Pulp Vladi 

Tres maletines y un ciego

Habían dado el “gran golpe” en Hong Kong. Dos maletines con joyas que ahora reposaban en la habitación del hotel mientras Vladi y los dos colombianos miraban un partido de basquetbol que había sido interrumpido abruptamente para dar la noticia del robo en las afueras de la Torre del Banco de China. En el informativo se mostraba el vídeo de una cámara de seguridad donde se podía observar a dos de los atracadores merodeando con capuchas. En un instante -muy fugaz- se advertía el rostro del más joven con sus facciones latinoamericanas. Fue por eso que uno de los colombianos señaló nervioso:

-Estamos paila (fritos).

El ambiente se tornó tenso.

 Vladi respondió rápidamente:

-No se ve nada. Quédense tranquilos.

-Chico, que se ve mi cara- argumentó el colombiano.

En el noticiario informaban que el robo ascendía a tres millones de dólares. No era correcto. Vladi calculaba en cerca de cinco millones el golpe. Se quedaron en silencio.

-Estamos paila- volvió a repetir el colombiano en voz baja, levantándose del sillón.

Un aroma a incienso llegaba desde el Kowloom mientras el sol pegaba en la ventana de la amplia habitación. Vladi apagó el televisor pero antes que alguien alegara lo volvió a encender cambiando el canal. Estaba desconcertado pero debía aparentar una calma que era inexistente. La vista de la ciudad desde las alturas la asemejaba a Nueva York. Estaba atardeciendo y el oro de las luces caía sobre el cuello de los barrios circulares, aledaños al mar. Los rascacielos parecían querer tapar el sol pero era imposible. El chileno deseó estar en San Francisco. O en Santiago. O en cualquier ciudad menos esa mientras algunos barcos turísticos se desplazaban por la bahía en completa calma.

-Debemos salir de acá- lanzó de improviso el otro colombiano.

-No hay ningún lugar más seguro que éste- respondió Vladi un tanto ofuscado-. Debemos permanecer un par de días acá. Luego nos iremos.

-Es una locura, mijo. Debemos irnos ahora… Creo que necesito una cerveza- alegó el colombiano.

-Nos quedamos, y nada de alcohol y drogas. Vean tele, jueguen cartas. Traten de ocupar la mente en otras cosas. Nadie salió herido, el golpe fue limpio. Todo marcha como lo planeamos. No hay que desesperarse- argumentó Vladi mientras arreglaba el cuello de su camisa. El chileno caminó por la alfombra con la elegancia de un animal salvaje que espera arrojarse encima de alguna presa distraída. Cualquier otro asaltante en una situación similar se hubiese deshecho de sus colegas. Sin embargo Vladi lo descartó de plano: ambos colombianos le habían salvado la vida. Uno en Rusia y el otro en Medellín. Si las cosas se ponían calientes era mejor defenderse entre tres que solo. Con lentitud se sacó la camisa y el pantalón de tela y los dejó en una silla. Luego se arrojó al piso para comenzar a hacer flexiones. Las manos y los brazos rígidos. Respirando en forma pausada, medida, controlada.
Aldo y Tony, los colombianos, están viendo una película que trata acerca de dos periodistas que investigan sobre la invasión alienigena en una ciudad del sur de Canadá. Los marcianos y su debilidad ante la carne humana distraen su mente mientras Vladi hace abdominales con la

vista fija en los maletines. De pronto tocan la puerta y todos se ponen de pie echando mano a los “fierros”.

Vladi se coloca una polera sin mangas. Con cuidado abre la puerta un par de centímetros y pregunta:

-Sí, dígame?

-Buenas noches. Traigo la cena- señala un señor de edad con gafas y traje de camarero.

-Alguien pidió una cena?- pregunta Vladi a los dos colombianos.

-Yo mijo- responde Tony levantando las manos.

Vladi abre la puerta.

