien lo que la guitarrra de esta hueona siempre quiso decir desafinadamente lo afinado. Te bastan 3 estrofas para saber que los ángeles, las iglesias y los ministros te obligan a que si vas a hablar de ella, tienes más que saber qué decir, saber cuándo callarte. Los silencios de Violeta en Wood no existen. Si vas a hacer una película de Violeta Parra, mínimo tienes que mamarte el tiempo de las décimas.
Una vez dijeron de Mizoguchi que la muerte sólo se puede filmar de reojo. Bueno Wood, dudaste tanto que al final no dijiste nada. O sea sí, filmaste a la Parra de Wikipedia. La Parra de las canciones es otra.
Y no se trata de nacionalidades pelotudas. Se trata de que estas cosas deberían sonarte más que una nostalgia estúpida de venga boys. Ahora que llevo mil escuchadas de Violeta Parra creo que la más chilena de todas, es al mismo tiempo la más universal de todas. Violeta amaba su tierra y la amaba tanto que dudaba al hablar de ella. La quería tanto que nunca quiso hacer de ella una esencia. Para hablar de Chile habla de todo. Para hablar de ella habla de cada uno de los milímetros que la exceden..
En el fondo Violeta era una obsesiva en mala, pero una obsesiva que Wood trató más bien de hacer una histérica.
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Pero volvamos a la Violeta de los detalles. A esa que es capaz de enumerar veintiun dolores y terminar en 40.
Violeta es tan insoportablemente chilena como si la oreja de Blue Velvet se hiciera un mapa. Esa oreja que hasta que no te acercaste era inofensiva. Mira las cosas tan de cerca y odia tanto las esencias de los plurales, que termina siendo, al fin y al cabo, antichilena. Y no un anti porque andemos criticando lo chileno, sino porque nunca se conformó con que la catalogaran.
Por eso la película de Wood es la Violeta de Wikipedia. No porque hubiera un lugar mejor o más letrado para entenderla, sino porque justamente, no leer a la Violeta de sus entre letras, es no querer escucharla. Si vas a hablar de ella -y me incluyo- no hay que olvidarse de esto: “Qué te trae por aquí? eso habrís de contestar. Si me pensái engañar, yo habré de engañarte a ti”.
Y es por eso que Violeta, aún muerta, seguirá engañándonos siempre a todos.

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