-Pase por favor, señor- le dice al camarero, quien entra con un pequeño carro.

-Gracias- responde él y avanza con lentitud. Demasiada lentitud, piensa Vladi.

-Disculpe que los moleste- señala el camarero.

-No se preocupe- acota Vladi.

-Estaba haciendo ejercicio?- pregunta el trabajador.

-Está a la vista- responde Vladi irónico.

-No, no está a la vista- refuta el camarero-. Usted no lo sabe pero soy ciego. Sin embargo puedo oler y escuchar.

Los dos colombianos esbozan una sonrisa.

-Lo siento- responde Vladi.

-No se preocupe… El hotel contrata un porcentaje de trabajadores con capacidades diferentes.

-Entiendo- respondió Vladi mientras observaba a los colombianos murmurando.

-Hay dos personas más en esta habitación- señala el ciego.

Vladi quedó en silencio por unos segundos.

-Sí, así es.

El ciego ríe y Vladi y sus dos amigos lo miran con seriedad, con cierto odio pero también con cierta pena.
El camarero ciego se ha ido y Vladi se ha duchado. Ahora está frente al espejo en el baño secándose el pelo y pensando en su origen divino maleante. Hijo de delincuente, nieto de delincuente, sobrino de delincuentes. Su familia siempre navegó en aguas turbulentas y al margen de la ley. En una vida como esa no se puede pedir auxilio. Solo hay que ir al frente. Cuando sabes que nadie va a venir a ayudarte -ni los mexicanos, ni los uruguayos, ni los chinos, ni los italianos- tu deber es ir para adelante sin lagrimas ni contemplaciones. La vida se puede acabar en cualquier instante así que no se debe ahorrar el coraje.
Ya no sopla el viento y el roce de los zapatos en la hierba provoca una música extraña, un ritmo original pero ajeno. “No es buena idea mantenerse afuera”, piensa el ciego, tratando de ser precavido y responsable. Todo es tan impreciso en el otoño de Taiwán. Solo las calles y los edificios, las casas y la esquinas perdurarán hasta que alguien realice algún pequeño cambio, a veces imperceptible para el cegado ojo humano. Pero el anciano no tiene ese problema: él es ciego. Ha llegado a casa y, luego de cenar, ha decidido dar un breve paseo. En el negocio de la esquina compra chocolates. La carne y la piel se le eriza al escuchar a Charles Mingus en la pizzería de su amigo Tony Chang. El ciego entra y conversa con su amigo acerca de los viejos tiempos: alguna novia que ha fallecido, las fiestas en la casa de su tía o aquellas pastas aderezadas con albahaca y laurel.

-Supiste del asalto?- le pregunta Tony Chang al ciego.

-Sí, escuché la noticia, parece un buen trabajo.

Chang mueve la cabeza en un signo afirmativo de todo su respeto.

-Crees que son conocidos?- vuelve a preguntar Chang.

-No, claro que no. Son latinoamericanos. Jóvenes, pero experimentados. Creo que llevan un buen tiempo acá.

Tony Chang asiente convencido.

Vladi y los colombianos se habían conocido en París el 84. Fue en Roland Garros, el célebre torneo de tenis. Mientras John Mc Enroe jugaba con Lendl y discutía largamente con los jueces, Vladi robaba carteras y objetos de lujo. Fue ahí, cuando andaba en esos menesteres, que conoció a los colombianos que andaban en las mismas pero utilizando un método burdo que creaba suspicacias. Vladi iba sonriente con pantalón de tela y polera Lacoste. Los colombianos con barba de una semana y con jeans. A kilómetros se advertía que no andaban en nada bueno. Vladi no era el típico lanza internacional chileno, sino alguien que buscaba dar golpes más lucrativos. Era alguien con el cual podías tomarte un whisky en un hotel de lujo y hablar acerca de la belleza de Praga o sobre la situación en Puerto Rico. Tenía clase. Definitivamente era distinto.
Los plátanos verdes desprendían un olor extraño caídos encima de la carne. Era una mezcla y sabor distinto al que el viejo camarero había adquirido durante sus años de trabajo. Pese a que el carro y la bandeja estaban tapados por una cubierta el olor se escapaba por los bordes. En completa soledad el viejo se encaminó por el pasillo en busca de la estanza 144. Fue en ese minuto que recordó ya haber estado en esa habitación. Tres hombres. Uno de ellos muy amable. Los otros guardando silencio. 

El ciego siguió caminando. Se sentía cansado. Tal vez era buena idea tomar un descanso. Pedir una licencia. Era un anciano. No se sentía como un anciano decrépito pero lo era. Casi 65 años aunque buena parte no los había trabajado por su ceguera. Él contaba que fue una pérdida progresiva de la vista. Pero eso era falso. Las cosas habían ocurrido de una forma totalmente distinta. 

Un surco imperceptible se marcó en la alfombra al avanzar el carro con los dos platos y las bebidas en su interior. 

Al tocar la puerta, y luego de unos segundos, le pareció que los huéspedes no habían escuchado. Volvió a tocar con más fuerza. A los pocos segundos abrieron.

-Pase- murmulló alguien desde un costado de la puerta. El acento era extraño, como del Caribe así que el ciego agudizó los sentidos.

Pareciera que nadie atiende a su comentario. El viejo permanece inmóvil. Los colombianos comienzan a inquietarse. El cantero ciego parece pensar en algo muy importante mientras los segundos pasan. Dos pasos. Vez y entra a la habitación. Sigue el protocolo: “Buenas noches, traigo la cena, bla, bla, bla…”
-Estos no son patacones pero lo parecen- bromeó uno de los colombianos.

El otro muchacho no contestó. Fue en ese instante que Vladi salió aún somnoliento del dormitorio.
La madre de un hijo ciego sabe que tiene sus días contados. No hay lamento; no hay cuentas por saldar. La Santa Virgen lo ha querido así. Y entonces la madre debe desplegar todas sus aptitudes para salvar su alma y la de aquel que no ve la luz. Porque eso representa su hijo: la oscuridad más absoluta. La infamia llevada al extremo de los abismos negros, donde todo es un infierno de sonidos y pensamientos pero no hay colores ni luces que alberguen una esperanza de dolor más placentero. No hay sonrisas ni cuerpos, ni objetos ni raíces que crecen del suelo. Solo hay una sequía de la imaginación y de la ruta que debiera llevar una persona normal. Lo único confiable es el pecado y la muerte más absoluta. Y es ahí que se apetece la luz.
El camarero ciego escucha con atención y entrega la cena mientras los colombianos y Vladi ríen. Es fácil. Para ellos y para él pero las cosas no siempre son lo que parecen. El infierno llega en las sombras. En silencio. Sin hacer alboroto. Cae desde arriba y penetra por el aparato digestivo. Se va internando con rapidez, arrasando todo a su paso, las visceras se contraen, el dolor avanza hasta hacerse insoportable, y es en ese minuto que la luz se torna nebulosa y el cuerpo desciende a los infiernos.
Los dos colombianos y Vladi ya han comido. Han dialogado sobre nimiedades en total tranquilidad, como si el mundo girara muy lento. Es su última cena. A los 15 minutos de ello los tres hombres han comenzado a sentir un dolor en el estomago. Un fuego que en segundos se hace insoportable. Alguien grita, otro se retuerce en el suelo. Vladi se aferra a la mesa. Es el primero en darse cuenta. 

-Nos han envenenado- apenas suspira, tal vez en el último aliento. Cierra los ojos y reza. O por lo menos lo intenta. Duda. Ruega ir a un lugar mejor que éste. Ya no hay tiempo. Cierra los ojos. La oscuridad es absoluta.

Entonces el camarero ciego entra a la habitación con un bolso.

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